Una crisis de talla pequeña y de peso pesado

Pesar 30 kilos y medir 1,60 de estatura es tener el alma anclada a este mundo apenas por un cuerpo de seda y algodón. Así era Manuela*, de 16 años, cuando estaba en la etapa más crítica de una enfermedad silenciosa. Actualmente no acepta del todo que sufre de una anorexia nerviosa que podría matarla: “Llevamos un año con la esperanza de que esto ya casi termina y no, es un círculo que parece no tener fin”, se queja la madre de la joven, que no se inmuta.

“Dejo de tomar los suplementos y a veces no me alimento como me indican porque creo que las porciones a las que estaba acostumbrada son las normales”, dice Manuela. Lo cierto es que, según los médicos, consumir solo pequeñas cantidades de verduras no es lo adecuado, y menos para su edad. Al menos ahora ella come mejor -seis comidas diarias y suplementos- , ha subido a 46 kilos y su meta es ganar al menos dos más.

Su caso no es exótico: 80 mil hombres y mujeres en Colombia tenían anorexia y bulimia en el 2006, según la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional, adelantada por el ICBF y Profamilia. Eso, en un país donde, de acuerdo con el mismo estudio, el 41 por ciento de los hogares no tienen suficiente dinero para comprar los alimentos que requieren.

Sin embargo el problema no se reduce a los casos diagnosticados. Los centros especializados en el tratamiento y la prevención de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) han detectado patrones de riesgo como disfunciones familiares, preocupación por el sobrepeso, dietas estrictas y pesarse varias veces a la semana, entre otros.

Una de las iniciativas para estudiar este comportamiento -pues no existe una cifra oficial de TCA en Colombia- la tomó el Centro Horus al encuestar a dos mil jóvenes de Bogotá entre los 11 y los 19 años: 18 de cada 100 estudiantes están en riesgos medio y alto de padecer anorexia, bulimia o trastorno por atracón. El rango de mayor incidencia está entre los 15 y los 18 años, y las niñas son las más afectadas.

Cuando comer es un infierno

A Clara* no le importaban las ojeras marcadas cada vez con mayor intensidad bajo el brillo de sus ojos verdes. Trataba de no pensar en los gruesos gajos de pelo que se le caían a diario, ni en su piel reseca, ni en las manchas que se acomodaban sobre sus dientes grandes y parejos. Al mirarse en el espejo solo veía a esa niña gorda que odiaba, aunque su peso fuera el de una pluma. El mundo que ella creó en el espejo empezó con una motivación simple: tener el control. “A los 15 años estaba algo pasada de kilos; lo normal a esa edad. Empecé imponiéndome pequeños retos -como saltarme las onces o alguna comida principal- y al probarme que podía cumplirlos me sentí exitosa y más motivada a seguir”, explica Clara, ahora con 24 años.

Sintiéndose vigilada por su familia, al evitar la comida podía sentir que al fin controlaba su vida. Durante cinco años más se negó a sí misma que tenía un problema y les hizo creer a los suyos que todo iba bien, que solo adelgazaba porque estaba en la etapa de crecimiento.

No obstante para ella “nunca se está lo suficientemente delgada”, como dijera Wallis Simpson, duquesa de Windsor. Empezó a tomar laxantes para saldar la culpa de comer, aunque fuera poco. Otras veces ingería como en un acto reflejo generosas porciones de comida. Dada la abstinencia, la ansiedad por atiborrarse se volvía incontrolable -esto es conocido como atracón- y enseguida se inducía el vómito.

La purga inconsulta hizo que su recto se desprendiera. En una cirugía complicada, los doctores le cortaron una porción del colon. Clara nunca podrá tener un parto normal ni emprender actividades que le demanden ejercer mucha fuerza. “Esa vez toqué fondo y reconocí que estaba mal. Yo quería volver a tener ganas de vivir, trabajar, soñar, bailar y también amar, puesto que ni siquiera había tenido novio”, dice la joven.

De acuerdo con Javier Aulí, psicoanalista del Hospital San Ignacio, la pérdida del 10 por ciento del peso, los bajos niveles de potasio y el intento de suicidio son criterios suficientes para internar al paciente. “Hay casos en que los pacientes tienen el potasio tan bajo y están tan deshidratados que pueden morir por algo tan simple como sudar o sufrir diarrea, ya que esta insuficiencia desgasta la fibra muscular y la consecuencia más devastadora es un paro cardíaco”, asegura el doctor Aulí.

Con un tono bajo, tímido, Manuela continúa su relato: “Elaboré mi propia dieta, una con bajas calorías y sin harinas. Nunca dejé de comer del todo, por eso creí que no había lío. Hacía deporte y eso me enorgullecía aún más. Aunque mi mamá me tuviera en tratamiento médico por anorexia, yo seguía con mis hábitos, hasta que me internaron por tener la frecuencia cardíaca muy baja”.

Los TCA son tan peligrosos como un cáncer -solo que sus efectos son de largo plazo-, pero resulta vergonzoso para los pacientes pedir incapacidad porque no ingieren alimentos o porque vomitan. “Es común que la gente piense que está tratando con una niña caprichosa que no come porque no le da la gana. Pero definitivamente esto va más allá de la vanidad”, alega Clara.

Por eso el tratamiento ideal es un proceso psicoterapéutico en el que el paciente habla de sus dificultades para detectar el origen de su trastorno. El papel de la familia en la recuperación es clave y es necesario que todos conozcan la enfermedad, sean comprensivos y asistan a terapias de grupo.

Finalmente, los medicamentos formulados suelen ser suplementos nutricionales, antidepresivos, tranquilizantes, moduladores del afecto y hormonas. Las dosis dependen de cada caso y deben ser formuladas por un médico.

Una vez en el hospital las personas con anorexia o bulimia -no es raro que ambas se presenten en forma simultánea- deben iniciar un tratamiento que incluye medicina, psicología, psiquiatría, nutrición y endocrinología. Esto último se debe a que la mayoría de veces los niveles de hormonas se alteran. Por eso, la pérdida de la menstruación es un efecto inmediato de los TCA.

El control nutricional es vital, ya que la realimentación -cuando una persona con anorexia vuelve a comer- debe ser gradual, fraccionada y específica. Retomar la comida de cualquier forma resulta peligroso, pues el cuerpo no se adapta fácil a un cambio tan repentino.

“Tristemente a Colombia le hacen falta pabellones especializados en TCA dentro de los hospitales de mayor nivel”, afirma Aulí. Lo ideal sería que los especialistas trabajaran en redes de intercambio de información y examinaran a sus pacientes una o dos veces por semana, según sea el caso. Los centros especializados (ver recuadro) y algunas unidades de salud mental, como la del Hospital San Ignacio, ofrecen un equipo de profesionales que caminan hacia la misma meta. Sin embargo, suelen ser tratamientos costosos que el Plan Obligatorio de Salud no cubre.

Maritza Rodríguez, psiquiatra coordinadora del Programa Equilibrio (ver recuadro), asegura que los TCA no están en la agenda del Estado por ser enfermedades de alto costo. Por ser crónicas, las visitas de los pacientes a los especialistas son diarias. Además, “no es una urgencia evidente ni una patología que se considere como tal”, dice Rodríguez. Para que algunas EPS cubran los gastos es necesario aclarar que se trata de desnutrición, depresión e intento de suicidio, no un TCA.

Se puede prevenir

Así como quien come hamburguesa todos los días es proclive a ser obeso, hay varios comportamientos que hacen más susceptibles a los menores de tener en el futuro un TCA. De acuerdo con Maritza Rodríguez hay que prestarle atención a la autoexigencia, a la sobrevaloración de los problemas y a la baja tolerancia al fracaso: “los niños deben aprender que no todo se puede lograr o tener, sin que eso se les vuelva un drama”. La confianza y la autoestima del pequeño para asumir los riesgos con sus ventajas y desventajas le otorgarán un escudo más fuerte frente a la anorexia y la bulimia.

Así mismo, el peso bajo, el miedo a probar un manjar desconocido, comer las mismas cosas en el lugar y con las personas de siempre, son costumbres que se deben erradicar. Una alimentación es equilibrada cuando es variada, incluye todos los grupos de alimentos y cubre todas las necesidades nutricionales.

De otro lado existen en Internet incontables páginas y blogs que apoyan la delgadez extrema y validan cualquier método para llegar a ella, incluso los más nocivos. Funcionan como una red de apoyo entre anoréxicos y bulímicos para darse ánimos, seguir en busca de lo que ellos consideran perfección e intercambiar trucos para ocultar la enfermedad y ser más famélicos.

En Colombia no existen políticas públicas que busquen prevenir y tratar efectivamente estos trastornos. Son admirables -pero aislados- algunos esfuerzos de diferentes centros investigativos, de educación y médicos.

Por ejemplo, en la Bogotá hay un acuerdo del Concejo para institucionalizar el programa de prevención y control de la anorexia y la bulimia con campañas en colegios y universidades; la capacitación de profesionales de salud para que presten atención a los síntomas; el impulso y el fortalecimiento de estudios e investigaciones sobre el tema; y el apoyo a las acciones preventivas.

Centrar la vida en el dilema ‘comer o no comer’ es en realidad una ciencia que los afectados adoptan con sagrada disciplina. Se especializan en ocultar su trastorno y muchas veces ni ellos mismos lo aceptan. “Basta decir que se almorzó en otra parte para poder saltarse una comida. Es importante mirar más allá de los síntomas predecibles y detectar los ocultos como la hipoglicemia -porque el organismo tiene largos períodos sin recibir alimento-, la anemia, la caída del pelo, la ausencia de la menstruación originada en el desequilibrio nutricional, y el aislamiento social”, explica Victoria Pérez, psiquiatra de Click, otro centro especializado en TCA (ver recuadro).

“La mayoría de veces hay un final feliz”

Más de la mitad de los casos, según Pérez, logran recuperarse. Muchos pacientes quedan con secuelas de la enfermedad, como Clara, y otros seguirán con ideales de perfección física, “pero esta vez tienen argumentos para no caer de nuevo”, asegura optimista, Victoria.

Camila Pombo, de 30 años, ríe y su alegría se contagia a través de sus dientes pulidos. Con una silueta menuda, saludable y fuerte, habla con elocuencia, con el tono bien modulado y frases bien armadas. En la actualidad es psicóloga en el Centro Horus y se especializó en TCA porque ella misma vivió esa pesadilla. Lo que más le gusta recordar de su historia, que no difiere mucho de las de Clara o de Manuela, es cómo pudo darle un final feliz: “Acepté que tenía un problema que me estaba controlando. Que era una lucha interna constante hasta que un día dije «¡No más! ¡Qué pesadilla es esta!» Me di cuenta de que no había nada positivo en ello. Ese es el verdadero final, cuando uno toma la decisión. Si no es así, no importa cuántos profesionales intervengan.
“Me sentí curada cuando mi forma de pensar me llevó al bienestar. Hoy en día no tengo miedo. Me doy cuenta de que si como un poco de más… realmente no pasa nada. Y sí, hago ejercicio y practico golf, pero sólo porque lo disfruto.

“Cuando uno empieza a pensar en la mejoría de los demás afectados, piensa en la propia mejoría. Eso sí, no existe una fórmula única para todos. Cada paciente es un mundo diferente. Por eso trabajo aquí. Ahora quiero estar bien y me gusta este estado”.

*Nombres cambiados para proteger la identidad de las pacientes.

***

Publicado en la  Revista Credencial, enero 2009

Las fotos de este post no corresponden a las publicadas en la revista.

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Un comentario en “Una crisis de talla pequeña y de peso pesado

  1. La felicito al ser tan valiente pues el poder superar una prueba tan grande como lo es la anorexia, requiere de mucho trabajo y fuerza de voluntad , adelante y espero que no vuelva a decaer =)

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