Un atardecer en Arequipa

Arequipa es la ciudad detrás de los volcanes, es la Ciudad Blanca de Perú. Sus callejones y construcciones de piedra se pueden apreciar con detenimiento cuando se recorren a pie y, tal vez, lucen mejor con la luz del ocaso.

Texto: Juliana Muñoz Toro / Fotos: Julián Mora Oberlaender

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Pronto atardecerá en Arequipa. La densa niebla que cubre sus volcanes se abre y cierra como si fuese una cortina. Misti, Chachani y Pichu Pichu, los tres guardianes nevados, omnipresentes. No solo son tan altos que se ven a lo lejos sin que haya construcciones que los oculte, sino que de su vientre se obtiene el sillar: la piedra volcánica con la que se levantaron las edificaciones del Centro Histórico de Arequipa.

Arequipa es la Ciudad Blanca. Sus casas coloniales, de balcones adornados con flores y de faroles que a esta hora empiezan a encenderse, son blancas. Sus múltiples iglesias barrocas, conventos, monumentos y puentes emblemáticos son blancos. Algunos creen que este material volcánico le da un aire de santidad a la segunda ciudad de Perú, después de Lima.

Su gente es sencilla. Vive de granjas lecheras, minas de cobre y del procesamiento de la lana de alpaca. Las mujeres más ancianas caminan por la Plaza de Armas con sus sombreros de ala, trenzas largas, faltas y suéteres coloridos. Los hombres se dirigen al campo para arriar las alpacas y las vicuñas, acompañados de sus perros. Comentan, entre ellos, que la comida es tan importante que una buena esposa debe ser mejor cocinera y preparar cada día de la semana un plato diferente.

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Antes del atardecer

A cinco cuadras de la Plaza Mayor o la Plaza de Armas, está el Mercado San Camilo de Arequipa, más que un punto comercial y gastronómico, un epicentro de encuentro de los locales y sus tradiciones. Hay tantas variedades de papa que no caben en un solo puesto. Más allá, se venden ranas vivas para hacer batidos ‘milagrosos’ y energéticos. Por otro lado, un anciano ofrece fetos deshidratados de alpaca que son usados como ofrenda para la Madre Tierra. Están las mujeres promocionando frutas, flores, ropa, telas… el centro de abastos más antiguo de Arequipa sigue vivo.

El sol empieza a descender. Aún se siente una temperatura cálida y corre viento fresco. En la Plaza de Armas se mecen las palmeras, se llenan los bancos y los niños juegan cerca de la pila de bronce, en la que se alza la escultura de Tuturutu, un duende mensajero tocando su trompeta.

Uno de los lados de la Plaza está ocupado totalmente por la Catedral y sus torres gemelas. También construida en sillar, en el siglo XVII, con setenta columnas en su fachada que la hacen imponente. Es más impresionante cuando se escucha que ha sobrevivido un incendio y cerca de cinco terremotos.

Junto a la Catedral están los Portales de Arequipa, que se reconocen fácilmente por sus arcos. Antiguamente fue el cabildo de la ciudad y el lugar donde se instalaba el mercado indígena. Le siguen dos claustros que ahora sirven como locales de ropa de alpaca, libros, joyas y arte. Al otro lado de la Plaza está la iglesia jesuita de La Compañía, con una fachada tallada y un altar en oro.

Al norte de la Catedral está la Casa Rickets, un seminario en tiempos pasados, y ahora una galería de arte con pinturas coloniales y contemporáneas. Es común que varios espacios remodelados, como este, alberguen bancos de arte. Para finalizar este recorrido que circunda la Plaza Mayor se puede visitar el Museo Santuarios Andinos y su famosa Juanita, o la doncella inca, la momia de una niña conservada en hielo de hace 500 años.

Para ver la puesta del sol

La Ciudad Blanca se pone su traje de noche. Sus paredes quedan cubiertas por un tono ocre o, según el atardecer, magenta. El espectáculo de los últimos rayos del sol se aprecia mejor desde los miradores Sachaca y Yanahuara. El primero es una torre de 19 metros de altura en la cima de un cerro y enchapada en la famosa piedra volcánica. Desde allí se ven barrios lejanos, de casas color pastel, con la ropa tendida en los solares.

Yanahuara, a dos kilómetros del Centro Histórico, es un barrio tradicional con callejones angostos y empedrados, con casas de sillar y pequeñas huertas. Al final se levanta el mirador, coronado con arcos construidos durante el siglo XIX y tallados con personajes ilustres. En su plazoleta se consigue uno de los mejores postres peruanos: el queso helado, que no tiene queso, sino leche evaporada, azúcar y coco.

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La noche y sus misterios

El Monasterio Santa Catalina de Siena es tal vez la joya mayor de Arequipa. Aunque se ofrecen recorridos diurnos, el nocturno tiene un efecto especial, tal vez más misterioso. Debido a sus callejones, patios y diversas construcciones internas que suman cerca de 20 mil metros cuadrados, este convento parece una villa escondida en el corazón de la ciudad. Fue abierta en el siglo XVI y durante 300 años fue habitada únicamente por mujeres de familias españolas acomodadas.

Sus celdas, capillas, cocina y lavandería están distribuidas por un laberinto de calles angostas, jardines y plazas alumbradas ligeramente por los faroles. En la cocina se exhiben utensilios originales de la época e incluso viven conejillos de indias, una de las carnes más preciadas en Arequipa. Las habitaciones conservan su austero mobiliario, en los que si acaso solo había cama, silla y altar.

También se atraviesa por el Claustro Los Naranjos, llamado así por los árboles que lo habitan y que además es el escenario en el que se representa la Pasión de Cristo cada Viernes Santo; el Patio del Silencio; la Torre del Campanario; y el Claustro Mayor, el más grande y en el que se exhiben obras de arte relacionadas con la vida de la Virgen María y de Jesús. Al final, en una de sus altas torres se puede salir a la terraza y disfrutar de la vista de la ciudad y sus cúpulas, sus luces titilantes.

 

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Publicado en la Revista Avianca, agosto 2014.

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