Conexiones perdidas

Ocho de la mañana. La Vía del Occidente está despejada. El sol aún no calienta. Es apenas una luz desconfiada, que se asoma a medias, como una mujer que no se atreve a soltarse el cabello. Llueven hojas secas, se vuelven remolinos y luego crujen cuando pasa la bicicleta de ella. El semáforo está en rojo y ella se detiene. Cambia la emisora que está escuchando, se acomoda el casco y mueve el pedal derecho hacia arriba para irse en cualquier momento. Un campero se estaciona a su lado. Ella voltea hacia el vehículo por simple reacción. El conductor también la mira. Tal vez no hay nada más que ver. El semáforo, las hojas, una calle vacía… no importa: los ojos de ella y él se encuentran. Pueden perder el interés de inmediato, pero en cambio permanecen ahí, el uno en los ojos del otro. Ya no se miran por casualidad, sino porque hay algo en aquel desconocido que atrapa y no se sabe qué es. A ella le gusta el rostro fino del hombre, los labios cerrados y pronunciados, el ceño tranquilo y un aspecto descuidado, la forma en la que agarra con una mano el volante y con la otra un cigarrillo, la figura que traza el humo al salir por la ventana. Él está mirando a su tiempo un trasero redondo apoyado en el sillín, los brazos tensionados, el cabello recogido en una trenza, el brillo del sudor. El semáforo cambia y ninguno se mueve. Ahora tienen un secreto que jamás sabrán cómo revelar. Un noseporqué me quedé en tus ojos, noseporqué te quise sonreír un poco, noseporqué quisiera volverme a cruzar contigo para entonces atreverme a hablarte, porque en este momento noseporqué solo quiero quedarme viéndote sin decir una sola palabra. Pero siguen el camino y se hacen los desentendidos, como si no acabara de ocurrir un fenómeno, una conexión. Una conexión perdida.

Tres de la tarde. Acaba de escampar en el Parque Metropolitano. Un niño señala el pasto y dice que parece el pelo de una anciana. Las gotas quedaron atrapadas en las cientos de telas de araña tejidas en la hierba alta y oscura. Ya no queda nada por hacer. La tierra se volvió lodo, los columpios están mojados, la pista de patinaje está cerrada. Solo unas pocas personas se sientan en las bancas, tratando de ubicar un puesto libre, uno que no tengan que compartir con ningún desconocido. Pero un par de extraños eligen la misma silla, tal vez porque está más cerca del lago y se puede ver, antes de que oscurezca, a una bandada de patos aterrizar sobre el espejo de agua. O, tal vez, se sentaron juntos porque hacía frío. Ella lo mira por encima del hombro y lee el título del libro que tiene encima de las piernas: “Antología de la literatura fantástica”. Luego la vista se le resbala a los muslos y algo más arriba. Se inquieta y se recuesta con fuerza en el espaldar de la banca, se pasa las manos por el cabello, saca el labial de su bolso para simular que está pensando en cualquier otra cosa, menos en ponerle la mano con fuerza en el pantalón y apretarlo fuerte. Cierra los ojos y lo escucha. Él no dice nada, pero respira fuerte, con un ritmo sincopado, reteniendo el aire de vez en cuando, así como hacen los guitarristas. Eso la excita más. Quiere irse, llegar a su casa, echarse boca arriba y deslizar sus manos por su propio cuerpo, apretarlo, estremecerse más que inquietarse, finalizar con un calambre en los pies. “¿Tienes un cigarrillo?”, pregunta él. “Ah, lo siento, no fumo”. Los patos ya descansan en el estanque. La conexión está perdida.

Diez de la noche. Una mujer rubia espera el metro en la estación del Museo. Las luces parpadean, zumban. El aire es denso y caliente, y solo se moverá cuando se acerque el primer vagón. Una joven toca una suite para violonchelo de Bach. No se percata de que a su lado hay un hombre delgado que la retrata a lápiz en su cuaderno. Una conexión perdida. La gente aplaude. La rubia cruza los brazos, impaciente. Se da vuelta y ve a una diosa negra. No tiene matices café, ni claroscuros. Su piel es negra y de seda, negra y lisa, negra y fresca, negra y perfecta. Lleva un vestido, también negro, que se ajusta a un cuerpo firme menudo y de curvas suculentas. En la espalda tiene un escote que se abre como el telón de una gran función: una línea profunda, un abismo tal vez. Lleva collares y pulseras pesados, de oro mate. El cabello recogido, el rostro frío. Parte de su belleza era aquella indiferencia, su gesto hipotético. La rubia no puede dejar de verla y teme ser descubierta. La recorre y huye. ¿Qué más puede hacer? No solo es una desconocida, es una mujer sonrojada. Imagina que tal vez la diosa trabaja en teatro, que va a una fiesta con sus amigos artistas, que vive en un estudio con vista a un edificio de ladrillos expuestos y que allí escucha indie folk y lee revistas de cine sin hacer ninguna expresión, conservando esa bella frialdad. Llega el metro. La diosa desaparece. La rubia jamás la olvidará, ni el espacio en el que estaba esperando, ni la valla contra la que se recostó un momento. No olvidará nada de lo que vio en un minuto en el que nada pasó. Solo una conexión perdida.

Tomine

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3 comentarios en “Conexiones perdidas

  1. Esos encuentros fugaces siempre quedan doliendo un poquito, como por debajo de todas las demás sensaciones “oficiales”.

    Todo el tiempo imaginé que sucedían en Medellín.

    Saludos.

      1. 1. Porque cada vez que voy a Medellín veo muchas motos, más que en Bogotá, y muchas mujeres en motos, más que en Bogotá.
        2. Porque acaba de escampar y aún así se sientan frente al lago, lo cual indica que no hace tanto frío como para quedarse en casa. (Sé que ahí dice que se sientan juntos por el frío, pero soy el lector y soy un tirano jajaja.)
        3. Pensé en la estación del metro que queda junto al Museo de Antioquia.

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