Claro que no existo, pero siga escribiéndome

Ella, ella caminaba. Simplemente caminaba. No esperaba nada, no quería nada. No se atravesaba en el camino de nadie, no quería siquiera ser notada. Lo único que se podía notar con algo de atención era su perfume de alelí, el mismo que usaba desde que era niña, aunque sus compañeras intentaran disuadirla diciéndole que ese era el aroma de las brujas. Eres una bruja, lo sabemos. Le decían. Que te quieres quedar con todos los hombres. Le reclamaban. Por eso mismo había aprendido a crear una frontera entre ella y los demás. A no ser vista tras esa frontera.

Así, con el tiempo, fue palideciendo. Su voz se adelgazó, su silueta parecía desvanecerse. Qué le vamos a tener lástima, si cada cual es dueño de su propio infierno. Comentaban. Solo le quedaba aquella mirada sublime. Si ella te mira, murmuraban, es imperativo detenerse, la sangre se desborda de su cauce y el día o la noche, qué importa acaso, se desvanecen tras una aurora boreal. Por eso mismo, ella usaba lentes oscuros y dejaba caer su rostro cada vez que alguien le dirigía la palabra.

Pero volvamos. Ella, ella caminaba. Caminaba con sus lentes oscuros y traje negro. Era su onomástico, pero solo ella lo recordaba. Su experimento de volverse un fantasma que camina estaba teniendo éxito. Iba por ahí escuchando las trivialidades de la gente. Qué charra estuvo esa exposición, ni una pizca de buen gusto tenía. Pero no se coloque rabón, mire que en vez de delicarse porque perdimos la apuesta, más bien agradezca que le salvé el pellejo. Hoy aprendí en el colegio que un chango puede ser un mico en México, un carro de mercado en Argentina, un pueblo amerindio en Chile, una persona elegante en Honduras o un bromista en Puerto Rico. Ese jijuemadre partido me dejó un sinsabor amargo. Señora, disculpe, ¿dónde queda el romboi de la cien?

Y así, nuestra protagonista saltaba de historia en historia, de voz en voz, hasta cruzar la calle, atravesar el parque, resguardarse en su casa, cerrar la puerta sin hacer ruido, bajar las cortinas. Luego prendía su computador, escribía cuentos para una revista que la dejaba publicar con un seudónimo, Ágata, y al final, solo al final, en el lugar al que pertenecen los placeres, abría su correo con la esperanza de verlo, de leer su nombre, de pensar “volví a nacer”, de estar a un click de distancia de una larga carta de amor de un hombre que no la conocía, de algunas letras llenas de bonhomía y cariño. No sé si usted exista, tal vez no, pero quiero que sepa que desde que la leí solo pienso en esa mirada suya que tan impecablemente sabe plasmar en sus letras. No, claro que no existo. Respondía ella. Pero gracias por escribir, seguiré esperando sus correos.

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***

Ejercicio literario basado en palabras al azar (en bold o negrita) que un grupo de amigos escogió para mí.
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