Stella sin Andrés carne de res

La esposa de Andrés Jaramillo es más que la compañera de este empresario. Intelectual, fanática de la vanguardia, amante de lo campestre y poeta, es un personaje con tantas facetas como el restaurante que maneja.
 

Hace 30 años Stella Ramírez y Andrés Jaramillo abrieron un pequeño espacio en Chía para comer y divertirse. Ahora Andrés carne de res es uno de los restaurantes más exitosos de Colombia. La conmemoración no se hará en un gran evento que convoque a cientos de personas, sino en dosis repartidas cada fin de semana de junio. Además, se publicará el segundo libro de Andrés Carne de Res con lo que más le gusta a Stella: las historias divertidas que van surgiendo todos los días en este lugar quimérico.

Meses atrás de conocer a Jaramillo, María Stella Ramírez era una rebelde, feminista, intelectual y diletante que estudiaba trabajo social y algunos cursos de antropología en la Nacional. Una tarde de 1980 se subió a un bus sin puestos vacantes y un hombre con el pelo largo y desordenado le ofreció su silla. Ella la rechazó y, en cambio, se bajó del bus. Él se fue detrás y sólo pudo atrever una sonrisa sin palabras. Esa fue la primera vez, de muchas, que Stella y Andrés caminaron juntos.

“Yo soy el poder detrás de ella”, dice él, un corazón creativo. Ella es la mente estudiosa, la que se encarga del lado antropológico, la que le da el visto bueno a los nuevos platos y vigila que la máxima del restaurante y bar se cumpla: dar alegría.

Stellita, como le dicen sus amigos, se sabe también la señora de la casa, la autora intelectual que hace que las cosas pasen, la que ordena las obras que han transformado una construcción sencilla que compraron hace 27 años en dos sedes: el salón de fiestas y el hogar apacible. “Como no cambio de marido, cambio de casa”, bromea. Hace un par de semanas mandó a hacer para el jardín una banca cubierta de flores, un diseño propio, como la mayoría de las cosas que la rodean.

Es por ella por lo que Andrés, que poco le gustan las mascotas, ha aceptado tener hasta diez perros, un par de conejos, gallinas y una ternera. En la cocina también prefiere ser la que delega, la que aconseja qué condimento agregar, la que se enfurece cuando las cosas se hacen de una forma diferente a la que explicó. Se disculpa por el desorden de su casa, aunque todo esté milimétricamente dispuesto, mira el salón de fiestas y dice que ya se ve viejo. Es moderna, fanática de la vanguardia. Eso se comprueba en el gusto que tiene por el arte contemporáneo, el performance, la ropa que usa, el corte de pelo al hombro y de tonos dorados y la música que escucha. Ahora está fascinada con Jorge Drexler y la electrónica, y hace unos años, con Pink Floyd y Bobby Cruz.

Habla, enreda su cabello y no lo vuelve a peinar, sus gestos son lentos, más bien sensuales, vive sin afán, aunque la lista de pendientes sea larga: hablar con el arquitecto para la nueva obra, visitar el restaurante de Chía y luego el de Bogotá, llevarle algo de comer a Valentina y Lorenzo (sus dos hijos mayores que viven en un apartamento en Bogotá), verse con las amigas con las que está planeando un proyecto de educación, prender el televisor y ver cada vez menos noticias, preparar un informe para un posgrado, escribir poemas de humor negro, ser la esposa de Andrés Jaramillo y madre también de Luciano y Gregorio.

Tiene el alma de su propia casa, la que ostenta más prado que cemento. “Me gusta sentirme en el campo, que pasen los campesinos de siempre saludando con un ‘Bueeenaas’. Ellos me traen guascas y les doy a cambio café”. Stella está más tiempo en el jardín que en la casa y cada vez le queda más difícil ir a la ciudad. Su única rutina de ejercicio consiste en caminar por la montaña todas las mañanas y hacer yoga un par de veces a la semana. Pasa por alto la bicicleta estática que compró su esposo. Tiene una huerta en la que cultiva cerca de diez verduras diferentes para las ensaladas de su casa y un jardín que le sirve de consultorio terapéutico: “me pongo a jardinear y me olvido de todo”.

Si le tomaran el pulso sorprendería la lentitud de sus latidos, la tranquilidad basada en el escepticismo: “No me tomo tan en serio nada, tal vez por eso sigo casada, porque todavía no me he comido el cuento”. Esa es su filosofía de vida, no se hace matar por una idea, juega con los días, deja fluir las cosas, como el hecho de ser mamá, esposa. Es una rumbera, aunque cada vez menos, y tiene la capacidad de convencer a Andrés, que tanto les huye a las fiestas, para que se vaya de juerga con ella al son de la salsa o música electrónica, al sabor de un vino blanco o un whisky. Es una mujer de sabores intensos. Detesta el drama, la mojigatería y la culpa, ella goza sin remordimientos y bromea para suavizar a los neuróticos. Sin hablar parece decir “deja que la vida te despeine”.

Temía que la personalidad de sus hijos fuera como la de Andrés, “él es un poco esquivo, tímido, huraño”. No se imaginaba en una casa con muchos vecinos. Prefería seguir saliendo en pijama en la mañana, con el pelo caótico, a pasear a sus perros. Lo solucionó haciendo de su hogar un refugio en el que los amigos de sus hijos adoraban estar. Les construyó una casita de muñecas, los dejaba moler el maíz para las arepas o batir el chocolate, olvidó ser una mamá controladora y autoritaria. “Quiero que ellos tengan su mundo propio”.

Aunque se declara escéptica, le abrió espacio al misticismo. La primera semana de febrero le hizo feng shui a su casa e investigó lo que debía tener en cuenta, según los chinos, para el Año del Dragón. A sus hijos les habla del cosmos, aunque se burlen un poco. Sus amigas se quejan de que “haya dejado de ser bruja”, pues años atrás solía leerles el I Ching, un oráculo chino, y complementaba sus metáforas con filosofía. A Stella le gusta la magia para simbolizar grandes momentos, como clavar un sol y una luna el día en el que abrieron Andrés carne de res, o preparar una fiesta para su esposo en la que varios actores disfrazados de gnomos se escondieron por todo el jardín. Esa fue la misma noche en la que hizo que Marilyn Monroe, o una muy parecida, le cantara el cumpleaños a Jaramillo.

María Stella Ramírez nació un 2 de abril en Sogamoso, Boyacá, adonde fueron a parar sus padres, de tradición ganadera, luego de que en los Llanos la tranquilidad se empezara a esfumar. Estudió en un colegio de monjas con buen humor, fue la menor de diez hermanos y sus mejores recuerdos se concentran en los paseos con su padre, quien le enseñaba cosas sobre los animales, las montañas o cómo hacer una fogata.

Tuvo una juventud marcada por el cine, las charlas literarias, los libros. No le gustaba tener novios, pensaba que eran intensos, quería ser independiente. En la Universidad Nacional le decían “la potra salvaje” desde un día que frenó a un grupo de jóvenes que solían silbar cada vez que un muchacha bonita pasaba por ahí. No le gustaba que le dirigieran la vida, hasta que se dejó conquistar por algo tan simple como importante: una sonrisa tímida, transparente. “Yo que me creía rebeldísima, ahora soy una gallinita casera”, o más bien una romántica que dice “que seamos pobres pero que al menos estemos acompañados”, que todo ser humano requiere un complemento, alguien que delire con ideas, como Andrés, o que las aterrice, como ella.

Hoy en día sigue siendo una aficionada al estudio. Acaba de terminar un diplomado en pensamiento complejo para organizar un proyecto de educación con procesos neurolingüisticos para niños de bajos recursos. “Busco evitar procesos asistencialistas”. Entonces se hace evidente su discurso humanista, soñador.

También es poeta, aunque nunca lo aceptará por temor a que la inviten a un encuentro de poesía en el que la hagan recitar en voz alta. Si no trabajara con su esposo se dedicaría al diseño y a los libros. Incluso escribió poemas cortos, dedicados a sus amigas que no les gusta leer este tipo de letras. La noche anterior al olvido se publicó en 2008 para dejar constancia de su humor negro, de la pérdida de la belleza, de la mirada que se acerca y rehúye para ser testigo y protagonista. Sobre todo, de la fatalidad del amor. Versos con que bien puede describirse a sí misma:

Me pongo mi chaqueta roja, / me peino las cejas, / alisto mi mirada y revuelco el pelo. / Estoy grácil / someramente inteligente, / así será mi andar / sereno, voluptuoso, / que crea que no me olvidan. / Pero la verdad es que me vi en el espejo / y estoy cruel / como paloma herida / que quiere revancha.

***

Perfil publicado en Revista Diners Junio 2012.

Las fotos publicadas en esta nota no corresponden a las de la revista Diners. Estas son del archivo de El Espectador y Colombia Travel

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