El mar adentro de Tomás González

En su nueva novela, Temporal, el escritor antioqueño Tomás González nos muestra con una escritura impecable cómo confluyen las tormentas de sus protagonistas con las de la naturaleza.

 

Tomás González escribe con el cuidado y disciplina del jardinero. De hecho, escribe rodeado de un colorido vergel en Cachipay (Cundinamarca), alejado de las múltiples entrevistas que los periodistas quieren hacerle, de una popularidad recientemente adquirida. Mientras se resiste de ir a rociar sus matas, según confiesa, crea historias con una singularidad en la que se ha vuelto experto: mostrar lo extraordinario en lo cotidiano, en lo sencillo.

Después de Abraham entre bandidos, La luz difícil y El lejano amor de los extraños, sus libros publicados en los últimos tres años, González vuelve a contarnos una historia con personajes que tocan fondo y que de alguna manera regresan a la superficie, así sea para aplazar lo inevitable. Con Temporal su meta era que la tormenta de los protagonistas y la naturaleza confluyeran, dejándolos al borde de la aniquilación.

La novela transcurre en un periodo de 26 horas. La trama es, sobre todo, pictórica: una lancha de pesca con tres habitantes a punto de ser derribada por las olas. Vemos al padre, el ‘Rey’, con un carácter que podría compararse al de un perro rabioso que por momentos suscita compasión. Vemos a los mellizos, Mario y Javier, en la búsqueda de la independencia del padre, al que odian cada vez más porque no lo pueden amar aunque quisieran. Y, a lo lejos, en la orilla del mar, está la madre loca, Nora, que escucha coros como si estuviera en una obra de teatro griega, coros que anuncian una tragedia: “Temporal que cruza la brújula. Sextante que no marca el horizonte”.

En Temporal Tomás González ratifica su habilidad para pintar escenarios. En los objetos, los diálogos y el color del atardecer conocemos a los personajes. Los términos exactos para describir el equipo de pesca, las islas o el ambiente, reflejan el proceso de investigación del escritor, “una investigación más sensorial que conceptual”, aseguró. Visitó el mar de su infancia en Tolú, acompañó a los pescadores en sus jornadas, se posó largo tiempo en la orilla “para sentir el mar vivo, no al recuerdo que tenía de él”.

Este es un libro para leer en voz alta. Tiene una cadencia rítmica, las palabras son elegidas para potenciar el relato y  alcanzar mayor capacidad de creación de imagen. Por eso hay frases como esta: “Un grupo grande de pájaros pequeños cruzó frente a la lancha, compacto, muy pegado al agua, como una sola criatura oscura”. Si Temporal tuviera una banda sonora seguramente sería una sinfonía de Mahler.

El narrador de este libro se mueve entre la voz omnipresente y la subjetiva, que es la voz de los personajes, incluso la de los turistas que llegan con historias que cuentan con sus coloquialismos y su lenguaje regional. Este estilo le da varias dimensiones al relato y nos da la posibilidad de engancharnos con lo que sucede en esas 26 horas, con el cuento corto de un personaje secundario o con los recuerdos que hacen más claro el presente.

Puede que Tomás González se haya inspirado en historias familiares o que haya querido regresar al mar del que habló en su primera novela Primero estaba el mar. Pero aquí hay un asunto que trasciende su experiencia personal y que le dio material suficiente para escribir Temporal durante cuatro años: “que el ser humano se carga de rencor muy fácil”.

Temporal

Tomás González

Editorial Alfaguara (2013)

147 páginas

**

Publicado en la Revista Diners, octubre 2013

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