Ernestina a la derecha

Casi siempre los turistas llegan hasta la Parroquia del Divino Niño del barrio Veinte de Julio. Alrededor todo parece un cuadro caótico y pintoresco. Suenan las campanas del santuario, un carro anuncia por altavoz que el aguacate está en promoción, el aire se siente denso, hay pollos dando vueltas en los locales de la esquina. Parece imposible escapar de aquel desenfreno.

Ahí, a unos pasos de la parroquia, hay una construcción gigante con las puertas abiertas. Se trata de la Plaza de mercado del Veinte de Julio, construida hace 39 años para los vendedores ambulantes de la zona. Al entrar el cuadro cambia: la suavidad de la luz, el provocativo perfume del aire, la bulla festiva de un comercio en donde todo es más fresco, más barato y más personal, si se quiere.

A veces las plazas de mercado suelen ser vistas como grandes bodegas, pero esta tiene algo especial en su construcción. El techo tiene un diseño, como si fueran varias pirámides, que deja entrar la luz lateralmente y crea un equilibrio entre luz y sombra. No suenan las tormentas, no llega el sol ardiente de mediodía.

Por el pasillo principal se encuentra a doña Tránsito, con su famosa pelanga del altiplano cundiboyacense. Cerca de ahí está Dora y su yerberito moderno. Le tiene el remedio para la gripa, como las hojas de eucalipto o el jengibre con miel, para el insomnio la ya reconocida manzanilla, y para el cansancio una infusión de romero y genciana. La que se está riendo ahora es Fanny, de Café Latino, un lugar reconocido por unos antiguos molinos de café que le dan un sabor especial.

En el estante del frente está José organizando en filas perfectas sus productos. Le gusta dejar juntos los ingredientes del cocido boyacense. Blanca lo saluda de lejos y luego sigue hablando con un cliente sobre su tienda esotérica: “le tengo el ‘quereme’, ‘miel de amor’, ‘tumbatrabajo’. O si no quiere esencias, hay riegos para atraer la buena suerte”. Y, a la vista de todos, hay un altar con la Virgen del Carmen, a la que le hacen una procesión cada 20 de julio.

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Tal vez la mayor particularidad de esta plaza es la zona campesina, un ala adicional donde los fines de semana un grupo de campesinos traen productos que cultivan o preparan en sus propias parcelas de Boyacá, Cundinamarca, Santander y los Llanos. Además de ser frutas, verduras, amasijos y otros alimentos hechos a pequeña escala y de forma natural, su precio es económico ya que no hay intermediarios.

Este recorrido empieza con Guillermina, una de las matronas de la plaza, de cabello cano y cuerpo rotundo. En su puesto tiene desde agraz y alverja hasta tres tipos diferentes de arepas boyacenses. Algunos alimentos vienen de su huerta en Cómbita, otros, de la correría que hace cada semana por otros municipios de Boyacá en donde les compra a otros campesinos sus productos locales. Es decir, trabaja la tierra y viaja toda la semana para vender en solo dos días.

Y así, uno podría seguir la lista de personas con artículos como no se ven en el supermercado: la curuba en su racimo, el cubio con la tierra con la que fue cultivado para conservarse mejor, la harina artesanal de sagú o una fruta llamada manguzán que sabe a manzana verde con chirimoya. El valor de este lugar va más allá de la interacción comercial. Aquí se conocen alimentos poco comunes, su valor nutricional, las tradiciones que lo sustentan y su lugar de origen, como si se tratara de un buen vino.

Canasto campesino

Homenaje al canasto campesino

El sábado 16 de noviembre, a partir de las ocho de la mañana, en la Plaza de mercado del Veinte de Julio se le rendirá un homenaje al canasto campesino, presente en las casi cuatro décadas de historia del lugar. El evento es iniciativa de “Vamos a la Plaza”, un convenio entre el Instituto para la Economía Social, el Instituto Distrital de Turismo y la Fundación Escuela Taller de Bogotá.

De acuerdo con Manuel Romero, coordinador del componente cultural de este proyecto y parte del colectivo Minimal, gracias al convenio ha habido una labor investigativa de campo para diagnosticar, por ejemplo, la tipología de productores, la viabilidad económica de su negocio, el rescate de sus saberes culinarios tradicionales, y cómo hacer que las plazas de mercado sean vistas como un atractivo turístico.

Luego comenta: “La idea es que el sábado la gente lleve un canasto para hacer el mercado como gesto de ser amigo de la plaza. Es una invitación a que la visiten, prueben, aprendan y establezcan vínculos con sus campesinos y vendedores”.

Productos frescos y orgánicos

Plaza de mercado del Veinte de Julio

Carrera 6 # 24 – 60 Sur

Fotografías de Carmen Calonge.

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Un comentario en “Bogotá de ruana

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