Los sinvergüenza al frente de Macys

La oscuridad le quita brillo a ciertas cosas. A los parques. A los callejones. A las esquinas. Pero ilumina otras realidades. A los locos. A los lobos. A los sinvergüenza.

Al comienzo del invierno, cuando la noche dura más que el día en Nueva York, un puñado de seres -que pareciera evaporarse a la luz del sol- se junta en la esquina de la calle W35 con Herald Square, detrás del monumento del reloj, desde las 18 horas.

Hay un hombre ebrio recostado contra el muro. Una vendedora ambulante de churros de azúcar tiene cubierto su coche con un plástico negro. Un anciano se acuesta encima de la rejilla que va a dar al subterráneo para calentarse con el vaho tibio que se eleva junto con el ruido del metro. Un hombre negro, con todas sus pertenencias empacadas en varias bolsas de basura, se sienta en una de las sillas que de día son las sillas de los neoyorkinos que toman cappuccino con leche de almendras.

No se les ve desde la calle principal. Se esconden tras el kiosco de wafels and dinges que estará abierto hasta las diez de la noche. Ellos, los marginales, atrás, respirando el aroma a chocolate, a mantequilla caliente, a plátano maduro. Hace tanto frío que a nadie más se le ocurriría sentarse a tomar un café allí y a esa hora. Están ellos. Y están juntos, aunque no son una comunidad ni se hablan entre sí. Pero estar juntos tiene su ventaja: no ser vistos.

Una persona que no encaja atrae la mirada que aprueba y desaprueba. Sentirá, tal vez, vergüenza. En cambio, el conjunto carece de particularidades. El ojo no puede estar sobre todos a la vez. El ciudadano promedio preferirá seguir de largo, fingir que no ha visto nada, sentir algo de culpa por no parecerse a su ideal de bienhechor.

Al otro lado de la calle está Macys, la “tienda más grande el mundo”, la que recibe avalanchas de gente en las mañanas de Black Friday. Gente fuera de sí, sin vergüenza de su lucha a muerte por unas botas a mitad de precio. Gente que experimentará la culpa cuando se de cuenta del dinero que gastó.

En cambio ellos, los marginales, tienen la libertad de evitar “ser manejados como una marioneta por los hilos del placer”. Quizá, solo quizá, les divierte el hecho de perturbar al resto con una presencia que no combina con lo exclusivo del sector. No alcanzaron el estándar para pertenecer allí, a las tiendas de compras, a los cafés de plaza, a los wafels calientes, sin embargo, allí están. Ellos, los sinvergüenza.

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Un comentario en “Los sinvergüenza al frente de Macys

  1. El mundo pertenece a los marginales;no me cabe duda. Los esclavos del . comercio no poseen nada. La verdadera libertad se encuentra en la marginalidad lastima que no tenga el coraje para serlo.
    Gracias por hacerme sentir, aunque sea por un instante un ser libre.

    Jairo-Justino

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