El calor de Lilo

Lo primero que supe de Lilo no tenía que ver con sus pupilas escondidas tras una cortina de pelo gris, ni con sus pechos apenas pronunciados, altos, recatados, sometidos a un papel secundario en esta historia. Llegué a ella primero por su calidez, incluso antes de tocarla mejilla contra mejilla y dos palabras para saludar. Me pareció que estaba rodeada por un calor de tarde sobre el tejado y aroma de café caliente sin azúcar. Lo que quiero decir es que ni siquiera me fijé en que fuera una mujer o, mejor, en que no fuera un hombre. Es que a mí me gustan los hombres, pero también me gustó Lilo.

Durante el otoño de 1971 fui contratada en una subasta de arte para diseñar las bases en las que los cuadros estarían expuestos. Lilo era la representante de la galería K. Hamilton y la única que se fijó, no solo en el trabajo del colectivo de artistas modernos, sino también en los soportes de madera y aluminio en los que yo había trabajado. Mi oficio solo era considerado aceptable si nadie lo notaba. Que ella me hubiera hecho un cumplido era otra prueba de su calidez.

Cruzamos unas pocas frases. Supe algo de su trabajo, del porqué de su acento sureño, de cuánto llevaba en la ciudad y que sí, tenía esposo. Le dejé mi tarjeta con la excusa de que me llamara para un futuro contrato o un café… sobre todo para un café, pero eso no se lo dije.

Llegué a mi apartamento pensándola. Es raro divagar sobre alguien a quien se ha visto unos minutos, alguien ya sin rostro porque así de cruel es la memoria. Pero tenía su calor lejano, su vestido azul y holgado, su tono de voz suave, entrecortado, inseguro. No creí que me sintiera sexualmente atraída hacia ella, solo que quería volverla a ver para aliviarme. A veces sucede así. Juras que todo está bien, que no hay dolores, hasta que descubres que hay algo que te hace sentir mejor y que al irse te deja un hueco en el pecho, a veces en la sábana, que no volverás a estar completa jamás.

Esa semana Lilo no llamó. Me lamenté de no haberle pedido su número. El mes siguiente tampoco supe nada de ella. Entonces dejé de pensarla y la sábana de mi pecho se estiró de nuevo. Pero en invierno el teléfono sonó y era ella. Volví a sentir calor.

***

“No sé si te acuerdas de mí, soy Lilo Goetz, de la galería. Te quiero hablar sobre una exposición en camino”, me dijo al teléfono. Quedamos en tomar un café ese mismo día. Yo le llevé de regalo un libro de un escritor nacido en su pueblo.  A mí me gusta la nostalgia siempre y cuando aún se pueda revivir. Lilo me agradeció con una sonrisa tímida y me confesó que no era muy buena lectora, pero que prometía revisarlo alguna vez.

Ese día me concentré en no olvidarla. Estudié su acento para luego poder imaginar conversaciones imposibles. También la forma en la que sostenía la taza, cómo arreglaba su pelo, la extensión de las palabras en sus manos. Me agradó la forma amorosa en la que se refería a su esposo. Se habían conocido en una feria de arte mientras ella trataba de venderle un cuadro que después él confesaría que era lo más espantoso que jamás hubiera visto. Lo conquistó, mejor, con una buena cocina. Le preparaba los platos que se servían en su casa, allá en el Sur, como el cochinillo relleno de patatas y tocino, el pastel de avellanas con miel de maple, y la sopa de guisantes con panqueques. A ella también le gustaba la nostalgia.

Ese invierno Lilo acababa de cumplir 40, aunque aparentaba diez años menos. Su rostro era fino y con cierto aire infantil. Su cabello gris no era efecto de las canas, sino de un tono negro algo descolorido. Sus brazos eran cortos; su silueta, delgada y fuerte. No era atrevida para vestirse. Bastaba con ropa cómoda y formal, de colores fríos.

No le pregunté nada sobre la exposición, pero sí de su vida, de lo que la hacía llorar, de lo que no le gustaba comer, de lo que planeaba los sábados en la mañana cuando no tenía trabajo. Supe que sus padres jamás se irían del Sur por su creencia de que cualquier otro lugar era más sucio, desordenado, ruidoso e inmoral. El hombre era un marino retirado que jamás cargó un arma porque siempre estaba en la cocina preparando cerca de cuatro mil raciones de comida al día. La madre se parecía bastante a Lilo, sobre todo por su condescendencia y ternura. Pero no le gustaba el arte. Le parecía muy complejo y prefería la magia de las cámaras fotográficas que estaban saliendo al mercado por aquel entonces. Era una buena ama de casa que le pedía a Lilo un nieto prontamente, antes de que no pudiera alzarlo.

Unos meses después ya podíamos decir que éramos buenas amigas. Aparte del arte no teníamos muchas cosas en común, pero sí disfrutábamos de largas conversaciones casi siempre de los sueños que jamás se nos cumplirían. Alguna vez ella me confesó que hubiese querido ser percusionista y tener una casa al lado del mar. También conocí a su esposo, George, un hombre grande y bonachón que me agradó, aunque me parecía que no correspondía a las muestras de afecto de Lilo.

***

La primera vez que estuve con Lilo fue muy diferente a lo que había estado imaginando en mi cama, en la ducha, en el metro e, incluso, mientras hacía el amor con un hombre. Especulé que ella tendría que estar ebria para que accediera siquiera a darme un beso, pues ya me había asegurado que no le gustaban las chicas. Supuse que yo tomaría la iniciativa con el descenso, hasta llegar a su pubis, y que allí intentaría los movimientos que a mí me daban placer. Estudié durante semanas a mis amantes solo para poder llegar a ese momento con Lilo.

Pero fue ella la que tomó el control esa tarde. Me había invitado a su casa para que trabajáramos juntas en un nuevo proyecto. Esa vez ella era la artista y quería que yo diseñara un soporte fuera de lo común. Su obra consistía en una serie de retratos de personas desnudas en situaciones cotidianas. Una visita al odontólogo, el supermercado, el parque, la oficina… Estaban impresos sobre una pequeña hoja de papel, tal vez del tamaño de una mano, y unidos con un encaje rojo, débil, como si fuera parte de un liguero que queda luego de un espectáculo de striptease. Lilo quería que su serie de fotografías pareciera flotar en la sala, que no la condenara ningún muro blanco.

“Solo tú puedes hacerlo”, me dijo. Quise creer que esa necesidad de mí fuera una extensión de sus deseos ocultos. Que tonta, pensé. Una vez más me preguntaba cómo hacían las lesbianas para conquistar a una chica cuando seguro casi todas eran heterosexuales, como Lilo y yo. No envidiaba para nada esa segura frustración de fijarse en alguien que en principio no le daría a uno ninguna posibilidad solo por el sexo que tiene. Ya vendrían luego las demás complicaciones: la edad, la atracción física, la pasión en la cama, la conversación fluida, interesante y divertida… ¿Y si salimos primero de esas complicaciones y luego nos fijamos en el sexo? No, tonta, así no funciona la vida.

Mientras Lilo me explicaba mejor su idea de la exposición, se detuvo en un retrato de una mujer de cuerpo grácil y moreno, de pechos rotundos y rostro fresco, delicado. La modelo estaba sentada con las piernas cruzadas, en una posición típica de doncella bien educada. Sus manos y pies se alargaban, como si fuera en el fondo una bailarina esperando a que comenzara “El amor brujo” de Manuel de Falla. “¿Sabes? Aprecio bastante la belleza femenina. A veces porque quiero ser como esta modelo porque es armónica, delicada, sensual”, me reveló.

“No entiendo por qué quieres ser como esta modelo. Eres mucho más atractiva”. Lilo ya estaba acostumbrada a mis halagos y los tomaba como una muestra de mi admiración y amistad. Lo que era extraño es que se saliera de su libreto de mujer correcta, casada y tradicional para decirme eso. “Es curioso. Cuando le tomaba fotos a esta joven me acordé de ti. Tienen un aire muy similar. Esa mirada que no se posa en ningún lugar. Es como si estuviera en otra parte, deseando algo más”. Me reconfortó saber que ella también me pensaba de vez en cuando… a su manera.

Lo que vino fue tan excitante como inesperado. Lilo siguió hablando de mi parecido con aquella modelo. Pasó sus dedos por mis labios para señalar lo delgados que eran, como si callaran demasiado, saltó a mis brazos para decir que eran tan ligeros como los de una bailarina y se aferró a mis piernas, ya con la voz vuelta murmullo. Entonces se me tumbó encima. Jamás había sentido mi propio aliento tan caliente, ni mi interior tan agitado.

Me besó con desespero, apretando sus labios lo más que pudo contra los míos. Yo la abracé también con fuerza. Fuimos exquisitamente rudas, ansiosas. Nos quitamos la ropa en un solo tiempo. No hubo movimientos lentos, como en las escenas de preámbulo y seducción de las películas. Hicimos el amor con hambre, con afán. Y no porque el tiempo importara. No recordé nada de lo que había practicado en mis fantasías, solo me concentré en el vaivén de su cuerpo y casi no me desprendí de sus labios. Cuando lo hacía me ahogaba con mi propia respiración caótica.

***

Lilo y yo seguimos viéndonos en su casa. George era un adicto al trabajo que muchas veces prefería quedarse a dormir en una litera que tenía en su oficina. No hablábamos casi nunca de nuestros encuentros íntimos. Teníamos la intención de reunirnos para tomar un café o ver una película, pero nos sabíamos solas y libres al menos en los límites de la habitación, como si fuese nuestro país sin leyes, sin moral, sin religión. Entonces era inevitable deshacerse de la ropa, ahora sí prenda por prenda.

A mí me parecía que el cuerpo de Lilo era muy diferente al mío. Sus pezones eran más amplios y sus senos se movían como si estuvieran bajo el agua. Eran tibios y con un sabor más dulce que el resto de su cuerpo. Toda ella era tan perfectamente suave que nunca me cansé de acariciarla, de repasarla, de probarla. Envolvía mis dedos en su pelo, lo halaba un poco, lo olía más que a nada. Repetía su ombligo en cada ir y venir. Bajaba y entraba con dedos, labios, lengua y eso era suficiente. La levantaba desde mi pelvis y me ganaba orgasmos increíbles con ese movimiento de fricción y fuerza.

Ella solía tener los ojos cerrados, a diferencia mía. Le gustaba estar encima y bailar, sentir la percusión de sus propios latidos y llegar mucho tiempo después.

Yo siempre quise dormir con ella y aferrarme a su seno derecho como mi nueva costumbre favorita. Dormirme con el aroma infinito de su pelo. Pero nunca lo permitió. Le parecía demasiado comprometedor y a penas mencionarlo se prestaba para una conversación sobre el poco futuro que teníamos juntas, su matrimonio, sus padres, los hijos que debía tener antes de hacerse muy vieja. Todo eso lo entendía, menos cuando me hablaba de mi corta edad y que seguro estaba pasando por una etapa de curiosidad y experimentación sexual. Me molestaba tanto que no volvía a dirigirle la palabra durante el día. ¿Qué sabía ella de lo que yo estaba sintiendo más allá del deseo sexual?

***

Ese día de otoño del 72, la estaba pensando con una ansiedad abrumadora. Estaba triste por primera vez desde que la conocía. Llevaba varios días sin atender mis llamadas. Decidí ir a su casa sin avisar, algo que ella me había prohibido. George me abrió la puerta. Lanzó un saludo entre dientes y jamás me había parecido tan grotesco como ese día. Sin preguntarme nada, llamó a Lilo y nos dejó a solas. Ella estaba incómoda. Se sentó lejos de mí. No sonreía en absoluto, algo muy inusual en ella, en Lilo, la persona más cálida que jamás haya conocido. Me dijo que le había contado todo a su esposo y que las cosas debían terminar definitivamente. “Le conté porque detesto las mentiras más que a nada”. “Solo espero que no te estés mintiendo a ti misma”, le respondí. Eso fue lo único que hablamos. Sabíamos que cualquier frase extra sería un mal recuerdo, un motivo de odio. Ya ni siquiera podría ser su amiga, estar cerca, tomar un café, hablar de las casas de nuestros sueños, de libros y películas que la otra jamás reconocía. Y eso era lo que más me dolía. Me fui sin despedirme, de nuevo con las sábanas arrugadas por todo mi cuerpo.

Ahora tengo 65 años y no he vuelto a estar con ninguna otra mujer. Me he enamorado de varios hombres y también he llorado por ellos. Al fin y al cabo siempre habrá un nuevo hombre, pero en cada mujer veré siempre a mi Lilo Goetz.

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