Solo Drácula Sobrevive

Drácula, el libro de Bram Stoker, sobrevive como el más famoso de su género un siglo después de su publicación y tras cientos de versiones literarias y cinematográficas. ¿Cómo se inmortalizó este conde? Con esta obra mítica del escritor irlandés comienza el taller gratuito de literatura fantástica de la librería Casa Tomada (Trv. 19Bis No. 45D-23) el jueves 13 de agosto a las 6 de la tarde.

Nosferatu, la primera adaptación cinematográfica de Drácula de Bram Stoker
Nosferatu, la primera adaptación cinematográfica de Drácula de Bram Stoker

Ser Bram Stoker. Ser un niño enfermo y escuchar a los médicos rondar a medianoche, como vampiros. Luego convertirse en atleta y, después, en un intelectual con cierto prestigio. Casarse con la exnovia de Óscar Wilde, aunque su belleza le costara el placer. Obsesionarse con un actor, Henry Irving, y querer inmortalizarlo a su vez con un personaje que no muriera, aunque luego de escuchar la lectura éste se retirara diciendo “¡Espantoso!”. Soñar con una joven que intenta besar al viajero en el cuello, no en los labios; con un conde que interrumpe la escena para reclamar a la víctima como suya. Decir que fue por culpa de comer cangrejos con mayonesa antes de acostarse. Escribir Drácula en 1897 y volverlo un personaje universal, eterno. No volver a escribir nada mejor. Morir en la pobreza.

Stoker no inventó al vampiro, pero inventó a Drácula y logró que todo el mundo lo conociera y lo recordara cien años después. Incluso hizo que algunos lo creyeran y que otros, inspirados, crearan a su vez nuevos vampiros para sus libros, películas y obras de teatro.  Apenas en el cine la lista es interminable. La primera de esta sería Nosferatu, una sinfonía del horror (1922); y algunas de las últimas: Drácula de Francis Ford Coppola (que exacerba el erotismo y lo vuelve literal), la popular saga Crepúsculo (el cambio del amor cortés de Stoker por la pasión adolescente de Stephenie Meyer) y Solo los amantes sobreviven de Jim Jarmush (un visión estética en el tiempo moderno y que incluye buenas canciones de rock).

Drácula, de Coppola
Drácula, de Coppola

Drácula fue inspirado en un sueño, según decía Stoker, en un viaje a Whitby (Inglaterra), artículos periodísticos sobre vampiros, leyendas rumanas y en Vlad III de Valaquia, Vlad el empalador, o Draculea, como se conocía por ser hijo de un miembro de la Orden del Dragón.

El resultado fue un conde educado, de 466 años de edad (“¡Ah, ya no soy joven! Mi corazón, que ha pasado muchos años llorando a los muertos, ya no se siente atraído por el placer”), que en vida fuera un hombre notable, guerrero, estadista y alquimista. Una suerte de demonio que por algunos momentos puede generar simpatía: “Sí, también yo sé amar. Y lo sabes perfectamente. ¡Acuérdate!”… una historia de amor que Stoker no nos revelará nunca.

También está Mina Harker, una heroína que no acostumbra a guardar el prudente silencio de las mujeres de su época. Un lugar como Transilvania, que siempre será la casa del conde. El famoso Abraham Van Helsing que, según el escritor argentino Rodrigo Fresán, “es una mezcla de Sherlock Holmes con Sigmund Freud”. Un hombre que representa la apertura a la ciencia en medio de la religión y la superstición, como lo dice en Drácula: “es preciso tener un espíritu abierto, no permitir que una pequeña verdad nos impida llegar a un verdad mayor”.

Bram-Stoker
El creador del conde Drácula, Bram Stoker

Cómo inmortalizar a Drácula

Sin mencionar las numerosas leyendas del folklore en Europa y Asia, antes de Drácula ya existían libros sombre vampiros, como The Vampyre, escrito por John Polidori en el mismo verano que Mary Shelley creó a Frankenstein; y Carmilla de Sheridan Le Fanu’s que habrá escandalizado a muchos porque su protagonista era una vampira lesbiana que acecha a una jovencita.

Pero el vampiro de Stoker no es uno cualquiera. Es Drácula, un monstruo galante que no necesita aparecer en la mayoría del libro para mantenerse cercano y causar temor. “Nada asusta más que aquello que no se ve pero que, sin embargo, nos mira y nos vigila”, asegura Fresán. Drácula es algo imposible de creer, pero lo creemos, y se sustenta más en lo que puede llegar a suceder que en lo que ya pasó: “la desesperación lleva en sí su propio calmante”.

Este es un libro escrito con varias voces y a manera de diarios, cartas y notas de periódicos. La historia se amplía con estos múltiples puntos de vista y mantiene así su clímax. Todos escriben y todos leen. El conde posee una biblioteca envidiable sobre la historia de Inglaterra. La tinta es una metáfora de la sangre.

La descripción de los lugares es exhaustiva y algunas veces poética: “En la playa se distinguen figuras envueltas por la niebla, y se diría que hay <<hombres que andan como árboles>>”. Y hasta se podría escribir un recetario con las referencias gastronómicas, como el pollo asado con queso y ensalada que el mismo conde prepara.

El erotismo está presente, pero también está velado, como en aquella escena en la que una de las novias de Drácula se acerca al viajero Jonathan Harker: “sus facciones revelaban una voluptuosidad emocionante (…) se relamió los labios como un animal, de tal forma que, a la luz de la luna, conseguí distinguir la saliva que se resbalaba por sus labios rojos y su lengua, que se movía por encima de sus dientes blancos y puntiagudos. (…) cerré los ojos por completo en una especie de lánguido éxtasis. Después… esperé con el corazón palpitante”.

Esta, además de ser una obra gótica, de horror y fantasía, es un tratado romántico. El amor como el roce de las manos, o el amigo que nada espera (como el personaje del doctor Seward): “Querida, su honestidad, su valor, su sinceridad, acaban de conquistar un verdadero amigo, lo cual es mucho más raro que un enamorado…. Y mucho más desinteresado”, “la simpatía de los amigos no altera los hechos, por lo menos los hace más soportables”.

Hay solo una advertencia para leer este libro, así como para habitar imaginariamente el castillo del conde: “Entre libremente. Marche sano y salvo… ¡Y deje algo de la felicidad que trae consigo!”.

Publicado en El Espectador, agosto 2015

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