5 – El hierofante (relato onírico)

Esta historia ocurrió la primera mañana del invierno pasado. Cierto hombre (de quien no puedo revelar su nombre) se despertó con una frase en la cabeza.

Lengua de caricias.

Era la cola de un sueño premonitorio, un sueño que no lograba recordar.

En la noche no pudo dormir. Ni la siguiente. Ni la que vino después. Había algo que  resolver. Su mente estaba inquieta como un cuervo que se encuentra con una ventana.

Lengua de caricias.

El hombre revisó, hoja por hoja, los últimos 45 libros que había leído en caso de que hubiera robado la frase de manera inconsciente.

Lengua de caricias.

El hombre desandó sus pasos por el barrio y habló con 17 vecinos para dar con alguna pista.

Lengua de caricias.

Repitió la frase 1.200 veces por si alguna voz profunda despertaba y le daba respuestas.

Le le le le leeeennn guuuu aaaaa

Lengua

Lengua

Entonces la voz respondió con otras palabras:

Roses

Rouses

Roouusessss

Roses and tulips

El hombre escribió en su libreta de sueños que era evidente que había algo oculto bajo ese jardín de palabras. Lo que veía y escuchaba no era todo lo que allí había.

Faltaba un cuerpo.

¿Qué se acaricia mejor si no un cuerpo? El cuerpo como lengua universal.

Había olvidado algo que aún se encontraba a su lado. Buscó. Al no ver ninguna figura la convirtió en su religión; solo así se mira una creencia. La fe a cambio de un cuerpo.

De haber sido posible, hubiera pedido una cita con el Papa para que le concediera un deseo: El deseo.

Con algo de trabajo y oración, que es otra forma de llamar un verso, lo encontró. Al comienzo era pequeño como el dedo del pie. Después se hizo fuerte como una rodilla y en la noche ya alcanzaba el techo como un brazo extendido.

El brazo no había dejado de ser rodilla, ni dedo del pie. Le faltaba poco para ser un cuerpo. Mientras tanto veía el mundo como el fragmento de fragmentos que era. Ver tan solo el tapete persa de la sala, las arrugas del interior de la cama, el bombillo Edison que no atrae a las polillas.

El hombre no perdió la fe: Pronto te enseñaré una lengua de caricias.

Y recordó que la frase que en realidad había soñado era otra.

Legua de caricias.

El tacto distante. La mano que se desliza por 5.000 varas castellanas.

Volvió a sus apuntes: Una legua de caricias se extenderá sobre tu cuerpo. Partiré de la espalda porque no tiene fronteras. Poblaré tus piernas, inundaré tus axilas.

Entonces el brazo se volvió hombro, el hombro cuello, el cuello rostro, el rostro boca, la boca lengua, y la lengua le dijo:

Procuraré tu cuerpo, tú dentro de mí y yo dentro de ti, para habitarlo.

 

 

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