Chapinero Vintage

“Describe tu aldea y serás universal” es una célebre frase de León Tolstoi. Asimismo el escritor colombiano Andrés Ospina habló de un barrio bogotano, Chapinero, como un mundo que lo contiene todo: familia, costumbres, leyendas, tragedias, historia patria.

Chapinero (Laguna Libros), una de las novedades literarias de este año en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, es también una aventura de ficción que comienza en nuestros días y termina en 1655, cuando las Indias eran una promesa, una tierra fantástica en la que las estaciones cambiaban con el espacio y no con el tiempo.

Es una historia contada a varias voces. Está, por ejemplo, Lorenzo, un pintor sin dinero, habitante de Chapinero, que busca vender una reliquia familiar que más adelante será el hilo que une a todos los personajes, así estén en épocas distintas. Un hombre que dirá “hay un gusto en amargarnos que sólo los amargados conocemos”.

Antón, el zapatero de Cádiz, acaba de zarpar de España hacia el Nuevo Mundo en la época en la que todos los días eran el día de un santo. Higinio es “pendolista, tipógrafo, encuadernador, agrimensor y hasta bombero voluntario”, un personaje que nos recuerda profesiones en vía de extinción como el arte de escribir con buena letra, o encuadernar libros, y que trae frases como: “A mi edad no se vuelve de visita, sino a despedirse”.

Son varias voces, acentos y usos del lenguaje: una de las obsesiones, en el buen sentido, de este autor. Chapinero es una novela urbana actual y al mismo tiempo de época, y en ella el relato principal se dejará llevar por la memoria, por otros lugares insignes de la ciudad y por conexiones inesperadas que hacen los personajes. El mundo también está en una cabeza.

No hace falta conocer Chapinero, ni siquiera hace falta que exista —como Macondo—, para vivir en él a través de estas páginas. Imaginar, por ejemplo, que haya sido alguna vez el lugar para construir casas de “veraneo”, en pleno clima sabanero, o que pudiera ser comparado con una pequeña Versalles: “De casonas con rótulos presumidos, que por entonces comenzábamos a ver derribadas”. O encontrarse con el fantasma del torero Cacheta que rondaba por el vecindario, con doña Paulina que en vez de perro tenía a un cerdo como mascota y con la alberca en la que se bañaban señoritas con poca ropa. Como diría Tania, otra de las voces: “Eso es la experiencia: un archivo bien clasificado de fracasos”.

Publicado en El Espectador, Abril 2015

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