Usaquén, pasado y futuro en un instante

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Una mujer vestida de blanco se recuesta en el portón de la Parroquia Santa Bárbara. Sonríe para la posteridad. Pasado y futuro en un instante. Flores, aplausos, una foto más al lado de los faroles de luz naranja, de esa que recuerda la época de los carruajes, el suelo adoquinado, el paso de los reyes. Pero no hay que imaginar mucho, ahí están las casas coloniales con balcones coloridos, puertas de madera y tejas de barro, la iglesia construida en el siglo XVII, los callejones ajustados y una fuente de piedra. Ahí está la Plaza de Usaquén, al pie de los Cerros Orientales, vestida de pueblo cálido aunque esté en medio de la ciudad.

Otras escenas siguen rodándose. El cuentero comienza su historia de amor, risa y lágrimas. La gente se agrupa a su alrededor, a la sombra de eucaliptos y urapanes. Una pareja termina de arreglarse para que, al llegar la noche, pueda atraer miradas hacia su espectáculo de tango. En la esquina un joven saca un armónica y sus amigos empiezan a bailar, un, dos, tres, los dedos chasquean, carcajadas, un par de transeúntes se unen al baile espontáneamente.

A dos cuadras del parque hay un mercado de pulgas con artesanías colombianas, joyas, mochilas, ropa, antigüedades y libros usados. Algunos vendedores abren su puesto desde el viernes en la mañana y por lo general todos cierran el domingo en la noche. Un visitante se percata de que ahí, en medio de las carpas blancas, hay un ensamble de acero. Se trata de la gigantesca obra “Piano de luna”, de la artista colombiana Claudia Hakim. El otro mercado está sobre la carrera 5 y solo abre los domingos. Se encuentra justo al frente del imponente Seminario Valmaría, construido en 1955, y también ofrece postres y música en vivo.

Cada lugar tiene su historia. Hasta el más sencillo. Por ejemplo, Via vai es un anticuario que lleva en Usaquén al menos 20 años. Su dueña Benedetta Salviati, de Italia, llegó a Colombia hace 40 años con su esposo. Vivió al comienzo en Cartagena y compraba tantas cosas que ya no le cabían en la casa, así que decidió abrir un anticuario como excusa para seguir adquiriendo más tesoros. Desde afuera su local se ve discreto. Nadie se imagina que dos pasos adentro hay una casona antigua, con jardín trasero, corredores para ir y venir, y techos que rechinan con el viento.

Entra una persona tras otra. Un vecino llega con la lámpara que le arregló a Benedetta y de paso le cuenta que su hijo está enfermo. Luego, un hombre que pregunta por un baúl, y al rato un par de venezolanas interesadas en una mesa. No todo se vende. Hay un perro y un gato de madera que acompañan a la mujer de 76 años desde que se murió su esposo. Varios artistas tienen sus talleres y estudios en Usaquén, otros abrieron un local para vender sus diseños exclusivos. Al fin y al cabo esa luz tenue, los cerros y la tranquilidad de un barrio que alguna vez fue la periferia de Bogotá resultan ser inspiradores.

De esa Usaquén de antes sobresale Hacienda Santa Bárbara, un centro comercial que combina lo moderno y lo colonial, que fue el hogar de un empresario colombiano a finales del siglo XIX hasta que se puso en venta. La Embajada de Italia y el Jockey Club estuvieron interesados, pero subestimaron el potencial de la Hacienda, que en 1985 se convertiría en Monumento Nacional de Colombia.

Tradicional también La tienda del café, un lugar que comenzó vendiendo empanadas y café y ahora es uno de los locales más frecuentados de Usaquén tal vez por ese ambiente bohemio y sus paredes pintadas por diferentes artistas. Al otro lado de la Plaza está la panadería típica La Golconda, con su olor de “recién salido del horno” y ventanales antiguos.

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La metamorfosis

Usaquén fue bautizado por un poblado muisca que creía en la fortaleza y buena suerte de su aldea. Hasta que a finales del siglo XVIII fue desplazado hacia el sur y Usaquén fue lugar de batallas, campamentos de tropas, casas de paja y finalmente de haciendas coloniales. Después de eso, los cambios fueron lentos.

Hace 20 años la rutina era igual todos los días, según cuenta Benedetta Salviati: la gente caminando con ruana, sombrero y bastón, y la venta de ganado en la plaza. “Había muchas casas en madera y una muy especial, de estilo gótico, que debían quitarla. La trasladaron a Monserrate y hoy en día funciona como un restaurante”.

Incluso cuando llegó el restaurante 80 Sillas, hace ocho años, esta zona aún no era un punto gastronómico de referencia. “Buscando el local para 80 Sillas nos interesó una casa en Usaquén construida en 1870. Además de ese estilo colonial y un patio trasero que sorprende al que entra, nos gustó ese encanto de pueblo dentro de la ciudad”, cuenta Felipe Vásquez, socio del grupo Takami. Por aquel entonces había pocos restaurantes y la mayoría de corte muy tradicional.

Dos años después se abrió Abasto en una casa que funcionaba como un estudio de artistas. Ese ambiente de villa apacible se ajustó muy bien a este sitio que buscaba ser como una plaza de mercado y ofrecer productos frescos. La construcción se dejó casi intacta. Justamente ese es uno de los mayores encantos de Usaquén: paredes con historia que se dan la mano con ofertas originales. “Es una zona muy segura y de repente un fin de semana te encuentras con el mercado de pulgas y con alguien que hace malabarismo. Las personas no solo vienen a comer, sino a caminar y ver otras cosas”, opina Luz Beatriz Vélez, socia y chef de Abasto.

La metamorfosis en esos años fue acelerada. Takami abrió dos restaurantes más: Osaki y Horacio Barbato, que también tuvieron éxito desde el comienzo. Llegaron otras propuestas culinarias, pubs, cafés y tiendas de diseño. Los precios de las propiedades se duplicaron y triplicaron. El mercado de las pulgas se volvió famoso entre los extranjeros y las calles empezaron a presentar congestión vehicular en las noches de los fines de semana. Los desayunos se volvieron el mejor negocio para el fin de semana.

Hoy en día hay cerca de 75 restaurantes y clientes tan variados como las ofertas: “Entre semana hay grupos de señoras y ejecutivos. Los domingos son más familiares y de visitantes ocasionales. Y, en general, bastantes extranjeros”, dice Vásquez.

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El mundo en un barrio

Tal vez lo que más se mueve y crece en Usaquén es el sector gastronómico. Existen desde el ‘corrientazo’ hasta el restaurante más gourmet. Las tiendas de barrio siguen siendo frecuentadas por los vecinos y los visitantes más jóvenes. Los pequeños mercados, con sus canastas de plástico, frutas frescas y algún ‘Don José’ siguen su rutina de diario madrugar y de saludos familiares. Y apenas ahí, en la misma manzana, se encuentran también nombres como Gastón Acurio con su restaurante peruano La Mar; Jorge y Mark Rausch con Bistronomy; y Leo Katz con 7 – 16.

La oferta gastronómica no descuida ninguna preferencia. Ir a Usaquén puede ser un viaje alrededor del mundo para probar ceviche peruano, tapas españolas, pastas y pizzas italianas, kebab del Líbano, tacos mexicanos, parrilla argentina, feijoada brasilera, pasteles franceses, cerveza inglesa, cocina de autor y, por supuesto, una buena bandeja paisa o ajiaco santafereño.

Y que al mismo tiempo, como en un pueblo en el que alguien saluda “quiubo vecino”, todo está en un mismo lugar: parroquia, mercado, hospital, colegio, ancianato y hasta un cementerio construido hace más de 340 años… cada espacio, en pie o no, con una belleza inesperada. Hay que fijarse bien, por ejemplo, en el Colegio General Santander que yace en ruinas y maleza, pero aún alberga algunos murales que se pueden considerar obras de arte.

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De puertas para dentro hay más historias para contar del barrio y sus personajes: Cecilia Caballero de López y su hogar geriátrico Fundama; la mujer que le renta sus habitaciones a los extranjeros que vienen a adoptar niños; las monjas que lavan y cosen manteles; el padre ‘Sandalio’, que en realidad se llama Rey Shambach, y que le gusta hacer cosas por los demás; y don Otto y sus ‘cantatas’ con los vecinos de los jueves.

Usaquén tiene la magia de abrirse como un libro de historias pintorescas y de ofrecer un viaje por diferentes culturas sin que los pies se muevan de ese pueblo de calles empedradas.

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**Publicado en la Revista Diners de marzo 2013.

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