Éranse todas las mujeres

Érase una mujer que era todas las mujeres. Las que habitan en las leyendas de culturas ancestrales, las que son páginas quemadas del libro de la historia. Mujeres, como Sherezade, que cuentan relatos para vivir un día más, porque “en la palabra reside la luz secreta que nos hace humanos”.

“Érase una mujer”, de la escritora colombiana Vera Carvajal, es el libro que lanza la editorial Lua Books en homenaje al Día de la Mujer y todas sus luchas en el tiempo. No es un texto feminista, es un tratado mínimo sobre la humanidad. Es literatura infantil para adultos, para encontrarse en los ojos de los demás.

Apenas el año pasado el Viceprimer Ministro de Turquía prohibió la carcajada de las mujeres en público. “La risa es rebelión”, se descubre en el primer relato, de 22. Así, el viaje continúa por diferentes tiempos y espacios. En Colombia, por ejemplo, está la hazaña de las mujeres de Puerto Berrío, Antioquia, que adoptan los muertos anónimos que trae el río: “Y sin importar bando, procedencia o pasado, le lavaron, le vistieron, le nombraron; le parieron de nuevo, le bautizaron e inventaron una historia feliz y una muerte noble, con nombre y epitafio”.

Se cuentan las conquistas, como la de los pueblos originarios de las Américas, cuando las mujeres se apegaron a sus rituales y dieron a luz para resistir. La muerte es inminente, pero se puede vencer siempre que nazca de nuevo un hombre, una mujer: “Entendieron que las verdaderas guerreras no son las que vencen en la guerra, sino las que logran preservar la vida”.

Éranse mujeres como la primera, Lucy la Australopithecus, o como la Madre Tierra. Mujeres que habitan en leyendas, acertijos, danzas y culturas. Las mujeres son distintas, pero a la vez parten de una misma esencia. Por eso un estilo muy afortunado de ilustrarlas fue por medio de matrioskas –o mamushkas-, las tradicionales muñecas de madera que contienen en su interior una nueva muñeca, y ésta a su vez otra, y así de forma indefinida.

Lizardo Carvajal, el artista, dibujó 22 matrioskas de acuerdo a cada historia. El vientre simboliza su vida o su lucha. Los patrones y colores son propios de la cultura a la que pertenece. Las expresiones, las manos y los ornamentos son particulares también: en el centro de una indígena se ve un atrapasueños y el cabello de una obrera es el interior de una maquinaria.

Es un libro con final abierto para que se convierta con el tiempo en una historia colectiva. Y en una de sus páginas también se hace una invitación, a propósito de ser llamadas ‘locas’ tantas veces: “¿Qué tal si algún día intentamos una bella locura?”.

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Publicado  en El Espectador, marzo 2015

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