Mírala a ella, piensa en mí

Anaïs Nin

Se cumple el primer mes de estar viviendo sola, sin ti. Los clichés me acarician: sin compañía hace más frío y la soledad me desborda, me habla. No escucho voces, solo carros que pasan por encima de los charcos y me recuerdan cuando las olas golpean la ventana en un recuerdo imaginado. Las noches son más llevaderas, pues me siento al frente del teclado como si fuera una extensión de tus manos y tu voz. Entonces imagino tus noches…

Llegas a tu habitación, dejas una montaña de ropa en el perchero y te desmayas en la cama, desnudo. Piensas en mí. O abres la puerta y ya te espera ella, la otra, la que imagino. Ha estado planeando una pose que la haga parecer distraída y perfecta. Está tumbada sobre el tapete leyendo a Anaïs Nin y su teoría sobre la madurez: “La madurez es, al comienzo, el derroche de lo que no eres, y luego el balance de lo que eres en relación con el ser humano que amas. Además, hay que permitirle a esa misma persona que no está relacionada contigo que exista independientemente, por fuera de la relación”. Finge que no escucha crujir a la cerradura.

Mueve sus labios como si leyera para el deleite de sí misma. La conociste en tu nuevo vecindario y lo que más te gusta es poderla ver moviéndose espontáneamente, como si no estuvieras ahí: camina por la calle con especial cuidado para que sus tacones tengan ritmo, se inclina para buscar las llaves, pero la verdad es que solo quiere tener tus ojos apretando su cintura, aprendiéndose sus piernas. Te gusta no poderla tocar sino hasta esta noche en la que llegas y la ves en el suelo. Piensas en mí.

Deja de sonar mi teclado. Silencio y oscuridad. Ya no me da miedo. Siempre me decías que la luz está escondida en la oscuridad y hay que aprender a verla entre sábanas, persianas cerradas, párpados que besan, sonrisas que se evitan.

¿Recuerdas esa noche en la que me escondí en tu habitación? Justo como lo hace ahora ella, la de tu vecindario. No te lo dije, pero aún con las luces apagadas podía ver los cuerpos desnudos gracias a tu barba de mil colores. Conté tus canas arrinconadas y pensé en lo cerca que estaban del recuerdo de tus labios: sabor a mujeres que se acercan despacio, para no hacerse mucho daño con tu barba, para hacer más largo el encuentro. Por esa barba podría distinguirte a ciegas, esa barba te delataba antes de que llegaras a mi pecho. Bien, yo lo recuerdo justo ahora que la miras a ella y piensas en mí.

Me distraigo un rato con la lluvia, sus gotas como lupas. Debo volver a tu barba, al menos con mi teclado, y descubrir que también es roja, que me lastima, que en cada intervalo entre el arriba y el abajo tengo tiempo para extrañar tu roce.

Ya casi amanece, no está tu barba, ni sus mil colores que iluminan los cuerpos. Solo un eco insoportable que se estrella en esta sala. Tal vez sigues tendido sin pudor, tal vez sigues agitando el suelo, molestando a los vecinos, sacándole a ella frases cortas en su perfecto inglés. “Touch me here, and here. Harder”.

Apresúrate, déjala, piensa en mí, hay que ir a trabajar.

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