¿Quién se sentará en la silla de papá?

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Esta es la historia de un regreso a casa, aunque esta casa no signifique hogar. Las primeras líneas son un consuelo para aceptar el destierro: “Pero en la metrópoli hay cerezas. Cerezas grandes y brillantes que las muchachas se ponen en las orejas como si fueran aretes”.

En El Retorno (Tragaluz Editores), la escritora portuguesa Dulce Maria Cardoso cuenta de memoria, la suya y la de otros ‘retornados’, el testimonio del joven Rui cuando debe regresar a Portugal -unos días antes de la independencia, en 1975- con su familia. Pero Portugal solo es un mapa en el salón de clases. Su verdadero  hogar está en Angola, el país que recibió años atrás a familias portuguesas durante la Guerra Colonial.

La pérdida es doble: la de la patria adoptiva (Angola) y la de la patria idealizada (Portugal). Son refugiados en su propia tierra. Hay luto, rabia y, algún día, habrá reconciliación: “quién se sentará en la silla de papá, quién tomará nuestros lugares, cuánto tiempo tomará la ocupación de la casa”.

El padre alega que un hombre pertenece al sitio que le da de comer, no en el que nació: “miren mis manos, no caben más callos en mis manos y aún así la piel todavía me sangra con el fique de los sacos (…), tanto trabajo para que todo se termine quedando aquí”.

Rui cuenta esta historia como se la contaría a un amigo: “con que la metrópoli era esto”, un cuarto de hotel, el padre ausente, el mar cercano. Había que haber soñado con ‘esto’ para querer estar aquí. Pero no. Queda solo aferrarse a los pequeños consuelos: “son tiempos turbios, si nos reímos, no estamos tan solos y tal vez podamos quedarnos dormidos”.

Jerónimo Pizarro, el traductor al español de esta novedad en la Fiesta del Libro de Medellín 2015, explica que Cardoso usa el mínimo posible de signos ortográficos, que se acerca más a lo oral, que es necesario no traducir ciertas palabras. Porque ¿acaso hay una mejor manera de decir saudade? ¿Sería mejor llamar “época en la que cae una lluvia fina” a la humedad del cacimbo?

Otra buena compañía para este libro con las ilustraciones de la colombiana Elizabeth Builes, como la mirada de la madre lejana, o esa ventana por donde entra la luz que ilumina el papel tapiz. Sí, hay esperanza. Volvamos a Rui, que dice “le ruego tantas cosas a dios, pero dios, como siempre, más sordo que una tapia”. El chico solo tiene un deseo: que el futuro venga sin sobre saltos. Que mañana mamá prepare de nuevo arroz con leche y que papá fume un cigarrillo mirando el mar.

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Reseña publicada en El Espectador, sept 2015

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