Las mesas son lugares muy estimulantes para el encuentro de los amantes.

Desde luego tienen sus propias trampas y juegos.

Para comenzar, imaginen que están sentados al lado del otro, de ese al que llaman deseo.

Ustedes simulan, o realmente quieren, prestar atención a los demás participantes de la mesa. Pero no. Es inevitable. Toda la tensión está en el otro. Tan cerca.

Podrían tocarse. Y no.

Podrían soltar una mano por la pierna, así, en puntas de dedos, como para no hacer ruido, pero nadie les ha dado ese permiso.

Si acaso podrían fingir un tropiezo al levantarse para poder acariciar la rodilla como señal de disculpa.

Podrían incluso mirarse. Y no.

Apenas se puede ver desde la periferia e imaginar el resto. Eso es fácil como han de suponer. Los deseos siempre se crean, se sueñan, se buscan.

Para verse directamente habría que voltear la nuca, tal vez el tronco, y eso sería muy obvio. Antinatural.

La atracción es a veces así.

Por ley universal hay una fuerza de gravedad que los ase al otro cuerpo, como si éste fuera más grande, colosal, terráqueo.

No se tocan, pero sus atmósferas sí.

Admítanlo. Las mesas les recuerdan el alimento. Los verbos oler, comer, beber.

Y si mantienen ese pensamiento, tal vez quieran tomar distancia para retomar el hilo de la conversación. Cualquier conversación. Reunión. Clase. Cena. O lo que sea.

Quizá ahora dirigen la vista al mismo punto. Ven lo que el otro. Escuchan lo que el otro. Penetran su experiencia. No podrán negar que ese es un primer acercamiento íntimo.

Podrían susurrarse. Y no.

Lo escuchan pasar saliva como si fuera un saludo o la respuesta que buscaban.

En este punto pueden avanzar un poco. Se recomienda que así se haga para efectos del juego.

Vean cómo sus dedos recorren su barbilla. Cómo el otro se aprieta el cuello -y el aire se les va a ustedes- en un movimiento rápido, aparentemente involuntario. Lo cierto es que ya se han empezado a facilitar las caricias a distancia.

Unas manos también son extensiones de otras manos.

El tacto, visto de perfil, es una linterna para ese camino oscuro que es la piel.

Se advierte tener cuidado con este paso. Se destapan las cartas, aunque no sobre la mesa, y se revela lo conscientes que han sido de los saludos largos, de las manos que se filtran por el pelo.

Podrían decirlo a viva voz. Y no.

Las pequeñas señales siempre pueden ser proyecciones de la imaginación. Son espacios seguros.

Al menos hasta que se demuestre lo contrario.

Como cuando los dedos se alargan y se encuentran en un minúsculo orgasmo, bajo la mesa, bajo la vista de todos.

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2 comentarios en “Mesa de amantes

  1. Enamorarse de una voz sin haber visto nunca a su propietario es un acto de ternura inimaginable y su sensualidad rebosa todas las fronteras,

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