El señor Sereno

Óscar Muñoz

Nací en un pueblo pequeño. Era como un lago que se podía cruzar sin descansar. Las casas habían sido construidas en una hilera que se iba doblando a la derecha poco a poco, de manera que si el pueblo era visto desde el cerro oriental se podía ver la figura de un caracol. En el centro estaba la iglesia. Tenía paredes altas y agrietadas que siempre pensé que iban a caer sobre nosotros mientras estábamos en misa y que Dios no nos iba a ayudar porque sólo le alcanzaba el tiempo para cuidar a las grandes ciudades, a la gente importante. Nosotros no éramos gente importante. Nadie salía del pueblo para convertirse en Presidente o militar. Además, en ningún lado se escuchaba hablar de un pueblo tan pequeño como un lago que se cruza sin descansar y con forma de caracol. Al menos eso decía mi madre.

-Mesdrizec, si te vas, jamás encontrarás el camino de regreso y a donde llegues te despreciarán por haber nacido en un lugar que nadie conoce-.

Así, como todos los demás, crecí con miedo de escapar, pero con el deseo secreto de hacerlo.

Algún día, tendría yo unos 13 años, empecé a fijarme en el señor Sereno, el hombre que encendía los faroles a la hora de la penumbra y los apagaba antes de que la gente despertara. En una mano llevaba una antorcha encendida y en el hombro apoyaba una escalera de troncos de bambú. La fijaba en los postes de madera, altos, tan altos como cuatro artistas de circo trepados uno sobre el otro. En cada uno hacía el mismo ritual: abrir la puertecilla de vidrio del farol, sacar un contenedor de aceite en el que flotaba una mecha y encenderla con la antorcha. Luego se quedaba mirando por encima de los tejados varios minutos. Iba de adentro hacia fuera de la espiral, por la casa del sacerdote, la alcaldía, la oficina de correspondencia, el parque de yarumos, los pozos de agua y así, hasta salir del caracol y desaparecer por un camino sin faroles. Yo admiraba ese poder de observar a los demás desde arriba y sin ser visto, como Dios. Quería ser como él, pero le temía a las alturas. Me conformaba con escuchar sus historias.

-¿Te has dado cuenta de que cuando el calor languidece, justo cuando yo estoy avivando la luz, llega una brisa tibia que huele a guayaba madura?-.

-¿A qué huele la guayaba?-, le pregunté.

-¿Es que no has comido guayaba muchacho? La guayaba te saluda primero con un olor dulzón y tu lengua le responde hinchándose, recogiéndose, como si probara un limón. Te hace recordar cuando juegas en el parque a mediodía, pides un helado de crema, pasa la niña que te gusta, tan perfumada como si se acabara de bañar, y te invade una sensación pegajosa que se resbala con dificultad hasta llegar al suelo.

-Quiero probar una guayaba-.

-Aquí no hay, pero fíjate en la corriente suave que te digo.

Sereno también me contó que mi profesora de geografía se bañaba en el jardín trasero de su casa, creyéndose sola. Sola y sensual. Se pasaba la barra de jabón por el abdomen y frotaba varias veces para tener mucha espuma. Era con la espuma que se bañaba. Se la llevaba a pasear por sus caderas, la guardaba en su pubis, la reavivaba en sus senos.

Mi madre me prohibió que siguiera hablando con él. Lo llamaba viejo fisgón y depravado. Pero a mí no me parecía. Era un curioso, como yo. Lo empecé a buscar antes de la madrugada, cuando terminaba de apagar las luces, para que siguiera contándome lo que había visto desde su encumbrada torre.

-Yo sabía que Epigenio tenía algo extraño. Después de la última misa salía muy apurado hacia la penúltima espiral. Hace unas noches empecé a encender las luces de afuera hacia dentro para estar cerca de su parada.

-¿Era la casa de quién?-, pregunté aquella vez.

-No la debes conocer. Xila dejó de salir de su casa desde que quedó ciega, hace unos 20 años. Ahora debe tener unos 40. No entendía cómo conseguía su comida, pero con las visitas de Epigenio eso quedó claro. No solo le lleva latas de sardinas, pan, leche y huevos, también le hace el amor.

-Entonces son esposos-, dije fingiendo normalidad para que Sereno no censurara las partes más interesantes de sus relatos.

-Jajaja. No, Mesdrizec. ¿Acaso no lo has visto con una mujer flácida que usa sombreros estúpidos y pañoleta de seda?-.

-Creo que sí. No me he fijado-.

-Pues a esa sí la llevó al altar, pero a la otra, a la ciega, le hace rechinar la cama, no, la casa entera. Ella gime con desespero. Con vergüenza se ahoga contra la almohada para disimular ese Do como de contrabajo-.

-¿Qué es un contrabajo?-.

-¿No sabes lo que es un contrabajo? Y tampoco has comido guayabas. ¿Es que nunca has salido de este pueblo?-.

-No, no señor. ¿Usted sí?-.

-Claro que sí. De dónde crees que saco el aceite para los faroles, de dónde la madera cuando se la comen las termitas.

Desde ese día me propuse salir de esa espiral infinita y ver cosas interesantes, como las que había visto Sereno, pero sin necesidad de subir a ninguna parte. Quería una vida intranquila, en la que pudiera quedarme despierto durante la noche porque prefería la luz de las farolas que la del sol, tan caliente y húmeda. Fumaría, tomaría café con algo de licor, tendría una libreta de apuntes, escucharía conciertos de contrabajo. Llevaría a varias mujeres a la cama y las pellizcaría para que dieran chillidos divertidos. Sería periodista, espía, el que enciende la luz.

El día en que terminé la escuela le di un beso de despedida a la profesora de geografía muy cerca de sus labios. Uno, dos, tres, diez segundos. Ella se sonrojó, pero la sorpresa no le permitió dar un paso atrás. Fui a casa por una maleta con poca ropa y le dije a mi madre que iría a celebrar con unos amigos, que me tomaría unos tragos. Ella si acaso respondió, sin voltearme a ver, y siguió refregando los platos en la cocina. Luego busqué a Sereno por todos lados. Nadie sabía dónde vivía. Algunos ni siquiera tenían idea de cómo los faroles estaban encendidos cada noche. No lo encontré. Llegaría al anochecer, pero no lo podía esperar. Me iría ese mismo día del pueblo.

Llegué a una ciudad caótica, justo como quería. Encontré una habitación en la que apenas cabía una litera. No importaba, yo estaría afuera, espiando a las personas, respirando el humo de los carros, nadando encantado entre ríos de gente. Esa misma semana encontré trabajo en un diario para supervisar la maquinaria. En realidad no tenía que hacer mayor cosa, sólo fijarme que nada se atascara, que las ratas no se comieran el papel y retirar los periódicos imperfectos. Sabía que ascendería si aprendía a escribir bien y a encontrar noticias que los demás medios no tuvieran. Las conseguí, caminando por la noche, entre callejones, a través de grandes avenidas, debajo de puentes y demás rincones que seguro el señor Sereno también estaría mirando.

Mi plan de llevar a varias mujeres a la cama se desbarató porque conocí a Helena. Era un día de elecciones. Yo nunca desayunaba, pero ese día tenía mucho trabajo y era seguro que no volvería a probar bocado sino hasta el día siguiente. Ella llegó al café cuando ya no quedaba ninguna mesa disponible. Cabello recogido, negro en los salones y rojizo en las ventanas. Llevaba una blusa carmesí de cuello largo que se ajustaba a su silueta de violonchelo. Parecía buscar a alguien. Levantó el rostro para ganar altura. En medio del sondeo se cruzó con mis ojos.

-¿Te molesta si te acompaño a desayunar?-, me preguntó mientras me enseñaba con la mano las demás mesas ocupadas.

Claro que no me molestaba.

Helena olía a guayaba madura. Por lo menos me producía esa sensación de la que Sereno había hablado. Y yo seguía creyendo en él. Me contó que escribía cuentos infantiles desde su casa y que ella misma los ilustraba. Yo intervenía de vez en cuando con una expresión corta, como “qué interesante” y la dejaba seguir hablando. Quería llegar hasta su boca a través de su aliento. Me imaginaba que desde allí me bañaba en su saliva y que mi cuerpo se hinchaba todo, como una lengua que prueba limón. Intercambiamos números de teléfono y prometimos llamarnos para volver a desayunar algún día. Después vino alguna noche, una cena, un par de cervezas, un beso y una cama.

Encendí la luz. Dejé los ojos abiertos mientras la besaba. Era la oportunidad para verla desde cerca. Desde el filo del abismo se aprecia mejor la caída, pero sin caer. Además, le seguía temiendo a las alturas. Seguimos viéndonos y yo no pude estar con ninguna otra mujer porque sólo me apetecía el sexo de Helena, la vida con Helena. La vida con Helena, cómo decirlo, era una marea que se movía por la atracción de su vientre, que invadía con su flujo un costado de mí y al descender se quedaban varadas algunas conchas sin perlas, juguetes perdidos por los niños de antes, caracoles como los de mi pueblo, centavos brillantes, mensajes sin botella. Me gustaba despertarme apoyado en sus senos de durazno, a esa hora en la que los vecinos aún no nos atormentaban con sus licuadoras, tacones, descargas de la cisterna, cópulas mañaneras. Su corazón sonaba a blues, a Kosmic Blues, y su cabello lucía tan desordenado como el de Janis Joplin. Entonces ya no me importaba si debía acompañarla a hacer compras, a probarse tacones que atormentaran a los vecinos.

A mediodía preparaba pastas con tinta de calamar y servía una copa de vino. Oler, agitar, observar, oler, probar, tomar. Le gustaba fingir que sabía catar, que podía identificar un toque de tabaco, una pisca de anís, matices volcánicos. Eso me hacía reír. Luego yo le contaba alguna historia de Sereno y ella me pedía que la llevara alguna vez a ese pueblo. No, nadie puede regresar, le decía.

Helena dibujaba mejor en la tarde. Me pedía que le hablara de cuando era niño y guardaba el granizo en una cajita esperando a que nunca se derritiera, cuando me di cuenta de que nunca había tenido un padre o cuando pensaba que cualquier arco era la entrada a otra dimensión en la que todos se veían pero por dentro eran diferentes. Cuando capturaba la historia, hacía garabatos en una servilleta, en un recibo o al lado de su ombligo. Luego tomaba una hoja limpia y la intervenía con lápiz y acuarela.

La vida con Helena era una paradoja. Daba la impresión de que el tiempo se detenía en sus curvas, sus trazos, sus bromas, pero cuando se iba me dejaba la sensación de no conocerla, de que cuatro años eran en realidad cuatro días, de que su figura en mi recuerdo se deslizaba, me abandonaba. Por eso no dejé de refugiarme en mi trabajo. Era el único lugar seguro en el que el reloj no era una trampa, en el que me sentía por fin trepado a un poste sin temerle a las alturas. Me internaba días enteros en la sala de redacción, en las calles buscando primicias, en el ritmo acompasado de mi teclado. Después de crecer en un pueblo lento como un caracol, terminé esclavo del caos, de la velocidad, de la asfixia. Si acaso lograba tener una tarde para Helena, yo estaba muy cansado para revolcar la cama. No podía ser todo eso sin perderla.

Tres años después de que ella tomara sus cosas y desapareciera yo me encontraba solo celebrando mi cumpleaños con una botella de vino.

-Llegar a los 30 de esta manera, sin un amigo. ¿Qué te parece?-.

Mi reflejo parecía burlarse con una carcajada que temblaba dentro de la copa. Recordé a Helena y sus silencios. Helena y sus labios. En ese momento la hubiera abrazado fuerte y desde atrás arrancarle el vestido, repasarla con caricias hondas. Me excité tanto que dolía. Dejé de hablar solo y busqué la compañía de siempre: la calle. La calle y sus caminos con una canción de fondo que se va acercando, Somebody that I used to know.

Se abre la puerta de una taberna, y allí una silla, una barra, un trago más, dos, tres, cinco, una bella mujer que nunca me ve, pero que esa vez sí me vio y se acercó y me invitó a la copa que estaba empezando, pidió una para ella, whisky por favor, sonrisa, nada que decir, roce de piernas, manos que buscaron hasta chocar con mi dolor, yo te puedo ayudar fue lo que dijo, aquí no, por supuesto, vamos, tranquilo recuéstate ahí, susurró, las sábanas están limpias, te quiero ayudar, y yo sentía que se hacía más grande el dolor, tanto que se convertía en un hombre, y que ese hombre se acostaba con ella, la de la taberna, y le agarraba los pechos, la hacía gemir, y cuando era hora de que ese hombre estallara, no sucedió y no importó cuánto tiempo más pasó balanceándose sobre la mujer, no pudo aliviar su dolor.

Volví a las noticias del día. El trabajo de hacer ligeras variaciones sobre los mismos hechos. Una madre que busca con desespero a su hijo desaparecido. Un empleado de la bolsa de valores que se arrojó a la línea del metro 4F, seis de la mañana. El tráfico paralizado por cuenta de una nueva construcción. Entonces recordé a Sereno y lo que me había traído a esta ciudad. Nada de eso era cierto ahora. Después de tantos años quise regresar a mi pueblo.

Pero ya mamá lo había advertido. El que se iba no podía encontrar el camino de regreso. Todo era  diferente con unos centímetros más de altura. No se veían los detalles, no se hurgaba por las ventanas abiertas. Dejé de ser el niño que hablaba con desconocidos para ser el hombre que buscaba lugares comunes. Es más, que buscaba en los rostros a personas comunes, sobre todo a Helena. Al menos me quedaba la terquedad. Así que caminé hasta que se rompieron los zapatos, se vació el bolsillo y el hambre hizo un hoyo tan grande que todo mi cuerpo se volvió una sola contracción. Algo parecido al amor.

Tenía que rendirme si quería sobrevivir, aunque ya ni sabía para qué. Llegué a un pueblo, más bien un caserío tan pequeño como un charco que se puede cruzar de un solo salto. Las casas estaban casi derrumbadas y las personas habitaban ahí. Parecían fantasmas que se reflejaban en ventanas de vidrios rotos. Algunos flotaban con sábanas floripondias camino a la iglesia.

Anduve en espiral hasta llegar a la plaza central. Busqué un asiento y me dediqué a examinar aquella vida miserable que a veces bailaba con una brisa tibia. Había algo familiar en todo esto. Pensé de nuevo en Helena. La reconocía hasta en los lugares en los que no habíamos estado. La veía llegar al parque, tal vez había encontrado las pistas que le dejé para que supiera que todavía la amaba. Que tonto era. La recordaba a mi manera, la tenía a mi manera, pero nada de eso era real. Tal vez ni siquiera existió, como tampoco existió un pequeño pueblo con un señor Sereno que prendía los faroles con el regreso de la noche. Tal vez eran mis ojos de niño, ojos de perro azul.

Me fui quedando dormido mientras un hombre me espiaba desde un poste alto, con una antorcha en la mano, y dos mujeres, una parecida a Helena y otra a mi madre, me cantaban una canción de cuna.

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