Que el amor sea infinito mientras dure


Puedo decirme del amor (que tuve):

que no sea inmortal puesto que es llama,

pero sea infinito mientras dure…

(Vinicius de Moraes)

Sucedió hace muchos años cuando apenas era un niño,
un niño,
y la vi.
Me habían llevado al Carnaval: tantos colores, tanta incomodidad.
Los hombres brindaban con whisky y había pianos en las calles.
Las personas eran murallas que tuve que escalar para alcanzar el tejado.
Y la vi.
Bailaba con 23 movimientos diferentes, ninguno era aburrido.
Hasta ese momento los sonidos que había escuchado no tenían significado, como si estuvieran enfrascados en un sueño, pero la escuché a ella, que cantaba con una voz hecha de filamentos.
Cuando pasaba caminando le cambiaba el color a las cosas, cuando se arreglaba el pelo el ruido volvía a ser un murmullo.
Tenía la edad de mi madre, pero no era mi madre, era otra,
era ella, la que ví.
Entonces se volvió sinónimo del amor, porque ella era lo único que yo conocía del amor: el estómago todo revuelto, la mandíbula apretada, el pecho en llamas.
Al año siguiente volví al Carnaval, esa vez convencido de que era más alto, de que no habría murallas, de que al fin me vería ella a mí, aunque todo volviera a ser igual y volviera a pasar un año entero, pesado, lento, pobre.
Tuve que volver a escalar para alcanzar el tejado, 
y la ví
y ella me vio.
Me vio.
Un instante infinito porque aún no se me olvida.
Infinito, porque uno recuerda lo que desconoce, lo que  perturba, lo que pide un momento más de reflexión para tratar de encontrar alguna pista, un detalle que pasó por alto.
Infinito, al menos mientras duró, porque algo tan tórrido como sus pupilas en mis pupilas tenía que terminar, porque luego dejaba de quemar, 
la piel se acostumbraba, los ojos también.
Ese año yo iba dispuesto a no dejarla ir, a protestar, porque el amor también es una forma de protesta, un niño que protesta porque mirar es cosa de grandes.
La busqué de nuevo entre el ruido, los colores, la incomodidad,
y la ví.
Me acerqué,
y entre más me acercaba, más me quemaba, más llegaba al fin.
Le dije que las flores de su casa debían estar llorando por su ausencia, que yo lo haría si fuera flor o incluso siendo niño.
Tal vez dijo algo con esa voz delgada, pero sus palabras no sonaban, solo se sentían.
Sentí un abrazo,
tal vez.
Sentí un beso,
tal vez.
Entonces mi mano buscó su pierna, un instante infinito.
Fue lo mejor que haya jugado en mi vida, lo más verdadero.
Hasta que terminó, ella se fue y no la pude alcanzar.
Pasó un año más, un año que pude sobrevivir gracias a la ilusión de la imagen que vería en el Carnaval.
Sobrevivir para un momento destinado a extinguirse.
Yo seguía siendo un niño,
un niño
que escala por las personas para llegar al tejado y poder verla.
Y la ví.
Me volví a acercar seguro de que me recordaría aunque no me conociera, porque el amor es reconocer entre la multitud.
Al menos eso era para mí.
Le dije que me diera la mano, que si mi mano tocaba la de ella después tendría un poco de su aroma para llevarle a una pobre boca, una boca que aún no había pronunciado malas palabras, ni siquiera la palabra amor.
Mi boca.
Aunque se esfume, dije, 
aunque no te quedes para siempre como quisiera. Dije.
Así que me tomó la mano, la reconoció y luego se excusó.
Que no había nada que hacer, dijo.
Que fue bueno mientras duró, que tenía que acabar. Dijo.
Cuando se levantó vi una puerta que nos dividió, una puerta que se cerró a sus espaldas mientras caminaba y bailaba
con 23 movimientos diferentes, ninguno era aburrido.
Y yo, como un buen caballero que era, como el hombre grande que quería ser, me fui a la casa a llorar, a buscar el consuelo de mi madre.
Sucedió hace muchos años y todavía le sigo siendo fiel, aunque haya vuelto a amar, a ser llama y de nuevo desvanecer.
Por eso puedo decirme del amor que tuve, el que no tuve, o tan solo del amor, que una mujer llega y te quema, te evapora,
que una mujer puede ser todas las mujeres a la vez, la extranjera, la desconocida, la hija, la madre, y quedarse por siempre con uno, al menos mientras el infinito dure.
 
 
 
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