Un artista del sonido

Este colombiano ha trabajado con Yoko Ono, The Wailers, Il Abanico y Bomba Estéreo, entre otros, y cuenta algunas historias de su trabajo en el estudio de grabación.
 

“Haz que esta canción me haga sentir rechazada, triste y azul. Haz que suene como si nos estuvieran contando una historia en la sala, como si se hubiera hecho en un lugar surreal donde se siente el frío de un febrero 32”. Francisco Botero supo que Yuka Honda se refería a la textura de la voz de Yoko Ono, que tal vez debía procesarla con un sintetizador modular para obtener el tipo de melodía extraña y coherente que la artista buscaba.

Se trataba de Dogtown, una vieja canción que Ono les entregó a Yuka Honda (conocida por su banda Cibo Matto) y a su hijo Sean Lennon para que la reinterpretaran, la cortaran en varios pedazos y la hicieran sonar de nuevo. Entonces buscaron un estudio de grabación que les ayudara a presentar esa música como algo emocionante y no quirúrgico. Llegaron a Brooklyn, a Studio G, a Francisco Botero: ingeniero y productor musical, nueve tatuajes, bogotano; llegó a Nueva York para poder trabajar al lado de Joel Hamilton, uno de los productores más reconocidos en Estados Unidos.

Botero ha grabado las voces de Yoko Ono, The Black Keys, Matisyahu, The Wailers, Snoop Dogg y más. Parte de su trabajo con ellos ha sido interpretar sus deseos musicales y mantener la imagen de “superhéroes” con que la gente los recuerda, por ejemplo, de los conciertos. “En un show en vivo tienes la respuesta del público, el sistema de sonido, luces, vibraciones… Hay que darle esta emoción a un disco”, dice. Entonces dobla las guitarras, engorda al bajo con los sintetizadores, recrea de forma digital elementos reales como la sensación del espacio. El ingeniero debe ser un artista del sonido.

La voz de Juliana Ronderos recordaba las voces de antaño: dulces y elegantes. Llenó el estudio, conquistó el micrófono. Vocalista de Il Abanico, colombiana, cantando para el segundo disco de su banda. El reto de Botero era darle un color que no se confundiera con el trabajo de otros artistas indie pop que también sonaban en Brooklyn. ¿Cómo colorear un acorde, una canción que vibra pero que no se ve? El ingeniero siempre sabe. Esa vez dispuso diferentes capas de sonidos para crear algo más grande de lo que sería la suma de los instrumentos.

En Colombia, Francisco Botero trabajó con Diva Gash, Bomba Estéreo, en Porro nuevo de Adriana Lucía, El Sin Sentido, V for Volume y Alfonso de la Espriella. “Colombia no es un escenario fácil para los estudios de grabación. No hay suficiente demanda de bandas lanzando discos y de disqueras independientes que apoyen a los grupos alternativos. Hay menos lugares de difusión. Por ejemplo, hacen falta espacios medianos, para 200 y 500 personas”, opina.

Recuerda que no es una cuestión de recursos. Recuerda a África, su música, su dolor, su lucha. En 2010 viajó con Joel Hamilton a Nkomazi, la región con mayor incidencia de sida en Sudáfrica, para grabar un disco de canciones escritas e interpretadas por un grupo de jóvenes que iba de vereda en vereda dando lecciones sobre el VIH. Llevaron equipos de grabación donados por amigos del estudio y les enseñaron a usarlos para que pudieran seguir grabando una vez se fueran. “Nos dimos cuenta de que aunque ellos querían hacer pop, como muchos, en su música se escuchaba su identidad zulú”.

Alguien escucha un disco en su reproductor musical. Piensa en la banda, en algún recuerdo. La atención se detiene en la persona que sostiene un instrumento, en la que prolonga la voz. Pocos hablarán del oficio del productor o del ingeniero, de cómo atrapó un acorde para gobernarlo a su antojo. De hecho, si nadie lo nota es porque hizo bien su trabajo y la canción es fluida.

“Esta guitarra debe sonar más desgarrada, esta voz quedaría mejor si se escuchara rota y vieja”, le dice Francisco Botero a una banda que viene desde Londres. Cambia el micrófono. Controla cientos de botones en una consola. Cientos. Bromea con que parece haciendo yoga conectando todos los cables.

Una de sus mayores proezas como ingeniero y productor fue el trabajo que hizo con Blakroc, una colaboración entre The Black Keys, Joel Hamilton y varios raperos. Una de las canciones del disco implicó “revivir” a Ol’ Dirty Bastard, un famoso rapero neoyorquino fallecido hace 13 años. Tomaron una grabación suya que no se había lanzado al mercado e hicieron una pista a la misma velocidad para que sus versos y coros coordinaran. Luego se la enviaron a Ludacris, rapero estadounidense, para que grabara sus composiciones sobre la canción, Coochie. El disco, con 11 pistas en total, vendió cerca de 88.000 copias, todo un logro para un proyecto independiente.

“Cuando la gente descarga estos trabajos a baja resolución es frustrante porque no entiende el trabajo del artista, del productor y del ingeniero que se requiere para que alguien disfrute esta música”. Botero piensa que a veces su oficio es como lanzar al mar una botella con un mensaje de ayuda, “nunca se sabe si siquiera llegó a algún destino”.

 

Publicado en El Espectador, agosto 2012.

 

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