Enfermedad de amantes y poetas

Armando* tiene tuberculosis y sida. La tuberculosis es por lo único que ha sido rechazado alguna vez. Vive en el primer piso de una casa con Mario*, su pareja desde hace 33 años. Un patio grande hace las veces de cocina, cama de Juana la gata, estudio, bodega y tendedero de ropa. Desde las paredes los miran con aflicción la Virgen, Jesús y su Sagrado Corazón abierto, San Gregorio y el Arcángel Miguel.

Mario sirve aguapanela caliente, queso, pan y galletas, un descanso del menú diario de integrales, multivitamínicos, cartílago de tiburón en tabletas, yerbas y por lo menos diez pastillas para controlar la tuberculosis y el VIH.

Para comenzar la conversación sin muchas tensiones les pregunto cómo se conocieron. Fue amor a primera vista. Armando, por aquel entonces de 16, entró al bus en el que estaba Mario, de 27. Se reconocieron aunque jamás se hubieran visto. Entonces sonrieron, hablaron, encontraron cosas en común y fijaron una nueva cita.

Armando retira el tapaboca de su rostro para alejar con su aliento el vapor de la bebida y conversar un poco más. Sus movimientos son delicados, como de alguien frágil que se cuida de no romper sus huesos de porcelana. Su voz es la mitad de lo que era. Tiene un tono delgado y a veces le falta el aire.

Esta noche usa bluyín, saco ceñido, bufanda y Converse. Habla de cuando le diagnosticaron VIH en 2001, un recuerdo feliz. Fue gracias a eso que su pareja volvió luego de un año en que se creía terminada la relación. “Lo primero que pensé era que iba a morir, pero gracias a Mario lo asimilé mejor, y cuando salí del hospital volví al trabajo de inmediato”.

Fue un dolor de garganta, al menos en apariencia, lo que casi lo mata.

 

***

Soñar con pedacitos de muerte, tomarla de frente, con valor, y luego invitarla a una copa, como decía Edgar Allan Poe. Él, tuberculoso y alcohólico, sabía de qué estaba hablando. Estos padecimientos que lo embarcaron en una muerte lenta parecieron estar de moda entre grandes escritores como Kafka, Goethe, Voltaire, Molière, Stevenson, Whitman, Balzac, Rousseau y Dostoievski.

El aspecto fantasmal, pálido y frágil de un tuberculoso representaba la renuncia a este mundo propuesta por los románticos. Incluso en La dama de las camelias, de Alexandre Dumas, la joven y hermosa cortesana Margarita Gautier falleció en medio de su pasión amorosa aún más encendida por la tuberculosis.

Se creyó también que provocaba un clímax de creatividad, belleza suprema antes de la muerte y poderes de seducción. Destacaba al individuo entre la multitud. En uno de sus ensayos, la escritora estadounidense Susan Sontag explicaba que ésta era una enfermedad del tiempo, porque aceleraba la vida, la ponía de relieve, la espiritualizaba.

A pesar de semejante apología, no dejó de ser el mal de la pobreza, de cuerpos flacos y hambrientos, de gente hacinada y sucia, condiciones que facilitan la transmisión del bacilo de Koch. Los médicos se referían a la tuberculosis como enfermedad social por el hecho de ser contagiosa. Los tísicos fueron marginados de la vida pública y, algunas veces, de los hospitales, pues no tenían cura.

En Medellín ocurrió una revuelta muy particular en 1938. Como protesta ante la negación del servicio de salud, manifestantes del sindicato de tísicos se desnudaron en los corredores del Palacio Municipal y, aprovechando el terror al contagio, amenazaron a los policías con escupirles en la cara.

 

***

“A veces los niños preguntan: ‘Tío ¿usted qué es de mi tío?’. Y a mí me da risa”, cuenta Mario. Esta pareja es la favorita de la familia para que apadrine o cuide a los sobrinos que llegan. La inclinación sexual de los “tíos” tiene sin cuidado a los demás. Incluso con tuberculosis, Armando se siente seguro de acercarse a ellos. Hoy en día no sería sometido a una cuarentena de aislamiento. Sabe que después de las dos primeras semanas de tratamiento con fármacos deja de ser contagioso.

Volvamos al dolor de garganta, al nudo que le impedía pasar la comida, a un recuerdo de 2007. Pasaron meses sin un diagnóstico, hasta que encontraron una tuberculosis ganglionar. Armando había bajado de 63 kilos a 48. En menos de un año, tres veces creyeron que iba a morir y tres veces le aplicaron los santos óleos. Sin embargo, el medicamento hizo efecto y los doctores lo graduaron como el “paciente milagro”.

A finales de 2008, luego de varios meses hospitalizado, volvió a la compañía de asistencia exequial en la que trabajaba, para capacitar a un reemplazo, pues aún sin tuberculosis su salud estaba muy deteriorada. Debía pensionarse. “Esos días los compañeros separaban sus platos de los míos, me miraban mal por llevar tapaboca o me lanzaban sonrisitas de lástima”. Acostumbrados como estaban a la muerte, no toleraron a alguien que había regresado de ella.

 

***

El precursor de la Independencia de la Nueva Granada fue tuberculoso. Antonio Nariño estuvo encarcelado 23 de los 58 años que vivió. Lo más probable es que en los calabozos se contagiara. Su médico de cabecera, Juan Gualberto Gutiérrez, le administró pociones de cebada y grama cocidas, corteza de raíz de malvavisco, goma arábiga y, como escuchando a Poe, le dio vino dulce para que distrajera a la muerte. Pero Nariño falleció unos días antes de la Navidad de 1823.

Cómo olvidar a Simón Bolívar, abatido siete años después por la tisis y no por los ejércitos ante los que se enfrentó. “Usted ve, coronel, que sin el emético del doctor me he puesto bien y que si lo hubiera tomado quizá estuviera ahora con los tumores revueltos y con una fuerte calentura”, decía el Libertador para huirles a los galenos.

En la actualidad muchos tienden a pensar que la tuberculosis pertenece a las preocupaciones del siglo XIX, pero cada año se presentan 1.200 nuevos casos en Bogotá. El 14% de estas personas también tiene VIH, como Armando. Hay más casos al año de tuberculosis que de leucemia, de cáncer de hígado o de riñón.

Qué tristeza, dirían algunos. Sin embargo, para especialistas como Isabel Camacho la tuberculosis es la enfermedad que más les gusta porque los pacientes se curan y pueden presenciar un cambio extremo. “Ellos llegan al hospital en los huesos y con vergüenza por los estigmas de este mal, y no sólo salen sanos, sino resueltos a enseñarles a los demás cómo se previene y trata la tuberculosis”, explicó Camacho. Los poetas no estaban equivocados: esta es la enfermedad de la pasión.

 

***

Armando y Mario terminan la historia sin haber desfallecido en ojos llorosos y voz entrecortada. “Es que entre menos pensemos en la enfermedad, más tiempo podremos estar juntos”, dice Mario. También los seguirá acompañando el VIH, al que consideran inofensivo, “porque la gente no se muere de sida”, explica Armando. Es más, lo llama “una caricia de Dios para que uno valore más la vida”.

Son cerca de las diez de la noche. Juana se enreda entre las piernas de sus amos pidiendo algo de atención. En la mesa quedan sólo boronas y una planta con la tierra húmeda. Se sumerge en el silencio una casa atiborrada de objetos, un refugio donde se ha construido a puntapiés una tranquilidad inalterable. Mario recuerda la siguiente pastilla que debe tomar Armando. Siempre es él quien lleva la cuenta. ¿Le temen a la muerte? “No, lo que de verdad existe es esta noche, la gata dormida, las manos agarradas”, no importa quién responde, el sentimiento es de los dos, de los poetas, de los amantes.

* Nombres cambiados a petición de las fuentes.

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Publicado en El Espectador, junio 2012

http://www.elespectador.com/impreso/cultura/articulo-353707-enfermedad-de-amantes-y-poetas

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