El apagón de navidad

Galleta

Tendría ocho años cuando viví el famoso apagón de navidad. Ese año había llovido muy poco. Lluvia ligera, lluvia como mosquitos de agua que se esfuman en un parpadeo. Por eso los embalses estaban casi secos y sin agua era muy difícil generar electricidad. Así que para ahorrar energía en la noche se cortaba la luz y la ciudad quedaba apenas iluminada por los faroles de los carros y las velas en las casas.

Con la oscuridad vino el silencio. Con el silencio vino el tedio. Pero lo más molesto era tener un apagón justo en esa época del año. ¿Acaso podía existir la navidad sin sus luces en el árbol, sin ventanas con colores que titilan? Dejaron de escucharse los villancicos y las fiestas después de la Novena. El pesebre se quedó sin alumbrado público y Papá Noel dejó de bailar Jingle Bells. La Noche de las Velitas se instauró toda la semana y así, con miles de pequeñas fogatas, nos olvidamos del frío de la ciudad.

Durante el apagón fuimos dueños del tiempo. Todos adelantamos el reloj una hora para levantarnos con el primer asomo de luz y para que al ocultarse el sol ya no quedara nada urgente por hacer. En aquellas vacaciones mi hermano y yo jugábamos todo el día, con el tesón de una hormiga, como si tuviéramos la responsabilidad de montar en bicicleta, saltar la golosa, buscar libélulas en el parque y jugar a escondidas antes de que fueran las seis.

Llegaba la noche y nosotros seguíamos con ganas de hacer muchas otras cosas. Al principio fue aburrido. Sin televisión y sin lámparas en nuestra habitación nos sentíamos aislados del mundo y, peor todavía, de la navidad. Entonces a mamá se le ocurrió una idea. En el día salía al mercado y se abastecía de varias cajas de galletas como si fuéramos a hibernar en nuestras cuevas. Las guardaba en un lugar que solo ella conocía y en la noche, cuando no quedaba ni un cachito de sol, las repartía entre los tres y jugábamos a adivinar qué figuras tenían.

Yo era muy buena con ese reto. Palpaba con la punta de mis dedos con mucho cuidado para no dejar caer ni una sola migaja y delineaba los relieves hasta que las formas iban apareciendo en mi cabeza. Casi siempre era la primera en saber que se trataba de un Papá Noel, un pino, una bota o una campana.

Al día siguiente jugábamos con las cajitas de metal en que venían las galletas. Yo las usaba como casas de muñecas y mi hermano como zancos para ser un gigante y, sobre todo, para caminar haciendo mucho ruido. Mamá usaba los cofres redondos para guardar botones, algo que nunca entendí, porque cada botón era diferente al otro, así que nunca servían para poner en una camisa. Creo que solo le gustaba coleccionarlos para ver tantos colores juntos, como si fueran gemas preciosas en un baúl de piratas.

El sillón de la sala en el que cabíamos apenas los tres, rodeados de cuadros, porcelanas y guirnaldas que no alcanzábamos a ver, se volvió nuestro refugio. Y nuestros encuentros eran tan divertidos que no queríamos ir a la cama temprano, así que para entretenernos mamá empezó a contarnos cada noche una historia diferente sobre su infancia.

Con las galletas de chocolate y menta recordó que durante las vacaciones visitaba a su abuela, quien vivía muy lejos, en el monte, y que allá no llegaba la electricidad. Lo que más le gustaba a mamá eran las galletas de cacao y yerbabuena de la huerta que preparaban en un horno de leña. Alguna vez, dijo mamá, confundieron el café con el chocolate y aunque las galletas les supieron un poco amargas se las comieron todas y no pudieron dormir por dos noches seguidas.

Otra vez, mientras abríamos la caja de galletas de vainilla con chispas de colores, mamá nos contó que uno de los juegos favoritos con sus hermanas era preparar galletas de barro con pétalos de rosa. Ponían la mezcla en un plato con un poco de agua y la dejaban secar al sol. Al final las falsas galletas se veían tan provocativas que varias veces les dieron un mordisco que les dejaba la boca sabiendo a tierra por una semana.

Las cubiertas de azúcar nos hacían imaginar la nieve, aunque nunca la hubiéramos visto por vivir en el trópico, y a mamá le recordaba a un vecino que pintaba galletas y las ponía a secar en el marco de la ventana. Alguna vez quiso comerse una, pero casi se parte los dientes cuando mordió una roca. Resulta que el vecino era diabético y como no podía comer dulces se deleitaba pintando piedras. La gente extraña es siempre la más divertida, le decíamos a mamá.

Todas las noches comíamos galletas a la luz de las velas hasta que nos quedábamos dormidos en el sillón. Fueron tantos cuentos que no sabemos si mamá los estaba inventando o recordando. Lo importante es que parecían reales.

El 24 de diciembre llovió toda la mañana y, en la tarde, los noticieros anunciaron que para Nochebuena volvería, al fin, la luz. Tras el atardecer, mientras todos iluminaron el árbol de navidad, le subieron el volumen al equipo de sonido y pusieron a bailar a Papá Noel, nosotros tres nos quedamos a oscuras, cerramos las cortinas, abrimos las galletas, sacamos al Niño Dios de su escondite y lo sentamos a nuestro lado para escuchar una nueva historia de mamá.

Galleta 4

Cuento original para libro publicado por Tragaluz para Galletas Noel.

Ilustraciones de Elizabeth Builes

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2 comentarios en “El apagón de navidad

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