¿Qué es el tiempo para un niño?

“En mi casa había un reloj de cuerda que sonaba varias veces al día”, comienza El tiempo de mi casa (Tragaluz Editores), ilustrado y escrito por Samuel Castaño Mesa. Es el objeto que materializa el ritmo de la vida cotidiana en una casa y también la presencia y ausencia de un ser querido. Es el abuelo el creador del tiempo, el que le da cuerda. Todos tuvimos ese reloj, aunque fuera otra cosa. En mi casa el paso del tiempo lo medían las matas. Mamá las regaba los martes, cuando yo tenía clase de religión, y los sábados, el día en el que al fin no había que madrugar. Si ella se iba de viaje las plantas se secaban y el tiempo se detenía.

El-tiempo-de-mi-casa_TragaluzEn esta historia el tiempo también se detiene cuando falta el abuelo. Y lo bueno de que el narrador sea un niño es que esto ocurre de forma literal: “la sopa no hervía, los aguacates no maduraban, el hijo de mi tía no nacía”. La fantasía es también un modo de ver, de sentir, para blindarse de la realidad y asimilarla a una velocidad propia.

El niño se pone la ropa del abuelo. Tal vez también repita sus gestos frente al espejo esperando ver algo de él, aunque solo vea el reflejo de una piel tierna y unos ojos tristes. Hay formas de traer de vuelta a los que se han ido, de revivirlos en algún movimiento.

Este libro, como obra de arte, estará exhibido en CasaTeatro El Poblado, Medellín, hasta el 28 de mayo. Estará bien mirar de cerca. En El tiempo de mi casa el trabajo artístico evoca nostalgia -recortes de prensa de hace décadas, ilustraciones tipo “expedición botánica”, detalle en la costura del mantel- y recoge lo que en palabras estaría de más: el inventario de objetos que sugiere un acontecimiento o una identidad en ese tiempo detenido.

El abuelo se ha ido, pero quedan los testigos de su vida: el balón desinflado, la máquina de escribir, la correspondencia y la pluma, la pipa, el gorrito con el que algún día lo castigaron porque también fue niño. También vemos la ropa que no seca. No necesitamos ver un rostro si tenemos un abrigo anticuado, una camiseta de rockstar y un suéter de algodón en el que ya se adivina la figura de la madre.

¿Qué es el tiempo para un niño? Se escribirán, espero, muchos libros como este para responder a esa pregunta. Por ahora me quedo con la idea de que en la infancia el tiempo es el momento compartido, los objetos que siempre se pierden o se rompen con la pelota. Que de niños tenemos pocos recuerdos y mucho presente que algún día será nostalgia.

 

Publicado en El Espectador, mayo 2016.

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