Cortázar, el profesor

¿Por qué estudiar una maestría de creación literaria cuando se tiene de maestro a domicilio al propio Julio Cortázar?

No se trata de un tema solamente para aspirantes a escritores. Como explicaría el argentino, el Cronopio Mayor: “Decir ‘literatura’ y ‘vida’ para mí es siempre lo mismo”. En Clases de literatura: Berkeley, 1980 (Alfaguara) de Julio Cortázar, tenemos no sólo al narrador, sino a un ser más íntimo, más amigo.

Esta obra es una transcripción literal de las clases que Cortázar dictó en la Universidad de Berkeley, California, después de que los directivos le hubieran insistido varias veces. Tal vez nunca se hubiera llamado a sí mismo profesor, ni maestro. Era un escritor, y sólo eso.

Al ser un relato tan fiel a su voz, Cortázar sentencia que el tiempo de la clase se está terminando, da paso a las preguntas y, en la última lección, se deja sentir nostálgico. Es una relación de estudiante-maestro a destiempo. Creemos por un momento que así como sentimos que esas palabras son, de cierta manera, para nosotros, él a su vez, en otra dimensión quizá, también nos lee.

En Clases de literatura recorremos sus etapas como escritor: la estética, metafísica e histórica, en la que descubrió que tenía que incluir en el trabajo literario la condición del latinoamericano.

Cortázar, el maestro que sabe que todo buen escritor se hace leyendo, recomienda obras de Arlt, Conrad, Onetti, Borges, Lezama Lima, Mann… dice que todas las formas del arte son vitales y que por eso escucha a Bird, Earl Hines, Bessie Smith, John Coltrane y Eric Dolphy. Y que, por lo mismo, no se perdería Un perro andaluz y La edad de oro de Luis Buñuel.

Nos da acceso al proceso creativo y a las intimidades de Rayuela, Historias de cronopios y de famas y El perseguidor. Presenta a sus personajes, que se hacen preguntas que nacen de lo más hondo de su angustia. Asegura que el humor funciona para hablar de la tragedia porque su intención es casi siempre la de desacralizar. Revela que a veces los cuentos le llegaron en sueños y que luego se avergonzaba de firmarlos porque tenía la impresión de que se los habían dictado.

Quizá queramos preguntarle qué lo hizo tan grande, tan querido, tan eterno. Responde que “el destino de la literatura es el de dar belleza y su deber, el de mostrar la verdad en esa belleza”, que la literatura no nació para dar respuestas, sino más bien para hacer preguntas.

Termina la lección con algo que se aplica tanto a la escritura como a la vida misma: “siempre he tenido una gran desconfianza a seguir por un camino cuando se vuelve fácil”.

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Publicado en El Espectador, marzo 2015

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