La parábola del escritor

Hace unos años, por encargo del periódico, entrevisté a un joven escritor que había ganado recién un premio nacional. En otros medios le atribuían títulos como “autor revelación” y “artista de la antinovela y el contradiscurso”. Así que lo llamé para acordar una cita en un café. Contestó en el primer intento y me propuso, o ‘contrapropuso’, que lo visitara en su estudio y así apreciaría mejor su proceso creativo.

Al día siguiente me abrió la puerta con un mate recién preparado. Se disculpó por tener libros en todos lados y suspiró con falsa modestia. Me advirtió que solo leía a autores anteriores al siglo XX y que sus largas horas de lectura lo habían empujado al abismo de la escritura. Se lamentaba con un “no me queda más remedio que escribir”, mientras ladeaba la cabeza y sorbía ruidosamente su té. Me extrañó que a pesar del calor no se quitara el abrigo de encima y que dedicara tiempo a un asunto más publicitario que creativo.

En la siguiente visita lo noté inquieto. Después de terminar el primer mate, encendió un cigarrillo y aclaró que estaba haciendo una excepción, pues solo fumaba cuando escribía. -Quiero confesarle algo-, me dijo. -Estoy escribiendo mi segunda novela hace un año y aún no he encontrado la voz. De hecho, ni siquiera estoy seguro de haber creado en  a un protagonista. Leí en algún lado que se podía hacer un acuario de personajes, y lo hice. Los metí a todos los que se me ocurrían en una caja y luego los tomaba de los bracitos para llevarlos a mi historia. Se volvieron peces porque todos se ahogaron en la primera semana en el texto-. Explicó que después de ver sus líneas escritas, en un acto de apreciación de arte abstracto más que de lectura, se desconocía a sí mismo. Era juez de sus formas, de sus tonos, y sabía que tendría que reescribirlo para que la historia diera lo mejor que tenía que dar. Me pidió que aplazáramos la entrevista para la siguiente semana porque necesitaba pensar en todo aquello.

Volví después. -Estoy cansado. La conciencia no interviene, solo vigila y para que vigile tengo que haber escrito algo. Sé que hay reglas, pero no he leído el primer manual que pueda aplicar a mi caso. He esperado la inspiración, pero no llega-. Temí que se echara a llorar. Luego me pidió, como apoyo a mi investigación periodística, que le diera un vistazo a su estudio. Allí tenía cientos de papeles regados por el piso. Había escrito esa mañana todas las palabras que se le ocurrían para que al recogerlas aleatoriamente formaran una frase única. -Fallé. No solo se trata de las palabras. También hay que crear escenas.

Traté de animarlo diciéndole que Cortázar había escrito Rayuela con una técnica similar, pero en vez de papeles con palabras, había usado recortes de periódico, servilletas en las que había escrito ideas, hojas sueltas y fragmentos de alguna canción de jazz. Sus ojos se encendieron y me pidió que mejor lo visitara al día siguiente. Solo volví a verlo una semana después. Me llamó a medianoche y me dijo que podía darme en exclusiva una noticia. Sentí pena. No podía dejarlo allí, solo, en su estudio, juntando papeles al azar. Lo encontré con la barba descuidada y con un par de kilos menos. Empezó contándome sobre su fracaso con el “método Cortázar”, pues no veía cómo la mujer que se acariciaba los talones en un café tenía que ver con una pieza de Telonious Monk. Luego probó la vida de bares, alcohol y mujeres que habían hecho tan reconocido a Bukowski. A eso se debía su desaparición. Solo había conseguido dispersarse y ganarse a una que otra amante que no le estaba aportando a su oficio. -Alguna autora a quien entrevisté me dijo que caminar también era escribir-, me arriesgué a decir. -Oh, sí. Caminar o ir a un bar también es escribir, al menos en otro plano. De hecho, también es leer. Se está leyendo la vida que pasa. Pero hay que saber hacerlo-. Nos quedamos en silencio hasta que sorbí el mate amargo que me había ofrecido.

Al rato se repuso. -No todo ha resultado mal. Creo que al fin encontré una historia. Es como una planta que estaba en algún rincón de mí. Solo tenía que liberarla, ayudarla a crecer. Es la historia de un escritor en crisis. Este personaje es de lo más gracioso. Hace un acuario de personajes, y luego tira papelitos por toda la habitación para escribir frases inéditas. Será un éxito de ventas-. No le felicité, pero le prometí que la entrevista seguiría en otro momento. Estaba ansiosa por ver hasta dónde llegaría esa espiral.

Anuncios

Un comentario en “La parábola del escritor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s