Puesta en escena

Hace un tiempo, en este mismo pueblo, ocurrió un hecho que alteró la rutina de la alta sociedad. Todos los periódicos hablaban del mismo espectáculo. Se trataba de la obra teatral de un director, o directora -en realidad nadie lo sabía-, en la que las mejores familias eran puestas en escena.

Cuando el telón se abría se podían ver al padre que litigaba en la corte, la madre que sabía desenvolverse en los bazares de la iglesia, el tío adinerado, la abuela en silla de ruedas, el hijo que recién empezaba la carrera para ser el siguiente abogado de la familia. Todos reunidos en torno al funeral del director de aquella obra.

Ese era el hecho que más llamaba la atención del público y de los medios. Un autor sin rostro, sin sexo, del que ni siquiera se sabía si estaba vivo o muerto. Nada. Lo desconocían hasta los actores naturales de la obra. Las instrucciones para ellos, siempre impartidas de forma misteriosa -un sobre bajo la puerta, un mensaje escrito en el espejo del camerino-, parecían tan sencillas que ninguna familia que quisiera un poco de fama dudó en aceptar: debían asistir a este funeral de la misma forma en la que asistirían a cualquier otro entierro o evento a los que ya estaban acostumbrados.

No había libretos ni peticiones adicionales. Cada quien debía recrearse a sí mismo como personaje. Todos sabían que, al ser expuestos, este autor estaba jugando, manejándolos con hilos invisibles a través del escenario. Pero se contentaron con la idea de que al asistir a la muerte del creador ellos mismos se saldrían de todo pronóstico y de toda narrativa.

El auditorio se llenaba en completo silencio para no alterar la naturalidad de los artistas, y la familia iniciaba su ritual. La mujer se lamentaba, conservaba la compostura y se alisaba los pliegues del vestido cada cierto tiempo, el hombre murmuraba cosas buenas del difunto al que, sin conocer, le atribuía valores dignos de un personaje valiente y memorable. La abuela estaba obligada a dar discursos que solo pueden surgir de la experiencia, el tío  no desaprovechaba el tiempo para tranzar algún negocio con otro asistente -así fuera imaginario- del funeral.

Hasta ese punto el público se deshacía en bostezos, pues lo que veía no era ajeno a lo que ya estaba acostumbrado en su propia rutina. Pero, si tenía paciencia, las cosas se ponían más interesantes. Los artistas se olvidaban de que estaban siendo vistos y, poco a poco dejaban salir algún acto reprimido. Y ahí era cuando se veía el talento del director desconocido.

En una de las funciones más exitosas, la mujer dejó a un lado los sollozos y, con rabia, pronunció un monólogo sobre la inutilidad de creer en Dios y en la maldición de tener hijos, habló también de los pobres que eran los encuentros en la cama con su marido y simuló los orgasmos que había tenido con su mucama, una amante, de lejos, más interesante que los compromisos sociales. El hombre, por su lado, se comió todos los bocadillos del funeral. El tío se robó la limosna, la abuela dejó salir sendos eructos y el hijo, fascinado con la muerte, la señora muerte, planeó en voz alta su suicidio en el dormitorio compartido del instituto.

El comportamiento, más inexplicable que teatral, era ovacionado por todos. No actuaban las mismas familias cada noche, pero el final siempre fue impredecible.

Una pequeña del público dijo alguna vez que las flores que estaban sobre el ataúd eran tan bonitas que daban ganas de comérselas. Y efectivamente se podían comer. Semejante guiño solo podía haberlo hecho la pastelera del pueblo quien, por un pequeño gesto, había sido delatada.

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(La imagen que acompaña esta nota es apenas simbólica. Pues es de una obra teatral en Córdoba y nada tiene que ver con este cuento)

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