Cuando el cine cambia el mundo

En su libro “Mirando solo a la tierra”, Germán Franco narra, a través de la historia y los estudios culturales, cuenta cómo el cine le cambió la forma de ver el mundo a la sociedad paisa cuando se consideraba una “parroquia silenciosa”.

El circo España, en Medellín, donde se proyectaron los primeros filmes en la ciudad a manera de final de eventos como las corridas de toros. / Cortesía – Biblioteca Pública Piloto

La mujer del lado, sí, la que huele a cítricos, manda un mensaje por su celular, se resiste a apagarlo. Al otro lado hay un joven que ya se ha comido la mitad de sus crispetas. El de atrás le susurra algo a su cita, acerca una mano a su pierna. Alguien, a lo lejos, tose. Ese el cine y aún no ha empezado la película.

Así lo notó Germán Franco (experto en televisión y cine, historiador, subdirector del centro Ático de la Javeriana) cuando era niño. Su padre presentaba películas de 19 milímetros a la familia y a los vecinos, incluso en plena calle, y él era el proyeccionista. Presentaban la misma cinta una y otra vez, pero nunca era igual. Entonces se dio cuenta de que el relato no se basaba en el contenido de la película sino en lo que pasaba entre la gente: la compañía, la oscuridad, los miedos con los que llegaban, las dinámicas.

Eso se le quedó grabado para siempre. De hecho, a través de toda su carrera Franco se ha preocupado por el sentido de lo público en la comunicación. Y así, hace 16 años, empezó a investigar y escribir el libro “Mirando solo a la tierra: cine y sociedad espectadora en Medellín”.

Mirando solo a la pantalla

Tal vez el valor del texto de Franco, lanzado la semana pasada en Bogotá por la Editorial Javeriana, es el descubrimiento de que el cine desató prácticas culturales en Medellín que la volvieron una sociedad distinta. Es decir, por culpa del cine, se pasó de una sociedad parroquial a una espectadora, según el término acuñado por el escritor. “Es que no solo es lo que dice la película, sino la forma como se interpreta”, explica.

Que esta ciudad haya sido escogida como escenario de investigación no es gratuito, por supuesto. Franco quería responder, al menos desde los estudios culturales, “¿qué nos hizo así a los paisas?” partiendo del hecho de que en los albores del siglo XX era una “parroquia silenciosa”, como dice uno de los capítulos del libro.

Al hacer esa lectura en la sociedad actual tal vez nos demos cuenta, de acuerdo con el investigador, de que ahora estamos pasando de aquella sociedad espectadora a la digital y cómo está sucediendo ese cambio. Se trata de acercar a la historia como ciencia y a la comunicación como cultura.

Acerca del título, Franco cita una nota de El Colombiano de 1916: “(…) si el día fuese claro y despejado, podremos todos tener un bonito y agradable pasatiempo de curiosidad astronómica, mirando un rato al cielo, ya que pasamos la vida entera mirando solo a la tierra”. Si “mirando solo a la tierra” se refiere a una invitación en aquellos tiempos para ver un eclipse para entretenerse de otra forma, podríamos decir que en esta sociedad digital nos la pasamos “mirando solo a la pantalla”.

Teatro Junin

“El cine no llegó, sino que fue llegando”

En “Mirando solo a la tierra” Franco explica cómo el cine fue entrando y posicionándose como un espectáculo entre 1900 y 1930, lo que significó para la sociedad medellinense un proceso cultural muy traumático. Antes era una ciudad conservadora, donde la iglesia regulaba la moral pública y privada. El púlpito era el principal medio de comunicación. Además, era una sociedad silenciosa, resignada y, sobre todo, aburrida. Pero eso, el tedio, fue el motor del progreso.

Los pobladores probaron entretenerse con magos, cirqueros, músicos y curas. Asistieron a boxeo, riñas de gallos, cabalgatas. Las damas hacían visitas sociales, los hombres, jugaban al azar aunque estuviera prohibido. También estaba El Jordán, para los más sencillos, y las corridas de toros que terminaron siendo el escenario perfecto para lanzar las primeras películas.

Las proyecciones empezaron a hacerse en el teatro y el Circo España. Eran el postre de los platos fuertes que eran los toros y la ópera. Fue curioso que, recordando que se trata de lo que pasa entre los espectadores más que el mensaje, no era un cine silente como sí lo era en otras partes del mundo. Según el libro de Franco, en Medellín había un proyeccionista que hacía los ruidos de las cadenas de los esclavos. Además, estaba el sonido de las máquinas, los chiflidos, los chistes de la gente o de la banda municipal interpretando las partituras.

En “Mirando solo a la tierra” se cuenta la historia de la mujer que fue aplastada por una turba que quería ver –oh, paradoja- la proyección de “La pasión de Jesús”, o de cómo las mujeres cambiaron su referente de ‘santa’ por el de heroína gracias a “Juana” e incluso el de madre soltera con “The Kid”. Según Franco “el cine propone maneras de imaginar y vivir el mundo”.

Se hizo el cine o, mejor, se fue haciendo y la gente no fue la misma. De eso habla este libro. Y la película seguirá rodando porque el mundo es más que política y economía, es también cine como un espacio de encuentro que genera identidad, un espacio de mitos y de magia.

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Publicado en El Espectador, Marzo 2014

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