La eterna hora de Clarice

La hora de la estrella comienza con la historia antes de la historia. Es la voz de un hombre -narrador y personaje a la vez- que nos entrega, poco a poco, a su Macabea. Ella es el personaje que vive, que quizá reconozcamos en la calle, en la mirada de una joven hambrienta de hombros curvos, en “una mujer que termina en ella misma”.

El hombre, Rodrigo S.M., nos pide que la cuidemos y nos hace pensar que aún no ha sucedido lo que está escrito, lo que viene. Dirá que “siempre y eternamente es el día de hoy”. Él se relaciona con ella no en un plano físico sino en uno quizá más real: el de las palabras. Él la crea en tanto la menciona. La vio alguna vez y “ese golpe de vista me dio su cuerpo entero”. Él la ama, pero Macabea no tiene conciencia de él.

A medida de que ella se nos revela se va volviendo un personaje que vive, que se mueve ante nosotros y casi, casi, la podemos tocar. Porque creemos, ella existe. Creemos en su risa cuando no se acuerda de llorar, en sus besos olvidados en la pared porque no tiene a quién besar, en que mastica papel mientras piensa en un trozo de carne.

Macabea -la nordestina, le dice el narrador- nació en Algoas. Vive en Río de Janeiro, “una ciudad hecha toda contra ella”. Es huérfana y adoptada por una tía malvada. Nadie la mira pasar y “lo único que sabe es llover”. Pero que no nos dé lástima, pues ella no tiene preocupaciones: “No, no tengo ninguna. Creo que no necesito vencer en la vida”. Ella no se da cuenta que es infeliz porque tiene fe. No diría “sé que nada sé”, sino “quien vive sabe, aún sin saber que sabe”.

La joven desea. El deseo es hambre, gusto que duele, “brazos vacíos sin abrazos”. Es ver al objeto del deseo y tartamudear en el pensamiento. La nordestina quiere -sin esperanza alguna- ser artista de cine, ser estrella. Aunque fuera una hora. Un instante. Qué bueno que no necesita vencer.

Los vacíos del alma son lo único que Macabea puede tener. Tener es no buscar, no pedir, aceptar el silencio como lo que sucede tras una pregunta. Su estado virginal la salvará de la nostalgia, pues “jamás se olvida a una persona con la que se durmió”.

La novela debe terminar, pero la historia continúa. Hay una pregunta que aún no tiene solución. Y es ‘aún’ porque el lector puede ser un personaje más. Quizá haya todavía una respuesta, y lo dice paradójicamente la primera línea: “Todo en el mundo comenzó con un sí”.

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Publicado en El Espectador, octubre 2015

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