Un libro tartamudo

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Existen enciclopedias, revistas, novelas… y libros tartamudos que cuentan historias de una particular forma. “La tartamudez genera dudas. Nuevas preguntas. Abre nuevos caminos. Enfatiza por medio de la repetición. Aclara”, escribe el autor colombiano Sebastián Bejarano en Tartamudo, la obra con la que se estrena la editorial Animal Extinto.

La repetición es una forma de acercarse al mundo, que funciona con rutinas y pausas, y la que genera las preguntas de este libro armado con cuentos, ensayos, columnas de opinión, obras de teatro, conversaciones y otros escritos. Es inevitable pensar en juegos literarios como La vuelta al día en 80 mundos, de Julio Cortázar, y La vida instrucciones de uso, de Georges Perec.

Por ejemplo, uno de los ensayos aborda la tartamudez desde la física cuántica, hay una conversación entre un tartamudo y un mudo por teléfono, y hay una cartilla adicional con evidencias de El caso T (lista de sospechosos, objetos decomisados, huellas dactilares).

En el capítulo ¿Cómo matar a un monstruo? nos encontramos con el mito fundador del Minotauro, pero escrito como una obra de teatro y en el que su protagonista, el monstruo, es un poeta tartamudo: “Mira, sólo hay un medio para m…mmatar los monstruos: aceptarlos”.

En esta obra la tartamudez no es un error que deba ser corregido, sino un valor para ser exaltado. El problema fundamental de esta radica en la sociedad, no en sus repeticiones. Parte de sus ventajas está en la riqueza del vocabulario “y esto se debe a que muchas veces el bloqueo en una palabra exige al tartamudo buscar otra palabra que la reemplace”.

Los temas no se agotan en discusiones sobre el lenguaje. Hay espacio para pasajes poéticos (“sus labios flotaron en aquella sonrisa, como el aire”), filosóficos (“el tiempo no es lo que importa en este mundo, sino la sensación del mismo”) y críticos (“no podemos negar que nunca nos ha interesado la verdad. Siempre ha sido mejor aparentarla”). Además, la tartamudez también puede extenderse en el cuerpo, como quien sufre de Parkinson y sus palabras tiemblan en el papel, y en registros sonoros como I’m sitting in a room, que hizo el compositor Alvien Lucier grabando la grabación su voz una y otra vez hasta que esta se convirtió en música.

Este libro es también una lectura, o interpretación, de escritores como Guilles Deleuze, Jorge Luis Borges, Jean Cocteau y más. Si Cortázar escribió “amaba yo aquella mano porque nada tenía de voluntariosa y sí mucho de pájaro y de hoja seca”, Bejarano responde: “amaba yo aquella mano porque trazaba con los dedos figuritas misteriosas en el aire, como la caída de una hoja seca o como el vuelo de un pájaro”.

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Publicado en El Espectador, diciembre 2014.

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