Caminos de Guanajuato

La capital del estado de Guanajuato se abre paso entre empinados cerros para darle vida a senderos de callejones pintorescos, casas coloniales, platillos exquisitos y coloridas historias.
 

Por las calles de Guanajuato no circulan los carros ni el tiempo. Los coches, como dirían los mexicanos, no cabrían en este estrecho laberinto. El tiempo se quedó suspendido tal vez en el siglo XVIII, cuando se levantaba una iglesia en todas las plazas y se le dio el estatus de ciudad. No hay cables aéreos, por ley deben estar ocultos en el inframundo. Las calles son empedradas y penumbrosas. Los teatros, museos que alguna vez fueron haciendas y monumentos están restaurados. Se necesita autorización para modificar las construcciones o cimentar unas nuevas gracias al título de Patrimonio Cultural de la Humanidad que le otorgó la UNESCO a esta ciudad en 1988.

“Entre sierras y montañas / y bajo de un cielo azul /como en una inmensa hamaca / bañada por el sol / está mi tierra / tierra de mis amores”, reza una canción popular, favorita entre los grupos de tunas, inspirada en este valle árido donde todas las distancias pueden ser alcanzadas a pie, donde los cerros hacen las veces de cerca, donde las casas coloniales se apretujan en las laderas y las pintan de ocre, siena y amarillo.

Alguna vez se llamó Real de Minas, cuando brotaban sin falta oro y plata de sus entrañas, y fue capital provisional de la República de México en 1858 durante el paso del entonces presidente Benito Juárez. Ahora se llama “montaña con forma de rana” o Quanaxhuato, y es la capital, pero del estado Guanajuato.

Aquí se libraron algunas de las más encarnizadas luchas de la Independencia de México. Uno de los escenarios que mejor cuentan la historia es el antiguo granero Alhóndiga de Granaditas, con poco más de 200 años encima. En el clímax de la guerra entre soldados españoles e insurgentes mexicanos, los primeros se acuartelaron en el edificio para refugiarse de sus contendores.

El golpe histórico ocurrió cuando Juan José Martínez o el Pípila, como le dicen a los pavos, llegó hasta la puerta principal del lugar escudado con una loza de piedra amarrada a su espalda y pudo prenderle fuego. “Aún hay otras alhóndigas por incendiar”, advierte la inscripción al pie de la estatua del héroe construida en el mirador más alto de la ciudad.

Una ciudad en capas

Los canales de Guanajuato tienen el aire de Venecia, solo que ahora están secos. Estas singulares avenidas subterráneas discurren sobre el ancestral lecho del río que labró la cañada donde hoy se encuentra esta ciudad. Fueron construidas para redirigir las corrientes de agua que ya tenían por costumbre causar estragos en la población. Aún quedan vestigios de esos turbulentos siglos, como bóvedas, arcos de ladrillo cegados, marcos de puertas y ventanas que ya no dan la entrada.

Desde el siglo XVIII los propios mineros levantaron piso en los lugares con más riesgo de inundación y se tendieron puentes y fincas amuralladas. Ahora el río es subterráneo y cruza por debajo de las dos capas de la ciudad: la de túneles que permiten la movilidad de los carros y la de la superficie de callejones y plazas.

‘Callejoneando’

‘Callejonear’ es un verbo que no existe, pero que es la actividad favorita de los habitantes de Guanajuato. Se trata de andar de calle en calle y detenerse a cada tanto para preguntar la leyenda de aquel balcón diminuto, del camino empedrado, de la hilera de faroles con luz de atardecer, y que alguien le responda con una copla pícara o un verso triste, como el de José Alfredo Jiménez en Camino de Guanajuato: “No vale nada la vida / la vida no vale nada / comienza siempre llorando / y así llorando se acaba”.

Esos que responden cantando son, por lo general, jóvenes que formaron tunas o, como ellos le llaman, estudiantinas, un legado de los españoles. La más antigua es la Estudiantina de la Universidad de Guanajuato, creada hace 50 años. Suelen reunirse cualquier día de la semana desde las ocho de la noche con sus guitarras, mandolinas y panderetas para iniciar una tradicional ‘callejoneada’. El punto de encuentro es el Teatro Juárez, pues sin duda tiene una fachada imponente, neoclásica dicen los expertos, con columnas como de panteón romano, con dos leones y nueve musas de bronce resguardando la entrada.

Las ‘callejoneadas’ se acompañan con vino tinto que se sirve en porrones, unas vasijas de barro con un orificio para servir el líquido y otro para beberlo. Hay versiones más modestas en las que se sirve jugo de caja. Luego las estudiantinas comienzan su marcha de juglares, seguidas de adolescentes y turistas, por donde haya una historia que cantar.

La noche permite relatos fantasmales, como los lamentos en el Museo de Las Momias que queda en la entrada de Guanajuato, en donde se exhiben cuerpos perpetuados que nunca fueron reclamados por sus familiares. Y del miedo van al romance. La caminata concluye en el pasaje más famoso: el Callejón del beso.

La capital del beso

Cuentan por ahí que Ana y Carlos se encontraban a hurtadillas en sus balcones vecinos, separados apenas por 68 centímetros, para compartir besos y abrazos. Una historia de amor prohibido que se sella con la trágica muerte de Ana, luego de ser descubierta por su padre. Pero para que el final no sea tan triste, persiste el agüero de que las parejas que pasan por allí y se dan un beso debajo de los balcones tienen garantizados siete años de felicidad.

También se conoce a Guanajuato como la capital del beso porque hasta hace un par de años se derogó una ley que castigaba estas muestras de afecto en público con multas e, incluso, el paso por la cárcel. El Alcalde celebró la nueva norma con dulces en forma de momias que se besaban y carteles que decían: “Guanajuato: capital del beso. ¡Vívela!”.

El chile: protagonista de la mesa

Comida por doquier. En la calle, vendedores acomodados en las esquinas con su oferta de manzanas, rosquitas de almidón, pepinos en julianas, papas fritas… todo, sin falta, se compra con chile espolvoreado. En los parques, las nieves, un punto medio entre helado y granizado, con sabores atípicos como pétalo de rosa, zapote chico o chile. En las plazas, las enchiladas mineras: tortillas con zanahoria, papa, queso doble crema y jalapeños. Y para acompañar, agua de jamaica o mezcal, aprovechando que Guanajuato es una de las regiones productoras de esta bebida alcohólica de agave.

El corazón de la comida popular guanajuatense se mueve en el Mercado Hidalgo. Abigarrado y bullicioso, este inmenso edificio se distingue por su entrada de arco de piedra labrada y su torre de hierro con un reloj de cuatro caras, tal vez para recordar el tiempo de la Independencia, pues se construyó para las celebraciones del primer Centenario.

Don José, como seguro se llama la mayoría de hombres de la región, está rodeado de pailas y calderas ardientes, un pequeño y exquisito infierno para preparar toda suerte de tortillas picantes. El otro José brilla las frutas, organiza las verduras. No se limitan a vender. Platican, disfrutan de los acentos poco frecuentes, dan a probar un poco de aquello, bajan el precio sin que lo pidan, coquetean con la ‘chava’ que camina cerca.

Una cuna cultural

En Guanajuato está tan enraizado El Quijote que algunos creen que Miguel de Cervantes vivió en estas tierras. Algunas de las muestras de la ‘quijotemanía’ son el monumento del Caballero y Sancho, un teatro con su nombre y un museo iconográfico en donde todos los cuadros, esculturas y pequeños objetos están inspirados en el Ingenioso Hidalgo. Además, esta ciudad es la sede del Festival Internacional Cervantino, en el que se reúnen músicos, actores y bailarines iberoamericanos cada octubre desde hace 40 años. Los Entremeses de Cervantes, piezas teatrales jocosas y de un solo acto, son los más famosos de la fiesta.

A unos pasos del museo del Caballero de la Triste Figura, se encuentra el de Diego Rivera, el muralista, comunista, donjuán, amor de Frida Kahlo y guanajuatense. Su primer hogar no lo vio convertirse en artista, pero fue piso para sus primeros pasos y ventana hacia un México también pobre, también injusto, temas recurrentes en su obra. Ahora, 54 años después de su muerte, esta casa se mantiene abierta como uno de los mejores museos que le rinden homenaje a la historia, las facetas artísticas y amores de Rivera.

El sol se acomoda en las cumbres orientales dejando a la tarde vestida de naranja y magenta. Los callejones se alistan con faroles para el paso de las estudiantinas. La Plaza de la Paz parece inclinarse ante la Basílica Nuestra Señora de Guanajuato, la más grande de la ciudad. La Universidad de Guanajuato se ve más blanca que nunca a pesar de la noche. En el triangular Jardín de la Unión la música sube el volumen y los comensales aprovechan el cielo despejado para pedir una mesa afuera. Se escucha algo de Jorge Negrete, también guanajuatense, y también algo de jazz. Aquí la diversidad es la madre del ritmo. La ciudad seguirá despierta, sus caminos seguirán hablando.

***

Publicado en la Revista Diners, junio 2012

Fotografías: Laura Juliana Muñoz

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