Al día siguiente J. pensó que había muerto

Al día siguiente J. pensó que había muerto. Un muerto que se queda un rato más en el cuerpo, esperando una última caricia o el shock de un desfibrilador. Estaba casi seguro. No podía abrir los ojos, pero sentía el roce de las sábanas, el aire denso de la habitación. Era el día siguiente de una serie de eventos que no lograba recordar. Era imposible que no haya sucedido nada entre llegar a la casa después del trabajo y despertarse en medio de una resaca que se confunde con la muerte.

No era la primera vez que le sucedía. Cuando descubrió, con tristeza, que seguía vivo pudo moverse. Primero una mano, luego la mano en los párpados para abrirlos a la fuerza. Media hora después ya estaba bajo la ducha.

-Si llego tarde van a volver a hablar a mis espaldas. Hoy viene temprano el contador. El contador y su nostalgia. ¿Qué hará cuando regresa a casa? Lo espera una mujer de cifras perfectas, de retenciones innecesarias, de cobros perpetuos. Hoy tampoco pude salir a correr.

J. apenas cruzaba los 30, hacía dos años había dejado de automedicarse antidepresivos, trabajaba como supervisor en la Torre de maíz y no se percataba del éxito que tenía con las mujeres. H. decía que disfrutaba pasarle los dedos, como un peine, por el cabello, empezando por la nuca. M. aseguró que entre más pasaba el tiempo J. era peor novio, aunque mejor amigo y mejor amante. B. disfrutaba de sus labios tibios y lisos, de sus labios en cualquier lugar donde los quisiera hundir, de que no tuviera ningún afán en los juegos previos. Y L. se enamoró de él por su aparente desdén, porque cuando menos lo esperaba el hombre se le acercó y le dijo “me gustas y no me importa si sientes lo mismo o no”.

Eran ese tipo de detalles que revelaban su verdadera personalidad, detalles a los que pocos podían acceder, y no los encuentros con el contador o sus presentaciones en la Junta Directiva, como la que tenía ese día. Alcanzó a llegar a tiempo y saludó a los socios de lejos. Detestaba darles la mano. Manos húmedas, muy fuertes o muy débiles, arrugadas, sucias o demasiado limpias.

-Nuevamente vino el anciano-. Pensó. –Mientras él siga aquí no dejará que la empresa progrese-.  Le deseó la muerte. Una muerte fulminante, sin sufrimiento, sin tiempo de designar herederos.

La compañía había sido un molino de trigo, pero el negocio lo fueron dominando varias familias que llegaron de Lejos. La panadería era su fuerte y a eso se dedicaron tenazmente hasta que fueron absorbiendo a los pequeños empresarios que se dedicaban a lo mismo. La crisis comenzó en la década del noventa y el País no se pudo volver a levantar. Tampoco la Torre. Pero lo seguía intentando. Parte de las maquinarias restantes sirvieron para limpiar y envasar maíz, el principal alimento del País. Y con ese negocio se mantenía apenas para pagarles  a los empleados.

Nadie se percató de la perfecta ortografía del informe. Los socios fingieron leerlo mientras J. explicaba al frente del proyector sus planes:

-Señores, yo no creo que el futuro esté en la estandarización. ¿Dónde va a quedar la cultura de la gente, su identidad? Hasta la señora del café puede aportarnos conocimiento. Tenemos que escuchar a nuestro personal.

El anciano suspiró. Sin sostenerle la mirada a J. le dijo que esos temas los tratarían después, que ahora tenían que revisar cifras. Cifras sin rostros, cifras sin hijos, cifras sin salida. Llamaron al contador.

***

A la hora del almuerzo le trajeron tortillas de maíz, ensalada con granos de maíz y refresco de maíz.

-¿Se imaginará la mesera que yo trabajo en la Torre del maíz? Que ordeno y superviso que limpien cada grano, que cada día encontramos a un pájaro muerto en la maquinaria, que mientras salen los pedidos yo debo esperar y que el tedio me obliga a buscar pornografía y que me acaricio ahí, en la oficina, en el corazón de la Torre. ¿Ah? El maíz está en todos lados. YO estoy en todos lados.

Se sintió mareado. Pensó que se había estado esforzando en vano. La lucha contra el anciano, las mujeres, el peso, los años, la depresión. J. solía empeorar las cosas cuando las analizaba demasiado.

Llegó a su casa. Quería recostarse, prender la televisión, pedir sushi a domicilio. Pero encontró música a todo volumen, humo de cigarrillo, personas desconocidas. Nuevamente su compañera de piso había planeado una fiesta sin pedirle permiso, sin avisarle, sin invitarlo. Al menos le quedaba su habitación como refugio. Al entrar vio a más extraños ahí, en su cama, y en medio de ellos, como una especie de reina de la cocaína, estaba su inquilina aspirando polvo blanco por la nariz enrojecida.

J. no era un hombre de enfrentamientos. Prefería fingir que nada le importaba y salir cuanto antes del lugar. Desde pequeño eso había sido un problema. Sus padres pelean, silencio, cambio de habitación, seguir escuchando los gritos, comer helado, que el helado conserve durante 20 años sabor a divorcio. El colegio, el amigo que se va del país, la niña que le gusta, los pretendientes que sí se acercan, que sí la besan.

Media hora más tarde estaba en una fiesta a la que había dicho que no iría. Recordó que sí tenía amigos, que el sábado estaba invitado a jugar fútbol, que allí estaría D. una mujer que le había anotado hacía años el teléfono en la mano. Ahora D. estaba casada, y qué. Seguía teniendo los senos más apetecibles que hubiera visto. Cercanos entre sí, respingados, inabarcables con una sola mano, inquietos. Seguía teniendo la piel blanca, como bañada en leche, perfecta para la metáfora de comerse a alguien. Una piel sin sorpresas, sin matices, solo una inmensa llanura enceguecedora. D. estaba ahí, ella y todo su cuerpo, ella y no su marido.

***

Se quedaron solos. Los demás invitados no tenían razones suficientes para quedarse o, al menos, la energía. El anfitrión se arrastró, ebrio, hasta su habitación. D. pudo desahogarse sin interrupciones. Su esposo, el cantante de una banda de rock local, le había confesado que se acostaba con otras mujeres. “¿Y qué”, le dijo, “hoy en día todo el mundo lo hace. Se trata de diversificar un poco para no aburrirnos el uno del otro. Eso no significa que haya dejado de quererte”.

La voz de la mujer se había quebrado varias veces, pero algo la obligaba a seguir hablando. Tal vez el deseo de que alguien le diera razón a ella, a la monogamia o de escuchar que cualquier hombre querría estar solo con ella, ella y su piel de leche entera.

J. escuchó. Sintió que la conocía de toda la vida con apenas unos minutos de charla. Él creía en su intuición para llenar los vacíos de lo que no se dice, para tener certezas sobre la gente.

-Pues haz lo mismo-, le propuso.

-No, no podría. Todos se darían cuenta. No solo soy su mujer, soy su mujer perfecta. Si él falla, de hecho, lo felicitan. Pero yo… yo no puedo darme ese lujo.

-Podemos tener un amorío a distancia. Soy bueno con eso, con las palabras que quieres leer, con las caricias escritas.

-No funcionaría. No tenemos nada en común. Difícilmente nos conocemos.

-Eso tampoco importa. Los desconocidos te sorprenden más y no le temen a decirte verdades duras. Como que ni siquiera sabes por qué estás casada.

D. volvió a llorar. J. le acarició los labios, luego la besó.

-Nadie se va a enterar, te lo juro-, J. tuvo paciencia. Continuó con los besos puritanos. Esperó hasta que la tristeza se acabara, la culpa se olvidara. Luego pudo extender sus besos a los senos perfectos, a las clavículas sin fondo, al ombligo alargado, al sexo vibrante.

J. no lo podía creer, pero sí, al fin estaba encima de la mujer. Siempre, antes de acostarse con alguien, le daba pánico de que fuera a ser una pesadilla, de que la vagina se convirtiera en un desierto sin viento, de huevos fritos en el cielo, de obras de arte que se derriten. O que, de repente, la amante fuera en realidad un hombre, uno de gestos toscos que lo hacían pensar “¿pero cómo pude haberme confundido?”. Soñaba con tanta frecuencia en coitos interrumpidos que se convenció de que era una premonición.

“Eres irrepetible”, fue la forma en la que D. le agradeció el encuentro.

***

De nuevo la resaca, la amnesia.

-¿Me puedes decir qué hice anoche?-, preguntó J.

-Espero que sea una pésima broma-.

-No me refiero a lo nuestro. Ese será el motivo para sobrevivir un buen rato. Quiero decir, ¿qué pasó después de eso?

-¿Es decir que no recuerdas cómo llegamos aquí?

-No. La verdad, jamás me había aterrado tanto despertarme en mi propia habitación. ¿Hice algo extraño?

-Bueno, me pediste que durmiéramos en tu casa y me pareció conveniente. Llegamos y me señalaste la cama. Pensé que vendrías, pero en cambio empezaste a buscar algo por toda la casa. En tu escritorio, al parecer, lo encontraste.

-¿Qué encontré?

-¿De verdad no estás bromeando? ¿Olvidaste eso también?

-Lamentablemente sí.

-Un teclado. Ni siquiera prendiste el computador. Solo querías escribir, como perfecto maestro de la mecanografía. Te pregunté qué hacías y no quisiste escuchar. Simplemente no le di importancia y me fui a dormir.

-¿Qué habré escrito? ¿Será lo que hago todas las noches?

-Tal vez estés a la mitad de la mejor novela que jamás se haya leído, o descubriste un idioma diferente, la verdad del universo.

D. bromeaba, pero a J. le gustó la idea, aunque al mismo tiempo se sintió frustrado porque nunca lo sabría.

-Cuántas personas caben dentro de uno… tengo a un mecanógrafo, qué gracia. Si ojalá pudiera ganar dinero con eso.

-¿Qué harías? ¿Te irías de viaje por el mundo?

-No, no me gusta viajar. Nada me apasiona.

-¿Yo no te apasiono?

-Sí, pero tampoco puedo ganar dinero con eso.

-Tal vez sí.

Al día siguiente J. llamó al contador. Fue de la única persona de la que se despidió en la Torre de maíz.

Anuncios

2 comentarios en “Al día siguiente J. pensó que había muerto

  1. Juliana, hace poco descubrí este sitio. Así mismo, he leído poco. Pero, carajo, cómo me gusta tu forma de escribir.
    Este cuento me llegó, en especial, porque al igual que J, pienso seguido en la cantidad de gente que hay dentro de uno.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s