De las virtudes del erotismo

¿Sirve para algo la literatura erótica? ¿Por qué tanta fiebre con el tema? Tiene razones estéticas, prácticas e intelectuales para existir. Más allá de un libro o película en particular, vale la pena discutir, letra a letra, sobre la sensualidad y el deseo.

Anaïs Nin, uno de los referentes de literatura erótica

Dejar que el chocolate se derrita en la lengua, cerrar los ojos cuando suenan los primeros acordes de cierta canción, rozar una mano bajo la mesa… las escenas que provocan, que estimulan los sentidos, que podrían —o no— desencadenar algo, son tan eróticas como el acercamiento de dos cuerpos desnudos.

El erotismo es el deleite de los sentidos, de las cosas que los incitan o satisfacen. Y así lo dice el diccionario. Claro, también es el deseo sexual y la exaltación del amor físico en el arte, como el cine o la literatura. Así, muchos quieren ser los que escriben y leen esas historias en las que vemos a alguien al borde del abismo —el abismo como gozo sexual—, en las que se narra lo que tiene que ocurrir para que se lance. ¿Qué lo incita? ¿Qué está pensando? ¿Qué dilemas tiene en cuanto a la sociedad, la moral, la religión para tomar esa decisión?

La literatura erótica existe por el simple placer que produce la lectura misma y la curiosidad sobre el sexo y el deseo. El sexo como un ejemplo evidente de las pasiones humanas, de sus necesidades básicas, del uso simultáneo de los cinco sentidos. El deseo como el hambre, porque el cuerpo la siente o por simple gusto del paladar.

¿Sirve para algo la literatura erótica?

Para provocar, si se quiere. Para hacer más grata la existencia, para poder tener al alcance de las letras lo prohibido, o exacerbar y vivir de nuevo el placer que ya es familiar. “Escribimos para probar la vida dos veces, en el momento y en la retrospectiva”, aseguraba Anaïs Nin, una de las escritoras más intensas en la materia. “Quiero ser una escritora que les recuerde a otros que esos momentos existen; quiero probar que hay espacio infinito, significado infinito y dimensión infinita”, agrega.

También sirve para debatir. Algunos dirán que cierta escena no es incitante, sino vulgar, que encuentra más placer leyendo historia. Y eso que la historia tampoco está exenta de lo erótico, como el caso del anatomista del Renacimiento que “descubrió” la función del clítoris y cambió para siempre el universo erótico de las mujeres. “¿Qué sucedería si las hijas de Eva descubrieran que llevan en el medio de las piernas las llaves del cielo y del infierno?”, escribe Federico Andahazi en El anatomista.

Llueven por igual las discusiones sobre los límites con la pornografía. ¿Qué pasa si a algunos la pornografía les parece artística y exalta sus sentidos? No hay reglas de lo que excita y lo que no. Sin embargo, la literatura erótica tiene sus problemas: puede caer en lo sucio según la moral, el estereotipo, la repetición, la cursilería, la inmadurez verbal.

Tal vez las letras y el erotismo vayan mejor con las palabras precisas, como el trabajo cuidadoso de un poeta: “La poesía no sólo ha cantado al deseo. Es el deseo mismo quien se expresa y se hace palabra a través de la poesía”, según el poeta Juan Gustavo Cobo Borda en su antología Lengua erótica.

Es cierto, por lo menos, que este es un concepto complejo en el que también hay lugar para la timidez y discreción. Cobo lo dice así: “En el erotismo la reticencia también puede ser una virtud explosiva”. Y Jorge Luis Borges, en el poema El amenazado, lo confirma:

“Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

(…) El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo”.

Se habla del amor, claro, y también cabe la libertad, ya que es una cualidad necesaria para expresar el deseo, o dejarlo sentir, y lanzarse al abismo. El erotismo también sirve para explorar, para volver a ser curioso, para reconocer al otro:

“Destapa a este cuerpo, devela a esta momia joven abandonada en el fin del mundo, entisada de dolor y ahora de gusto. Cuando pienso que va a besarme, llega a mis labios, casi sin tocarlos, respira y en un raro titubeo animal sorprende a mi sexo, se lo traga de un sorbo suculento; me adormece y rinde”.

Este fragmento de la novela Desnuda en La Habana, de Wendy Guerra, resalta la sorpresa en este tipo de relatos, además de los rasgos animales que le debemos a la voracidad.

La fiebre por el sexo

¿Qué es lo que tanto gusta de la literatura erótica? No es una moda actual —se hubiera podido decir lo mismo en los tiempos del Marqués de Sade—, aunque así lo haga parecer el lanzamiento del libro y ahora de la película Cincuenta sombras de Grey. Que es demasiado visual, no; que es aburrido, no; que le devolvió la pasión a mi matrimonio, no; que es mala literatura y mal cine. Y sí, que es innegable que genera sensaciones en ciertas audiencias, o de lo contrario nadie hablaría de ello.

De la película sobre el Marqués de Sade

Al menos las controversias son tan o más apasionadas como el tema mismo. Quizá eso es lo que gusta tanto: la licencia para discutir, para afiebrarse. Marcel Proust decía que la felicidad es ausencia de fiebre. Es un hecho: la felicidad eterna no existe.

Si la necesidad por el sexo puede ser equivalente al hambre, “el deseo es consecuencia de un estado de plenitud, es emergente, activo, radiante, centrífugo. El erotismo se alimenta de su energía expansiva”, explica Aldo Pellegrini en Lo erótico como sagrado. En el mismo libro, el escritor Henry Miller —además, amante de Anaïs Nin— asegura: “Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia”.

El deseo no es solo sexual. Gracias a él, existen la ambición y la gula. Gracias a él, los niños desean una paleta. “Gracias al deseo se siente existir (…) el deseo es un impulso a la conquista de la realidad (…) Deseo, luego existo y existes”, apunta Miller. Y Nin coincide: “Qué gran misterio es el deseo. La enfermedad del amor, la sensibilidad, la obsesión, el temblor del corazón, el flujo y el reflujo de la sangre. No hay droga ni bebida alcohólica que pueda igualarlo”.

Quizá cuando la provocación termine —después del clímax, del acto sexual, de la moda y la controversia— se pierda el interés y, paradójicamente, dejará de ser erótico el erotismo. Perdurará el deseo. El deseo anima la vida y nos recuerda, a la vez, que somos unos simples mortales.

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Publicado en El Espectador, febrero 2015

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