El ‘simple’ arte de matar

El acto de matar puede ser simple si se compara con la complejidad de las razones de la mente criminal. El escritor de novela negra desafía esta provocación y deja como legado una obra de arte. Algunas reflexiones sobre el género a propósito del lanzamiento de la colección de novela negra en la Feria Internacional del Libro.

ImagenHeidy Amaya

Al día siguiente lo encontraron muerto. Ocurrió en la noche, negra noche como las negras letras que se escribirán en los periódicos o en los apuntes de un paciente escritor que hará del difunto una ficción. La oscuridad como exceso de colores: lápiz labial, fluidos, tierra, sangre brillante. El cuerpo inerte hablará a su manera. Un detective o un aficionado tratarán de escucharlo. No basta con encontrar al asesino, también será necesario entrar en su mente hasta, sí, darle la razón. Saber el porqué de una escena, un arma y una forma de matar específicos.

Se trata del miedo y placer del misterio del relato negro. Édgar Allan Poe es señalado por muchos como el pionero de este género con Los crímenes de la calle Morgue, cuento publicado hace 170 años y, al parecer, sin fecha de vencimiento. Un asesinato de dos mujeres que comienza el hilo de una serie de conjeturas en la que sorprenden las más absurdas. Incluso la misma muerte de Poe está revestida de incógnitas que abarcan desde el alcohol, hasta la tuberculosis y el suicidio. Él sabía que los finales abiertos mantienen vivo el interés.

Más tarde llegaron autores como Sir Arthur Conan Doyle y su emblemático Sherlock Holmes; Dashiell Hammett, creador de El halcón maltés; Gilberth Chesterton, o el príncipe de las paradojas; Raymond Chandler, con títulos sugestivos como El simple arte de matar y Asesino bajo la lluvia; y  Agatha Christie con El misterioso caso de Styles. Con ellos se abrió la pregunta: ¿novela policiaca es lo mismo que novela negra? Como suele suceder en los debates más interesantes, no hay una sola respuesta.

Un acercamiento lo plantea el editor de novela negra Alfonso Carvajal, “la primera se centra más en encontrar al asesino, en la segunda la importancia recae en el lenguaje riguroso, la atmósfera que rodea crimen, el por qué y la psicología de los personajes”. No es extraño que algunos la vean como un género promiscuo porque tiene elementos policiacos, de espionaje, de la mafia o de un thriller psicológico.

El color del suspenso

Un psicoanalista recibe una carta anónima. Morirá a menos de que descubra la identidad del emisario. El médico busca entre las historias clínicas de sus pacientes, lo ronda la idea del suicidio y de repente no puede salir de un juego intrigante. Nadie es asesinado en esta novela de Jhon Katzenbach y, sin embargo, muchos la consideran una valiosa pieza negra. Si no la sangre ¿qué le da el color oscuro a este género?

Aunque los asesinatos están presentes en la mayoría de novelas negras, son más importantes la capacidad de ubicar al lector en el túnel oscuro de la angustia, como dice el periodista cultural Jorge Consuegra, y la exploración de los problemas más profundos de la sociedad, según el escritor colombiano Gonzalo España. De hecho, en las páginas de Jorge Luis Borges encontramos el deleite por los enigmas dignos de un laberinto policiaco.

Ficción basada en la realidad, difícil distinción entre el bien y el mal, ambientes sórdidos, tramas de suspenso, mirada crítica a la sociedad y un final abierto son otros matices que, juntos, terminan en negro. El crimen es recurrente en esta ‘tonalidad’ literaria, pues éste pone al ser humano frente a todos sus dilemas en un solo instante. La sociedad es la que prepara los delitos para que el delincuente los ejecute, parafraseando al sociólogo belga Adolphe Quetelet. Es decir, la novela negra busca el análisis intelectual de los casos criminales, no el derroche de sangre. El filósofo Fernando Savater ha dicho: “Cuantos más muertos hay, más torpe es el autor”.

La novela negra en Colombia

Un hombre de raza negra, varonil, es observado por las mujeres de un pueblo colombiano mientras se baña. Las cautiva su miembro de gran tamaño. El hombre es asesinado, quizá por un marido celoso, y, además, es mutilado allí, donde tanto llamaba la atención.

El caso Mondiú, del bumangués Gonzalo España, se desenvolverá con humor, un recurso novedoso para la novela negra. ‘Mondiú’ o, bien dicho en francés, mon Dieu (mi Dios) recuerda la expresión de las damas al ver a un hombre de grandes atributos. De ahí el colombianismo ‘mondá’. Esta reciente novela se burla de la incapacidad de la justicia porque el caso termina en manos de un aficionado (guiño a Los crímenes de la calle Morgue) y reflexiona sobre los pequeños crímenes que tienen un trasfondo social.

Se podría seguir con múltiples referencias de que en Colombia sí se hace novela negra de calidad y aún quedarían faltando nombres en la lista. Como Mario Mendoza y Relato de un asesino o Satanás; Germán Espinosa con La tragedia de Belinda Elsner; Santiago Gamboa y Los Impostores; Guillermo Cardona y La bestia desatada; Jorge Franco y Rosario Tijeras; Óscar Collazos y La modelo asesinada; Sergio Álvarez con La lectora; Luis Fernando Macías y Gambito de rey aceptado; y Ramón Illán Bacca y Deborah Kruel.

Cada uno con su lenguaje propio, sin el uniforme de ‘lo colombiano’, pero aprovechando un contexto de absurdos, corrupciones e injusticia entre las clases sociales. Aun así, falta que las editoriales impulsen la novela negra nacional: “Aquí casi todo lo importamos, en parte por un temor comercial. Pero si no publicamos, no posibilitaremos el reconocimiento del género”, explica Alfonso Carvajal, editor de Ediciones B. El éxito de la trilogía Millennium de Stieg Larsson y el premio Rómulo Gallegos que recibió el año pasado el chileno Ricardo Piglia con Blanco Nocturno son una muestra de que los lectores devoran ‘letras negras’ por la simple condición humana de querer saber más de la cuenta.

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Publicado en El Espectador, abril 2012

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