Lo que hay al otro lado del espejo

Una pantalla de cine es también un espejo. Del otro lado está la Alicia guerrera de Tim Burton, los efectos especiales, el tiempo humanizado. Pero antes que un reflejo fue un objeto, un libro digamos. Alicia a través del espejo (1871) de Lewis Carroll se creó por una necesidad de evasión y negación de la realidad con ayuda de un juego onírico.

Sus primeras líneas no son un típico cuento infantil, sino parte de un poema: “Amada: no somos más que niños grandes que se agitan en vano cuando llega la hora de dormir”. Niños que buscan espejos para no ser alcanzados por la mano que reprende, por la tarea pendiente. Que quieren que el sueño sea recuerdo, que la fantasía vaya en contra de las leyes.

Luego Alicia nos enseña una frase a la que puede suceder cualquier aventura, una conjura para creer lo que parece una mentira: “Juguemos a ser”. Juguemos a que existe una forma de atravesar el espejo, por ejemplo. Juguemos a ser nuestro doble y no tener que responder por nuestros daños. Con el juego nos rebelamos. Agradecemos el consejo de Humpty Dumpty: “Deja de crecer a los siete”.

Juguemos, como la Reina blanca, a creer seis cosas imposibles antes del desayuno. Al otro lado del espejo los objetos tienen vida. Entre más se avanza, más se retrocede. Las galletas secas quitan la sed. Para ver de frente toca usar el rabillo del ojo. Los disparates tienen sentido. La ciencia exacta no lo es.

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No somos más que niños grandes que se mueven en un campo hecho de flores, arroyos y un tablero de ajedrez. Un ajedrez-espejo: las fichas del frente son un reflejo, solo que de otro color. Somos niños y peones. Somos niños y no. Para ser nosotros tenemos que dejar de serlo, le indican a Alicia. No tengamos nostalgia. Si viviéramos marcha atrás, la memoria funcionaría en ambos sentidos. Qué tristes recuerdos los que trae el futuro.

Alicia, tú que quieres ser la Reina, tú que ayudas al Quijote, tú que hablas con un sombrerero condenado a vivir en la hora que le sigue a la hora del té, como si el tiempo fuera un espacio. Alicia, “no eres más que un algo con lo que se está soñando”. Alicia, dime antes de que te pongas a hablar entre dormida y despierta, a hablar con el gato, con la niña que te mira desde el marco que está encima de la chimenea. Dime ¿a qué suena la nieve a través de la ventana? Y tú respondes “es como si estuvieran dándole besos al cristal por fuera”. Ya te dormiste. “La vida, acaso, ¿no es más que un sueño?”. Vamos a jugar que no somos más que niños. Vamos, antes de que nos toque despertar.

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Publicado en El Espectador, junio 2016

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