El fotógrafo que quiso retratar al mundo

En El hombre de la cámara mágica (novedad de Random House), del escritor Pedro Badrán, el único que puede leer el cuaderno del fotógrafo Tony Lafont es un vendedor de búhos de metal para la suerte. El mismo que desea caminar al lado de una malabarista con un tatuaje de mariposa. Caminar por la playa, cualquier playa, y ver el mar, aunque no siempre sea mar. Pero ella se va a buscar a Lafont, a quien nadie ve hace mucho tiempo.

El cuaderno es a la vez un álbum de instantáneas, de historias mínimas que habitan en todas las gentes: “todo el mundo cabe en un hotel y todo el hotel cabe en una Polaroid”.

El hombre de los búhos termina hospedado en el hotel de quienes esperan el regreso del fotógrafo para que los retrate. ¿Por qué? Porque Tony Lafont quiere retratar el universo. Al menos el universo que habita en un hotel “sin principio ni fin”, “descascarado por el sol”, “tambaleante pero siempre en pie”.  Quiere retratar desde la almohadilla de shampoo, “hasta este olor a humedad (…), la carta a punto de abrirse, la palabra en la punta de la lengua”, y jamás dirá ‘etcétera’ porque de todas las palabras es la que menos le gusta.

Lafont comenzó su tarea hace años, demasiados. Tal vez, cuando no hay fin, tampoco hay inicio. Ha ido retratando a los huéspedes y ahora quiere también capturar a los que habitaron aquí y ya se fueron. No hay una meta que sea firme, como no hay amores desaprendidos, ni amores eternos: “de alguna manera yo también lo quería aunque fuera solo en ese instante”. El verdadero fin solo es El Fin.

En El hombre de la cámara mágica el fotógrafo desaparece detrás de su Polaroid. Solo queda una mujer que se va soltando la cabellera “como si cayeran estrellas del cielo”.

No hay un narrador omnipotente -“¿Puede hacer Dios una piedra que ni él mismo sea capaz de mover?”-, sino una historia tejida a varias voces: un creador de búhos, la mujer del ombligo cubierto de arena, el cuaderno de Tony Lafont, un administrador de hotel experto en cazar cangrejos.

Vemos el deterioro del hotel mientras todos sus huéspedes esperan el regreso de Nueva York del fotógrafo que quiso retratar al mundo para que también los capture a ellos. El hotel morirá lentamente, como si este no fuera un espacio sino una persona con una enfermedad crónica -la enfermedad de la ausencia-, a la que tomamos de la mano y le pedimos que no se vaya.

Pedro Badrán
Publicado En El Espectador, octubre 2015
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