Aquí no hay nadie que quiera ser enterrado*

*Cuento ganador del concurso El Brasil de los Sueños del Instituto de Brasil en Colombia. 2012.

De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas.

En la mañana pensé que a mi padre lo abrazaba un sueño profundo. Sus labios se levantaban, exagerados, como abriéndose paso a través de las mejillas agrietadas para llegar a los ojos. Se veía más vivo que dormido. Más feliz que vivo. En la tarde ya lo estaban velando.

Cuando se fueron las plañideras, curiosas y religiosas mi madre se quedó unas horas más al lado del cuerpo. Le hacía preguntas, esperaba un momento y luego reía, como si éste le hubiera contestado. Lo acariciaba, lo besaba. Qué pena sentiría la pobre, la amante sin amante, la esposa que solo sería madre.

Al día siguiente vinieron los trabajadores del cementerio del pueblo para llevarse a mi padre, pero la doña salió enfurecida y les gritó: “Váyanse que aquí no hay a nadie que quiera ser enterrado”. Tras la puerta, cerrada con vigor, quedaron cuatro hombres impávidos, creyéndose engañados y burlados. Mi hermana y yo no preguntamos nada. Había que darle tiempo. Cada costurera teje su propio duelo.

Un frío que nace en los ojos y baja hasta el estómago. Un sapo en la garganta. Un sueño que secuestró la realidad. Algo así sentí cuando vi a mi padre sentado en la mesa, muerto, a la hora de la cena. “¿Te sirvo ensalada? ¿Te paso la sal?”, mi madre le hablaba, lo trataba como si estuviera ahí. Sí, estaba ahí, pero no estaba. Sólo mi madre comió esa noche, brindó con jugo de uva por la familia reunida de nuevo, como si él hubiese llegado al día siguiente de un viaje por haber olvidado su valija. Ah, pero ya no te vuelves a ir, le diría ella.

Si los demás no probamos bocado, mi madre no tenía por qué regañar al muerto por hacer lo mismo. Así que daba lo mismo que estuviera vivo o no. Ella recogió los platos y se fue a la cocina. Nos quedamos todos en silencio, con la vista desenfocada, respirando a escondidas para no llamar la atención de nadie. Los tres iguales de mustios, de encantados.

Luego mi madre pidió que lo ayudáramos a recostarse. “Le duelen mucho las piernas, tenemos que levantarlo”, lo excusó. El muerto dormido. Como si dormir fuera un breve escape del infierno, aunque los vivos cerremos los ojos para morirnos un poco.

Qué pasa si se descompone, si la piel se torna magenta, café, negra. Si huele mal, si se deshace a la hora del té. A pesar de todo, jamás mi padre estará tan entero como lo está ahora, ni tan sabio, ni tendrá más historias por contar que las que se sabe hoy. No puede ver, ni aprender más después de la muerte. Es todo lo que pudo ser, por eso ya nada le preocupa, no tiene vanos deseos, insatisfacciones, ni siquiera oídos para los cotilleos ni estómago para el hambre. Frente a todo eso, la ausencia es un pormenor.

Mi padre muerto al desayuno, con el periódico en la mano. “Sólo lees los titulares ¿verdad? Ya todo lo que sucede en este país dejó de sorprenderte”, le reclamé. Por prudencia o porque no quería discutir se quedó mudo. El resto del día estuvo sentado en la entrada de la casa, como viendo pasar a la gente, sin preguntarse a dónde iban, sin saludar, meciéndose sólo cuando pasaba un ventarrón, justo como cuando estaba vivo. Las cosas no habían cambiado. Tal vez tampoco cambiarían si yo pereciera. Mi madre seguiría invitándome a la mesa, me bañaría con ayuda de mi hermana, no tendría que ir a trabajar al banco. Nadie notaría mi ausencia, tal vez por lo poco que hablo, lo poco que como. Ella, la mujer de pelo hasta el ombligo, denso sobre sus curvas, la del labial rojo hasta en los dientes, ella no se enteraría que abandoné el escritorio de atrás para estar en una banca junto a la de mi padre, en la entrada de la casa, como viendo pasar a la gente, pero sin preguntarme a dónde van.

Siempre había algún curioso de narices en la casa, alguna vieja chismosa. Tenían que ver a la mujer que decidió no enterrar a su marido, a la loca y a su loca familia. “Es una maravilla, querida. Dejó de verse con las mujerzuelas de la esquina, de beber ron cada viernes, de fumar. Hasta bajó un poco de peso. Se ha vuelto un hombre tierno que me escucha. No importa qué le diga, él no me juzga. En las mañanas no tiene prisa de levantarse, se queda en la cama abrazado a mí como si pudiera estarlo eternamente. En realidad, puede estarlo”.

Las señoras terminaban su café, felicitaban a mi madre y se iban a sus casas, angustiadas de encontrar en sus camas a sus maridos embriagados; con algún beso escondido en el cuello, un olor que no es de hogar; una orden, ve, mujer, tráeme la comida, dónde has estado, ahora no estoy de humor para escuchar tus fantasías, anda, ve, tengo hambre. Las desdichadas deseaban tener la suerte de mi madre.

Los años pasaron y mi padre seguía entero, mi madre, feliz. Yo me convencí de que él se hacía el muerto, de que soñaba todo el día caminando en la arena, sobre el mar, que las olas se convertían en senos enormes que le caían encima y lo dejaban suspendido, como volando, y desde arriba nos veía a todos levantándolo del comedor para llevarlo a la cama, veía a las señoritas de la esquina cambiándose de traje, vistiéndose de piel. Cómo se divertía el condenado.

***

http://www.ibraco.org.co/index.php?id=158

Las imágenes de este post son del artista brasilero Vik Muniz. Muy recomendado su trabajo y el documental sobre él: “Waste Land”.

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3 comentarios en “Aquí no hay nadie que quiera ser enterrado*

  1. ¡Felicitaciones! Laura.
    Comparto contigo la manía de escribir, aunque no soy tan buena como tú, me gusta navegar en estos mares pescando algunas letras. Todavía me falta mucho por aprender.
    Me siento orgullosa de ti, de que seas parte de mi familia, de sentir que mi padre también triunfó en sus enseñanzas. Así hayas compartido poco con tu abuelo, tú haces parte de esa extensión de su eternidad.
    No te imaginas lo mucho que insistía para que nos relacionáramos con los libros, para que ellos fueran parte de cada día de nuestras vidas, para que abrazáramos cada página y disfrutáramos de todas sus aventuras.y todo lo que tenía para enseñarnos.
    Compartía con nosotros sus lecturas, sus conocimientos, sus opiniones; aunque también tenía la facilidad de embarcarnos en sus historias, Tuvo la facultad de resaltar en la oralidad, en la palabra su palabra.
    El cuento es espectacular, por eso fue el ganador, por que tuvo la facultad de resaltar en la palabra escrita; ya que nos atrapó y puso a jugar nuestra imaginación.
    Con amor, de tu tía OLGA.

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