Tras los pasos de la Maga en París

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Horacio Oliveira buscaba a la Maga, caminando por la rue de Seine en un atardecer de diciembre. Se asomaba por el arco que da al Quai de Conti, trataba de distinguirla al frente del Pont des Arts con su silueta delgada, con su gabardina, “andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”, como anuncian las primeras líneas de Rayuela.

Es ahí, en ese triángulo parisino, donde comienza la Rayuela de Julio Cortázar y donde ha de volver una y otra vez en su juego literario. Es el mismo Pont des Arts del que se han caído pedazos debido al peso de los candados que los viajeros y enamorados han dejado en su “pretil de hierro”. Desde allí habrá que cruzar al Pont Neuf para adivinar por qué la Maga no quería despertar: “-Para qué -contestaba la Maga, mirando correr las péniches desde el Pont Neuf-. Toc, toc, tenés un pajarito en la cabeza. Toc, toc, te picotea todo el tiempo, quiere que le des de comer comida argentina. Toc, toc…”.

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Puente de las Artes. Foto: Julián Mora Oberlaender
Puente de las Artes. Foto: Julián Mora Oberlaender

La Maga veía las barcazas cargadas con sacos de mercancía o podía buscar, de forma impredecible, un desván iluminado en la noche o un beso en una plaza en la que los niños jugaran a la rayuela. Esa era su propia manera de saltar con un pie hasta el Cielo.

Cerca al muelle del Sena también está la Biblioteca Mazarine, la más antigua de Francia, y la que mencionaba Oliveira cuando pensaba en tareas absurdas, como “hacer fichas sobre las mandrágoras, los collares de los bantúes o la historia comparada de las tijeras para uñas”.

Cortázar contaba que Rayuela fue escrita en fragmentos que se le ocurrían en los cafés de París. Papelitos y servilletas que luego fue juntando cuando se le vino a la cabeza una escena con Horacio Oliveira. En los cafés se acordaba de los sueños, de la tierra de nadie. Y justo en el capítulo 132 enumera todos los cafés y allí aparece el histórico Au Chien Qui fume, de la 33 rue du Pont Neuf.

Tal vez alguien quiera dejar de buscar a la Maga por un momento y dirigir la mirada a un quinto piso de la rue du Sommerard, donde vivía Oliveira. Se encuentra a unas cuadras de la Sorbona y donde está actualmente el Museo de Cluny, una mansión del siglo XV con obras y objetos de arte de la Edad Media, y la librería de ediciones Ivrea.

El escritor José María Conget, en su “Ruta Rayuela” para la Embajada de Argentina en Francia, también recuerda lugares como Notre Dame, donde la pareja coincidió una noche; la rue Valette, donde se encuentra el hotel en el que estuvo Oliveira con la Maga por primera vez; Carrefour de l’Odeón donde comían hamburguesas y andaban en bicicleta; y la rue de Babylone, donde se habría reunido alguna vez el Club de la Serpiente, el grupo de amigos de Oliveira y la Maga que hablaba de literatura y filosofía.

Para finalizar el libro y el camino: el Cementerio de Montparnasse, donde Oliveira arroja un recorte de farmacia de Buenos Aires y una lista de anuncios de adivinas que saca del bolsillo de su pantalón: “ojalá que la bolita de papel hubiera caído sobre la tumba de Maupassant o de Aloysius Bertrand” para que las videntes les miraran las manos, pero tal vez cayó sobre la tumba del mismo Cortázar, en la que hoy reposan tiquetes de metro, flores, graffitis, colillas y cartas de amor. ¿Encontraría a la Maga?

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Publicado en la Revista Diners, septiembre 2014

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