Tres premios Nobel y sus relatos para niños

La literatura infantil es literatura, así, a secas. Palabras sencillas que siempre dicen algo más. Historias que tienen la cualidad de ir creciendo a la par de un niño en cuanto éste va descubriendo otros caminos de la lectura. Varios Premios Nobel como José Saramago, Mario Vargas Llosa y Patrick Modiano han encontrado en este género la forma más afortunada para contar sus relatos.

En La flor más grande del mundo (Alfaguara), de Saramago, se habla del “cuento que quise escribir, pero que no escribí”, porque quiere jugar con la idea de que el lector pueda contarlo con su propia voz. “Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas porque los niños, de pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena”, frase con la que admite que no siempre las palabras sencillas son las más fáciles.

La fábula habla del día en que un niño salió de su casa “para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños” y le da de beber a una flor que se encuentra en lo alto de una colina.

Modiano, en cambio, le apuesta a contar una historia que bien podría ser real, y que nace de los recuerdos de Catalina Seguridad (Panamericana). Ella caminaba con su padre en las calles de París, sabía que su profesora de ballet fingía el acento ruso, y se quitaba las gafas para vivir en un mundo diferente, de ensueño, suave. Vemos al padre acomodándose la corbata mientras decía: “Brindo por los dos, señora Vida” y a la madre lejana, en una Nueva York idealizada. “Siempre seremos los mismos, y aquellos que fuimos en el pasado continúan viviendo hasta el fin de los tiempos”,  escribe Modiano.

En El barco de los niños (Alfaguara), Vargas Llosa vuelve a contar un clásico de la literatura -La cruzada de los niños, de Marcel Schwob-, cambiando la voz narrativa y enlazando la historia a través de un personaje principal. Se pregunta “¿qué pasaría si…?”, que en este caso lleva a un desenlace inesperado.

El cuento comienza con un anciano en un banco, mirando el mar, esperando el mar,  y con un estudiante que se sienta a su lado y que cada día escucha un poco de la historia de los niños que en el año 1.212 decidieron ir a Jerusalén en una cruzada católica. Es un relato de fantasía con una imagen contundente: los niños se convierten en fantasmas sin darse cuenta, y ven el mundo desde su barco, ya sin preocuparse por los males sobre la tierra.

Publicado en El Espectador, agosto 2015

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