Buscando una razón para correr

Natalia Vélez-Guerrero, una bloguera/maratonista, me invitó a escribir en su blog sobre “de qué hablo cuando hablo de correr”. Y salió lo que sigue…

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Lo has intentado todo. O eso crees. Pagas por adelantado un año de gimnasio para obligarte a ir todos los días, pero solo vas durante un mes. Descubres que nadie te puede obligar a nada. Ni tú misma. Que te aburre caminar mirando a la pared o a una pantalla con números en rojo. Que no logras reunir siquiera la voluntad suficiente para salir de la casa y recorrer los dos kilómetros que la separan del gimnasio.

Vuelves a intentar. Pero encuentras más pretextos. Bucear es costoso. Escalar, peligroso. Nadar, aparatoso. Y para jugar fútbol necesitas un poder de convocatoria que nunca has tenido. Pero solo hay una excusa verdadera: nada te gusta lo suficiente. Nada. Hasta que descubres que tienes un par de tenis para salir a trotar.

El comienzo es difícil. Apenas logras darle una vuelta al parque y no puedes más. Lo mejor viene al día siguiente, cuando, más por terquedad que por placer, descubres que puedes correr esa misma vuelta sin perder el aire. Así que pruebas qué puede pasar al día siguiente y te ves a ti misma dando la segunda vuelta. Es el mismo cuerpo, los mismos tenis, los mismos 30 minutos… pero todo ha cambiado.

Después no será más fácil. Sabes que para mantener el ritmo debes ser constante. Así que cada mañana tendrás que quejarte un poco antes de decidir salir de la casa. Te preguntas por qué tienes que correr, por qué si hay siempre algo más importante que hacer. Pero una vez estás afuera, con los tenis puestos, ya no te vas a detener. Solo hasta ese momento, ese preciso momento, puedes responderte. Corres por sentir que tu corazón palpita, que el viento te seca el sudor, que tu cuerpo [Symbol]tan solo tu cuerpo[Symbol] te puede llevar casi a donde quieras. “Corro para lograr el vacío”, escribe Murakami en uno de sus libros.

Algunos dicen que se acostumbran a correr. Tú, mejor, piensas en que corres para no acostumbrarte a nada. Cada día la música que escuchas es diferente, y también la gente que ves pasar con alguna historia que se lee entre los gestos, los perros que juegan en el parque, y los caminos que empiezan a formar variables infinitas. Un día te fijas en la maleza que brotó luego de la lluvia, otro, en los segundos pisos de cada casa, con la ropa tendida, la mujer asomada, el balcón de los recuerdos.

@julianadelaurel

Y, adivinas, cada vez habrá algo más difícil todavía. Lograste darle diez vueltas al parque, salir tres veces a la semana y estar lista para correr una maratón, o al menos media. Justo antes de la carrera te lesionas, porque siempre habrá lesiones cuando no se tiene la suficiente experiencia, y crees que has perdido el tiempo, que todo se fue por la borda. Pero no, porque nunca hubo un “para qué”, el que marca una meta y después de eso todo se acabó.

No, el entrenamiento nunca termina. Así que lo único que existió fue un “por qué”. Porque te sientes mejor, porque encontraste otra forma de meditar, porque puedes estar a solas en medio de cientos de personas y carros y calles. Porque es tu no-tiempo para pensar en lo que se te venga en gana. Luego, cuando al fin estás en la carrera, con tu chip y tu número de competencia, te complaces en saber que solo basta con que compitas con tu propia sombra, que llegues al final sin detenerte. Hemingway decía que continuar era no perder el ritmo. Que el cansancio, el dolor físico y el esfuerzo mental te llevan a límites que no conocías de ti misma. Y que, al fin, no necesitas recordar ninguna de tus cien razones para correr, que corres sin sentir nada, que corres para avanzar. Y eso es suficiente.

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