El hombre boca

-Me va a hacer falta que mi pelo se enrede en tu barba después de besarte.
-Y a mí me va a hacer falta el beso antes de que tu pelo se enrede en mi barba.

Así fue la despedida. A mí me atraían más los detalles que la idea principal, como sus caricias en el camino de la espalda y no el baile, el apretón de manos en el cine y no la película. Fue por eso que sólo recordaba su boca muchos años después, no su nombre, ni su número, ni el argumento de la historia que se escribió a costa nuestra.

De todo un hombre, con sus manos, ojos y piel sólo me quedó una boca y sus comisuras, una boca con sus dientes y lengua, con su aliento y su sonrisa, con los tonos graves para las mentiras y las llamadas por teléfono. Los labios, piel sobre la piel, el relieve sobre el mapa de su cuerpo, el cambio de ritmo que interrumpe una caricia que merodea el lugar, el desnudo permanente. El beso que no podía ser, aunque fuera.

Una boca y el peso de las palabras dichas, como el “te amo” más desesperado que hubiera escuchado jamás. Una boca y lo que calla. Recuerdo los dientes ajustados en sus propios labios para ahogar alguna indecencia. No te preocupes, le decía, de párpados para adentro todos somos unos inmorales.

Le propuse que trataría de meter en mi piel a todas las mujeres que le gustaran. ¿Quieres aquella? ¿La inocente o la pícara? ¿La casada o la viuda? ¿La vecina o la extranjera? Él respondía que yo era la mujer que estaba en todas las mujeres que le gustaban. La mujer de su vida, feliz, lunática, oriental, perdida, inesperada, noche, cualquiera, duende, fría.

Él, el hombre boca, besó mis cicatrices más que nadie, tal vez porque amaba más que nadie mis defectos. Me tumbaba en las noches sobre satín blanco y me despertaba con su barba de terciopelo azul. Yo me refugiaba en su boca, mi cueva predilecta, cuando quería hablar. Escondía allí algún secreto, un gemido constante.

Quién conoce mejor el cuerpo, quién mejor que la boca que palpa y saborea al mismo tiempo, ella, la arriesgada que escala cumbres y que se abisma en los acantilados, que se va quedando regada por toda la piel en forma de besos, de agua, y no se va, no se va.

A veces lo recuerdo, al hombre boca, sobre todo en la noche, porque la noche tiene voces de hombre, y en las voces de hombre seguro estará su voz y en su voz seguro estará su boca.

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