Un destino seductor

Este es un recorrido para dejarse encantar: caminar debajo del cielo misterioso de Lima, probar la sazón de una de las cocinas más variadas del mundo y descubrir los paraísos y culturas ancestrales que hacen de Perú un paraje imperdible.

 

Un buen comienzo: llegar a Lima, la capital de Perú. El cielo está gris, incluso si hace sol. Se ve una densa niebla que casi nunca se deshace en diluvio, si acaso una ligera brisa o garúa. Lima la horrible, le decía el escritor limeño Sebastián Salazar, tal vez de cariño. Este es amor a segunda vista.

El mar y su concierto eterno visto desde el malecón del barrio Miraflores. La vía es una pista de atletas y caminantes, con parques como el del Amor, una pequeña réplica del Parque Gaudí en Barcelona, y vuelos en parapente. Abajo, en la playa, los visitantes sumergen los pies en el agua fría, les toman fotos a los surfistas y beben jugo de lúcuma, una fruta dulce, densa.

La ciudad empieza a cautivar. Dice “ven, acércate más, prueba”. Y con eso ya no habrá remedio. La comida es el tema que tiene obsesionados a los peruanos. Tienen razón. En Lima aplauden la comida de mar, como los famosos ceviches de pescado, jugo de limón, cebolla, ají y sal. Además de sus variaciones con pulpo, calamar, scallop y granos de maíz tostado. También están los tiraditos o tiras de pescado crudo servidas en una salsa picante y fría de ají. Casi todo con la buena compañía de camote (papa dulce), y causa limeña, un puré de papa con ají.

Entrar a una librería, por ejemplo a El Virrey en Plaza Bolognesi, y acariciar la vasta obra del nobel peruano Mario Vargas Llosa, volver a Alfredo Bryce Echenique y su novela Un mundo para Julius, al cuentista Julio Ramón Ribeyro y al ensayista Sebastián Salazar.

Después caminar por Barranco, el barrio tradicional de casonas coloridas y fiestas nocturnas. Ahora la banda sonora es de cumbia amazónica con un poco de música andina. Canta la Tigresa del Oriente, Wendy Sulca y ‘Delfín hasta el fin’. En el centro histórico encontrarse de frente con la Plaza de Armas. Descubrir que de ahora en adelante, por todo el país, sus explanadas principales se llamarán “Plaza de Armas”, nombradas así por los lugares de congregación en caso de ataques. Un buen  momento para recordar la Independencia de Perú entre 1821 y 1824 gracias al general argentino José de San Martín y al líder venezolano Simón Bolívar, quien además fue su primer Presidente.

Finalmente, algún otro día quizá, descubrir en medio de la ciudad una pirámide con más de 1.500 años a cuestas. La Huaca Pucllana, antiguo centro ceremonial de la cultura Lima, es un abrebocas de los cientos de tesoros ancestrales de Perú.

 

Arquitectos del paraíso

La ciudad de los incas, la única que permanece en pie. Machu Picchu es una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno y Patrimonio de la Humanidad. Los locales recuerdan que se debe pronunciar machu pijchu, no pichu, para que signifique montaña vieja en quechua y no una ofensa.

Unos llegan en tren desde Aguas Calientes, otros prefieren entrar a pie en una caminata que dura alrededor de cuatro días. Se trata de la magia de El Camino del Inca y sus picos altos -algunos cubiertos de nieve-, abismos empinados y ruinas incas. Noches en carpas, de silencio. Ver pasar las nubes al frente del campamento, a unos 3000 metros sobre el nivel del mar.

En la mañana desayunar en compañía de los porteadores, algo así como los ‘sherpas’ de Machu Picchu. Cuerpos como robles cortos y nudosos, ojos rasgados, piel curtida, raza indígena, sandalias hechas con neumático. Cargan en la espalda hasta 20 kilos de peso de carpas, comida y gas para cocinar. Van masticando hojas de coca para engañar el hambre, la sed y la fatiga.

Cuarto día. Minutos después de la salida del sol se puede ver a lo lejos el ‘inca feliz’, o el cerro Wayna Picchu. Si se pudiera sobrevolar el sitio en helicóptero se vería su silueta de cóndor, su bandera. De cerca se pueden recorrer las calles de esta antigua ciudad. Sorprenden los muros, construidos con grandes bloques que encajan como rompecabezas. Uno de los grandes secretos de esta civilización.

Volver a Cuzco. Y aquí vale la pena detenerse. Callejones estrechos, vías empedradas, casas con balcón. Lo interesante es que en medio del estilo colonial se cuelan de repente un muro inca y su piedra de los doce ángulos, una serpiente tallada, un torito de pucará sobre el tejado como símbolo de prosperidad. Se escuchan conversaciones en quechua, la misma lengua de los incas y la segunda más hablada en Perú después del español.

En la plaza de mercado las mujeres ofrecen sus productos en inglés a quien no parece de por ahí. Hay puestos de papa y maíz de casi todos los colores y tiendas de santería donde cuelgan pequeños fetos de llama deshidratados. El vendedor explica que se queman a modo de ofrenda a la Pachamama, o madre tierra. Los que quieren curar alguna enfermedad toman extracto de rana y los que buscan husmear en su futuro hacen que les lean las hojas de coca.

Este es apenas un bocado, uno exquisito, de las obras de estos grandes arquitectos de paraísos. Más al sur del país están las Líneas de Nazca, unas extensas figuras geométricas, de animales, humanos y plantas grabadas sobre la pampa desértica  entre el 300 a.C. y 900 d.C. No faltan las leyendas que prometen que fueron los extraterrestres los únicos que pudieron hacer un trabajo de estas dimensiones y perfección.

Hacia el norte están dos de las reliquias patrimoniales mejor conservadas: el Valle de las Pirámides de Tucumé y el complejo arqueológico El Brujo, con figuras en relieve, murales y pirámide de adobe.

 

Visitar a la Pachamama

Visitar los pequeños paraísos naturales de Perú no solo es contactarse con la Pachamama, sino con la cultura de los amables nativos. Por eso el Lago Titicaca, compartido con Bolivia, es tan sorprendente. Desde la ciudad de Puno se toma un bote hacia alguna de las dos islas más importantes del lado peruano: Amantaní y Taquile.

Hacia Amantaní la embarcación se encuentra con las Islas de los Uros que, para sorpresa de todos los extranjeros, están hechas a mano. Los locales trabajan muy bien los juncos o totoras, también le dicen el plátano del lago. Con estos hacen artesanías, botes y hasta islas y casas. Una lancha pasa con víveres que las mujeres compran. Las mujeres y sus vestidos coloridos, enaguas, pompones en sus largas trenzas. Las mujeres que cantan “hombre balsero ya va surcando las aguas del Titicaca”.

En Amantaní se puede pasar la noche en la casa de algunos de los habitantes. No hay hoteles. La idea de las agencias de turismo es darles la oportunidad a estas familias de preservar este lugar y mostrar cómo viven. A la hora de la cena hay sopa de papa y quinua, con ese sabor cálido de hogar, y té de muña y coca, ideales para aliviar el mal de altura. La mujer de la casa, si no está cocinando, está tejiendo chullos, aquellos gorros de lana de alpaca que cubren hasta las orejas.

La isla se encuentra a 4000 metros sobre el nivel del mar. Hace frío y sus habitantes se protegen con ropa de lana. Son casi vegetarianos, pues comen sobre todo lo que su parcela les da: papa, maíz, haba, quinua. A veces los pescadores traen algo fresco del Titicaca, que en lengua aymara significa “puma gris”.

Otro paisaje muy diferente lo ofrece Arequipa, la ciudad “detrás de los volcanes”. Son tres: Misti, Chachani y Pichu Pichu. Están siempre presentes a menos que los abrigue la densa neblina. No hay edificios altos que los cubran, solo casas hechas de sillar, una piedra volcánica color perla. Por eso también le llaman Ciudad Blanca. Ahí mismo está el Monasterio de Santa Catalina. Es como estar en una ciudad dentro de la ciudad. Y, mientras los escaladores profesionales intentan conquistar alguno de los volcanes, los demás viajeros pasan el día en el Cañón del Colca y el Cañón del Cotahuasi, dos de los cañones más profundos del mundo, a solo dos horas de Arequipa.

En otros rincones del país las obras de la naturaleza se alzan en elevados picos o se esparcen en alucinantes oasis. Se presenta entonces Huascarán, la cumbre más alta de Perú con 6.768 metros. A sus pies, en El Parque Nacional Huascarán, emergen el Callejón de Huaylas, rodeado por las cordilleras Negra y Blanca, y lagunas de color turquesa.

El oasis tiene nombre propio. Huacachina se encuentra en medio del desierto, a 5 kilómetros de la ciudad de Ica. Se trata de una laguna rodeada de palmeras y dunas. Expertos y turistas se arrojan sobre las dunas para practicar sandboard y motocross.

Locos por la comida

En Perú comer es un goce para los sentidos, una fiesta. Las casas abren sus puertas, los vecinos se vuelven familia. Le suben el volumen a la música. El pollo se reparte en grandes platos para que todos lo compartan. Días y noches de polladas, no importa el motivo. Si no hay pollo, entonces serán las cuyadas (con conejillos de indias) o anticuchadas (con brochetas de corazón de res).

Tan importante es la comida que en algunas regiones los hombres se cercioran de que su mujer sea buen cocinera. “Para cada día de la semana debe tener un plato diferente”, cuenta un arequipeño. A él le gusta que el domingo su esposa prepare adobo, o carne de cerdo sazonada en chicha de maíz de jora o en jugo de papaya arequipeña. Para fechas especiales será el chupe de camarón, una sopa espesa de este marisco con leche, papas y ají. Y su manjar favorito: costillar de cordero, crocante en la primera capa y luego tan suave que se deshace en la boca.

La geografía de Perú tiene la buena suerte del mar, la selva y la llanura. Así, cada zona aporta su especialidad en la mesa. Otras explicaciones de la riqueza gastronómica de este país es la permanencia de la cocina milenaria y la fusión de culturas, como el chifa, un afortunada mezcla entre la comida autóctona y la de los inmigrantes chinos. Uno de los múltiples resultados: el wantán frito.

Los postres están bien representados con el helado de lúcuma, el suspiro de limeña (elaborado con leche condensada, vino y huevos), la mazamorra de chicha morada y el queso helado de Arequipa, que no tiene queso, sino leche evaporada, azúcar y coco. Ante la sed la chicha de jora, morada o blanca. ¿Más fuerte? El pisco es la bebida peruana por excelencia. Elaborado con uvas y transformado muchas veces en Pisco Sour, ya declarado Patrimonio Cultural de la Nación.

Imposible no mencionar al chef Gastón Acurio. No importa el lugar, seguro a la vuelta de la esquina hay un restaurante con su nombre, cada uno una personalidad diferente. Su bandera es llevar el sabor de su Perú a las mesas de todo el mundo y que ese sabor no se les olvide nunca.

 

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Artículo publicado en la Revista Viajes y Turismo, noviembre 2012

Fotografía: Julián Mora Oberlaender

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