La casita de muñecas

Por aquel entonces yo todavía jugaba en la casita de muñecas. Yo quería una casita del árbol, pero qué le iba a hacer. Mi casa no tenía árboles. En la casita yo me inventaba a seres imposibles que todavía hoy día siguen rondando la casa de mis padres como si fueran fantasmas. Estaban, por ejemplo, mis hijos, a quienes imaginaba en el colegio y a los que yo les cocinaba el almuerzo en la estufilla de cartón para cuando regresaran. Mientras tanto, en ese mundo fuera de mi refugio, mamá sofreía la cebolla y cortaba el tomate para la cena.

casitaYo también tenía un esposo. En él prefería no pensar mucho. Solo sabía que estaba trabajando y que volvería en la noche. Pero la noche nunca llegaba en mis fantasías. Mientras que afuera se escuchaba el motor del carro de mi padre y a mamá apresurándose a calentar la comida para tenerla servida cuando él entrara.

Yo tenía la ventaja de cambiar de juego cualquier día. Creo que ella también quería hacerlo, pero no podía. Cuando ella no jugaba y él llegaba antes de que la cena estuviera lista, había problemas, muchos. Él tiraba las ollas al piso, rompía platos, sacaba las cosas de la nevera y las esparcía por la cocina. Después de eso no se podía jugar. Yo le ayudaba a mamá a limpiar todo. Ninguna decía niunasolapalabra. Suponíamos que nada había ocurrido. Que tal vez ese hombre era otro ser fantástico que se le había ocurrido a alguien más, a un niño malo, muy malo.

Al día siguiente volvía a comenzar el juego. Yo regresaba de la escuela, mamá me hacía cambiar de ropa, me daba el almuerzo y yo entraba a mi casita. El día se me pasaba horneando pavos de plástico, cambiando los vestidos de las muñecas y reorganizando todo para volver a comenzar el juego.

A veces lograba platillos fantásticos con algunos elementos coloridos, como pétalos de flores o granos de fríjoles secos. A mí me gustaba compartirlos con mamá, así que corría al jardín donde ella estaba regando las orquídeas, o a alguna de las seis habitaciones que ella tenía que limpiar, para mostrarle mis creaciones y que ella se sintiera orgullosa de mí. Ya todos mis hermanos se habían ido y solo quedábamos padre, mamá y yo en una casa descomunal.

Yo hubiera preferido que mamá y yo viviéramos en una casita de muñecas, en la que ella no tuviera que limpiar tanto. Yo hubiera podido imaginar que no tenía a mis hijos en el colegio, ni a mi esposo en el trabajo, y solo tener que cocinar para las dos.

Mamá siempre tenía los ojos tristes. Aún así sonreía y se ponía bonita aunque no saliera a la calle. Hasta se inventaba juegos para mí cuando yo no quería jugar a la casita. Ella hablaba con las palomas que llegaban al jardín y, cuando padre le llevaba una gallina, era capaz de torcerle el pescuezo, desplumarla y ponerla en la olla.

El jardín era el único lugar en el que ella disfrutaba jugar. Jugar. Sí, ella nunca dejó de jugar a la casita. La mía, en cambio, dónde estará, dónde estará.

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3 comentarios en “La casita de muñecas

  1. “Yo tenia la ventaja de cambiar de juego cualquier día” Pienso en el pasado y esas palabras juntas ya no son una frase, se han convertido en reflexión, !Que inmadura y cruel es la juventud a la hora de juzgar!

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