Un mundo para los tres

Foto: Fernanda Montoro
Foto de la escritora Fernanda Trías: por Fernanda Montoro

En La azotea (Laguna Libros), de la escritora uruguaya Fernanda Trías, una mujer se encierra en su apartamento, ese pequeño mundo que ha convertido en su fortaleza para protegerse de un exterior contaminado, amenazante. Y allí construye su vida junto con su padre, con el que mantiene una relación amorosa, y con su hija Flor.

Trías tiene paciencia como escritora para trabajar en los detalles y así no revelarnos todo desde el comienzo. Poco a poco construye aquel ambiente enrarecido, los meses que pasan y el deterioro lento de los personajes y las cosas: “El aire se había acostumbrado a quedarse en el mismo lugar como un remolino en pena”. Nos convierte, como a Clara, su personaje principal, en seres paranoicos. Por eso hay dos tipos de personajes: los que nos describe y los que creemos que son.

Habla del canario en una habitación oscura como metáfora del que está preso, del que vive sobre su propio desperdicio y depende de que alguien más lo limpie y lo alimente. Es el animal el que marca las rutinas que Clara había creado para su padre: “La vida de papá y el pájaro fueron vidas sincronizadas”.

Y la azotea como el lugar que parece estar fuera del alcance del resto del mundo, donde se puede fantasear con llegar al próximo edificio en tan solo un salto. Un lugar seguro al que tal vez solo se pueda visitar con el recuerdo para no correr más riesgos.

Su escritura está llena de imágenes, como la que da comienzo a la historia: una mujer acostada boca arriba, recordando cómo llegó a ese momento. La vela se ha consumido y existe la amenaza de que alguien derrumbe la puerta de su trinchera. Imágenes como poesía: “El calor húmedo de la palma (de la mano) me entró en el oído y creí sentir el ruido de las olas al romper, como si la palma ahuecada fuera un caracol de mar”.

Por ese poder visual de la literatura, aquí los lugares son a la vez personajes que se mueven, que asustan: “Las luces de las velas llenaron la casa de fantasmas. Las paredes se movían como si estuvieran siendo devoradas por el fuego y los objetos arrojaban sombras alargadas que se prolongaban sobre las paredes y el techo”.

La historia no es como esperamos que sea la vida, pero –como si fuera la realidad misma- no parece quedarnos otra opción más que continuar con la lectura. Este es un libro que bien puede ser circular porque comienza por el final y desde la última página vamos a querer volver a empezar a la luz de lo revelado: “El mundo es esta casa”.

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Publicado en El Espectador, mayo 2015

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