La palabra muda de Juan Álvarez

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Se le compara con Forrest Gump y con Benjamin Button, pero en Colombia y en el siglo XIX. Es José María Caballero y lleva un cuaderno en la cintura, como quien enfunda un arma, porque con él se comunica, con él se rebela. Es un mudo en los tiempos de agitación por la Independencia del Virreinato del Nuevo Reino de Granada.

La ruidosa marcha de los mudos (Seix Barral), del escritor colombiano Juan Álvarez, es la novela que habla de la otra Independencia. La no oficial, la inventada, la que reseñan los anónimos, como Caballero, y no los próceres.

Este personaje es el símbolo de la palabra muda con la que hizo un pacto el escritor. Al llevar “inscrita en la mandíbula la tormenta del silencio”, Caballero no está regido por la autoridad de nadie. De su expresión no se podrá afirmar Es como si lo dijera el rey, el párroco, el pueblo… Su palabra es solo de él, y se puede interpretar por sus compañías (como Antonio Nariño, el Sabio Caldas, Camilo Torres Tenorio), por su media hermana india, por la confianza que se gana de los que creen en su prudencia inviolable.

El mutismo no es pasividad, sino “el síndrome de confianza que despertaba en los nobles al saberlo seco de lengua”. Por eso es el testigo de los planes clandestinos y una de las piezas clave en las revueltas de los civiles. Es el dueño de una chichería en la que se congregan los clandestinos. Tan solo la palabra ‘chicha’ nos lleva de vuelta a la vieja Santafé de Bogotá. Así como los cascos de guayaba, las brevas, el arroz con leche, el queso Paipa y la cuajada con mielmesabe que se ofrecen en uno de los pasajes más deliciosos del libro.

Los gestos también son palabras: “abre las manos en señal de ¿Qué pasó?”. La palabra muda, que es el amor: “(él) le pega los labios a la oreja y le resopla fino y le abre los ojos como chistándole Qué te parece esto que te cuento. Ella (…) juega a seguirle la historia que no puede existir”.

Y está el  universo que contiene todo esto: el cuaderno del habla. El diario de Caballero. En él escribe cosas como “una única maldita soledad siempre: este camino de herradura y suspiros”. Cosas como: “LIBERTAD”. La posibilidad de decidir más que obedecer.

Caballero y, por ende, Álvarez son cronistas de aquella época, del “pasado que arde”, porque “cuánta orfebrería de la muerte (…). Cuánto infeliz de intereses empequeñecidos por la propia miseria reinante. Se iba y se venía de la montaña. No de la desilusión”. El protagonista existió y el autor lo revivió en la ficción, le cambió la voz.

A veces el cronista arranca la página. La lleva como un mensaje. La vuelve huella que lo meterá en problemas. La rompe en pedazos. Palabra rota, pero jamás olvidada.

***

Fotografía tomada de Vice.com. Fotógrafo: Daniel Lara Cardona

Publicado en El Espectador, diciembre 2015

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