El hombre de las llaves

Era medianoche cuando el hombre de las llaves apareció por una puerta dentro de la estación de la calle 71. Las llaves colgaban de un solo aro y sonaban como un trineo que se podía escuchar antes de que pasara el metro de la línea D, cuando flotaba el eco de algo salvaje. Eran tantas llaves que hubieran sido suficientes para abrir todos los calabozos de la cárcel municipal, los baúles de las abuelas o los candados con las iniciales de dos enamorados.

El hombre empezó a barrer con la convicción de un artesano. Reunía con cuidado las capas de polvo, empaques y papeles arrugados. Bromeaba con los transeúntes para que se apartaran de su trayecto sin molestarse. Era como si para él acabara de salir el sol, mientras que la gente, ya encorvada, se tambaleaba.

Su piel oscura parecía de metal con todas esas gotas de sudor reflejando las luces de la estación. Era un hombre monumental, que medía su fuerza para no romper el palo de la escoba con sus manos. Toda la noche estuvo saliendo y entrando por la misma puerta, ubicada justo debajo de las escaleras, para deshacerse de la basura y barrer de nuevo el polvo infinito.

A las tres de la madrugada se estacionó el último tren y solo uno de los vagones estaba ocupado. Estaba una mujer con un carrito desvencijado y a tope con cosas que había encontrado en la calle: proyector con el bombillo roto, muñeca sin voz, libro mohoso, cojín con las puntadas de las uñas de un gato. A su lado un anciano discutía con el vacío y al frente un joven, con la barba espesa e impecable, se mordía la punta de sus dedos.

Los altavoces pronunciaron un ruido blanco que en algún lugar del mundo podrían haber sido palabras y las puertas se abrieron. La mujer, el anciano y el joven cedieron sobre el vidrio con los párpados caídos y la boca entreabierta.

El hombre de las llaves siguió barriendo. Barrió bajo sus pies, debajo de sus sillas y alrededor del carro de mercado. Solo hasta que quedó satisfecho con su trabajo se fijó en los pasajeros. Entonces alzó primero a la mujer y entró por la puerta, la misma puerta, con el cuerpo encima de sus hombros. Después llevó al anciano y al joven.

Cuando salió por última vez, cerró fuerte sin mirar atrás, sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor. El llavero estaba más pesado. Luego siguió barriendo.

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