Libros: refugio de la guerra

A propósito del estreno de ‘Ladrona de libros’ en las salas de cine, volvemos a la novela que lo inspiró, elogiada mundialmente por contar la historia de un sobreviviente judío y una niña que robaba y regalaba palabras.

 

Liesel tiene la misma pesadilla cada noche: un tren, su hermano que se desvanece, su madre que huye. Afuera: la Segunda Guerra Mundial que derrumba las calles en las que solía jugar fútbol, que acecha a su familia adoptiva porque no quiso unirse a los nazis y que, como un regalo, le trajo un amigo que necesitaba esconderse en el sótano de su casa.

Max, ese amigo, es un judío que también tiene pesadillas: pierde la pelea al lado de un niño al que le sangra la nariz, alguien lo vigila, alguien le dice adiós. Pero al fin tiene con quién compartir eso, por duro que sea. Ambos, niña y hombre, sienten afinidad por las palabras. Max dibuja y escribe en sus diarios y Liesel lo saca del encierro, sin que nadie lo descubra, con sus lecturas. Ella es “la ladrona de libros”.

Ese es justamente el título con que el escritor australiano Markus Zusak consolidó su reconocimiento en la literatura juvenil. La novela fue publicada en 2005 y elogiada por plantear una alternativa a la rigidez ideológica, el relato de un sobreviviente y el de una chica que conoce la palabra abandono, pero, sobre todo, la palabra esperanza.

El narrador no es uno cualquiera, y tal vez es uno de los recursos más novedosos de Zusak. En La ladrona de libros nos habla la muerte. Una muerte que no es amiga de la guerra, sino de sus víctimas, que no quiere hacer más su trabajo, pero no tiene quien la reemplace. Ella nos dice: “No tengo esos rasgos faciales de calavera que tanto les gusta atribuirme. ¿Quieres saber qué aspecto tengo en realidad? Te ayudaré. Ve a buscar un espejo mientras sigo”. Ella misma se sorprende de sus habilidades: “Soy capaz de hacer milagros. Nadie más podría llevarse cerca de cuarenta y cinco mil personas en tan poco tiempo. Ni en un millón de años humanos”.

La muerte se siente atraída por esa chica que roba libros y regala palabras. Pero que no es una ladrona común. El primer libro se lo robó a la nieve cuando aún no sabía leer. Con Manual del sepulturero y Hans, su padre adoptivo, Liesel adquiere el vicio de la lectura. A partir de ese momento siempre estará a la espera de una nueva oportunidad para robar. Así, toma El hombre que se encogía de hombros en una ceremonia nazi de quema de libros “inmorales”, y Mi lucha, de Adolf Hitler, que luego pinta de blanco para dárselo a Max como un diario. Una paradoja exquisita.

Recitando los libros que hurta, Liesel se distrae de las bombas. Pasando los dedos por sus páginas, por la simple existencia de las historias, obtiene su salvación. Busca en el diccionario el significado de palabras como perdón, felicidad, miedo, oportunidad, desdicha, silencio, arrepentimiento, no irse. “Definición no encontrada en el diccionario. No irse: acto de confianza y amor, a menudo descifrado por los niños”.

Este libro tiene de telón de fondo un paisaje alemán cubierto de nieve y la música de Hans (“a veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira y sonríe y respira”), mientras nos dice que las despedidas no siempre tienen sangre, ni oscuridad. El adiós también puede ser un abrazo, una buena historia, la pregunta de una niña a su padre —“¿tocarás algo cuando vuelvas a casa?”— o las palabras de una muerte asustadiza: “Última nota de la narradora: los humanos me acechan”.

Artículo publicado en El Espectador, marzo 2014

 

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