El ciclista, el mago, el músico, el hermano

Para cada persona que uno conoce se tiene una imagen programada. Es como cuando suena el celular y aparece una foto. Asimismo, cuando pienso en mi hermano Álvaro Diego el retrato que tengo de él es una sonrisa. No, mejor una carcajada exagerada, muda, enseñando todos los dientes, arrugando la frente. Hay algo particular en ese gesto: a sus cuarenta y tantos años aún tiene ojos de niño. Parecen un poco tristes aunque esté sonriendo. Creo que le heredó esa mirada a mi madre.

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Diego era el único payaso al que yo no le tenía miedo cuando era pequeña. Lo veía transformarse poco a poco. Se vestía con un traje colorido que mi mamá le había cosido y luego se maquillaba frente al espejo. Nunca se puso una nariz roja. Y así se ganaba la vida, haciendo reír a los niños. Hasta nos contrató a mí y a mi hermana algunas veces para que le ayudáramos con los títeres. Los niños eran terribles, pero él sabía cómo mantener su atención. Mi casa vivía llena de palomas y conejos porque también era mago. Aún lo es. A mi mamá le gustaban especialmente las palomas porque de alguna manera le recordaban al Espíritu Santo. A mí no tanto porque no podía jugar con ellas. No me entendían. Pero a Diego sí. Él las hacía dormir, las aparecía y desaparecía, las hacía volar sin que se escaparan. Los conejos me gustaban más y les ponía nombres como Bugs Bunny o Manchita. Diego solía regalarlos al homenajeado de la piñata, pero si yo me había encariñado mucho con el animal me revelaba la palabra que tenía que decir cuando hiciera la rifa. La verdad es que me terminaba regalando casi todos los conejos. Luego a mí se me morían o crecían demasiado y destruían todo el jardín.

Derecha a izquierda: Mónica, Jenny, Diego.
Derecha a izquierda: Mónica, Jenny, Diego.

No recuerdo en qué momento Diego empezó a participar en competencias de ciclismo. En los paseos le pedía a alguien que manejara su carro para él poderse ir en su bicicleta. Tenía tantas medallas y trofeos que buena parte se las tuvo que regalar a mi mamá, y ella hizo del garaje un hall de la fama. Aunque parecía que se hubiera hecho un corredor profesional de la noche a la mañana, la verdad es que todo encajaba. Era tremendamente ansioso y esa parecía una buena forma de catarsis. Fue expulsado de varios colegios por su hiperactividad. También mordisqueaba sus dedos, comía sin conseguir quedar lleno y tenía algunas explosiones de mal humor.

Diego no aprendió a montar en bicicleta de niño. Se subió a una y empezó a andar. Eso fue todo. Alguna vez se escapó de la casa para irse a montar con unos amigos nuevos que a mi mamá no le habían gustado mucho. La bicicleta era de mi hermana mayor y mi papá se enorgullecía en decir que había sido traída de Panamá por contrabando luego de estar enterrada bajo el mar durante 50 años. Ese día se la robaron y Diego llegó tan triste a la casa, con sus ojos vidriosos, que mi mamá no pudo decirle nada. De grande siguió haciendo daños. Un día se montó en mi triciclo… y adiós triciclo.

Ese espíritu autodidacta fue su verdadera universidad. Como con la bicicleta, Diego algún día tomó una guitarra y empezó a tocar. Lo vi hacer lo mismo con la organeta, la batería, el bajo eléctrico y hasta con un acordeón. Tuvo un grupo de rock en español y fue de las primeras bandas en Rock al Parque. Según cuenta, hasta le tuvo que prestar alguna vez su guitarra a los Aterciopelados porque no tenían una. Cómo me gustaba que cantara Hey, Lupe. Tal vez por él yo sabía bailar muy bien Rock & Roll siendo muy pequeña y hasta me gané varios concursos de baile.

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Él me contagió el amor por la bicicleta. Claro, yo no podría ser tan disciplinada como él, que se levanta a las cuatro de la mañana para entrenar entre 100 y 200 kilómetros, que los fines de semana es capaz de trabajar hasta las tres de la madrugada y levantarse a las dos horas para ir a una competencia, que se pagó con su propio dinero una bicicleta costosa, que corre la Vuelta a Colombia aunque sepa que sin un equipo es difícil ganar. El día en que llegó de la Vuelta a Panamá, en la que se ganó todas las etapas y la carrera final, les trajo camisetas a sus amigos y se quedó un rato contando historias del viaje. Según mi mamá, él sabe cómo captar la atención desde que era niño. Un día lo mandó a comprar algo a la tienda y se tardó en regresar. Cuando fue a buscarlo, lo encontró en plena calle, rodeado de gente y bailando breakdance. Otra de sus habilidades autodidactas.

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A mi hermano todos lo conocen como ‘el paisa’, porque habla como paisa, así con la voz alta y con sus bromas. Es un paisa aunque viva en Bogotá desde los siete años, tal vez porque le enorgullece haber nacido en un pueblo caliente y rodeado de platanales de Antioquia llamado Apartadó. Pero todos lo conocen, sobre todo, porque es un gran acompañante, el mejor amigo. A mi hermana Mónica, por ejemplo, la acompañaba en sus peligrosas travesuras de niña y hasta se disfrazó de mendigo para uno de sus proyectos de la universidad. A Jenny la llevaba a las fiestas y la recogía, aunque le tocara levantarse en la madrugada. Según él, tenía que cuidarla de la cantidad de galanes que la asediaban. A mi papá le lavaba el carro en la noche y hoy en día, no importa qué tan ocupado esté, siempre está ahí cuando se le necesita. A su hijo Diego Alejandro le enseñó a tocar batería con apenas cinco años y ahora, que está en la universidad, le ayuda con su estudio de producción musical y hasta grabaron un disco juntos. A Andrés David, su hijo menor… tal vez no le enseñó a jugar fútbol o tenis porque él simplemente un día tomó un balón o una raqueta y aprendió solo. Bastó con que fuera su padre. A Erica su esposa, la ama como todas las mujeres quieren ser amadas: con picardía, con humor y, sobre todo, incondicionalmente.

A mí me enseñó a tocar flauta, me ayudó a pasar la clase de radio en la universidad, me llevó a Monserrate por primera vez y hasta me acompañó a un concierto de Chayanne un día que me gané un par de entradas y nadie las quería comprar. Y eso que no conozco a un mejor negociante que él. Lo he visto conseguir rebajas de la mitad del precio inicial. Diego me enseñó el valor del silencio, de la nobleza, de que uno puede vivir de lo que lo que le apasiona sin necesidad de un trabajo estable. Diego, mi hermano, mi gran hermano, me enseñó, me sigue enseñando, tal vez sin saberlo, que la magia no es cuestión de un hechizo, sino del encanto que producen las historias bien contadas, bien vividas. Gracias por eso.

De derecha a izquierda: Jenny, Juliana, Mónica, Diego
De derecha a izquierda: Jenny, Juliana, Mónica, Diego

Hermanos

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Un comentario en “El ciclista, el mago, el músico, el hermano

  1. hermosas palabras mi cuñadita… realmente todo lo que es mi esposo amado lo encierran cada una de tus frases y lineas!!! gracias por expresarlas en este fragmento inspirado en un dia como hoy… Dios nos regala nuevamente la vida para disfrutarla y decir: ” Hoy Volvi a nacer”… te chero

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