“Soy el que lleva el contrabajo”

En 1981 Patrick Suskind escribió un monólogo para reivindicar al contrabajo con el mismo buen olfato con el que hizo El Perfume. ¿Qué pasa al hacer un ejercicio similar tres décadas después con un contrabajista latinoamericano tan talentoso como anónimo? No se trata de un personaje de ficción, sino del dueño de un instrumento que lo condena y enorgullece a la vez.

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“Soy el que lleva el contrabajo”, dijo antes de la cita a ciegas. Fue fácil reconocerlo en la multitud. Un hombre que lleva a cuestas un instrumento tan curvilíneo y pesado como una mujer. Lo hala de la cintura, a veces del brazo único.

¿Le parece bonito? Yo no sé… es tan grande.

El hombre se llama Roberto Carlos Milanés Tenorio. Un nombre musical si se piensa en el cantante brasilero y en el trovador cubano. Este Roberto es contrabajista de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia hace 19 años. En la calle era el que todos miraban, adentro, en la orquesta, es uno de los menos visibles. Acaso por su lugar en la última fila, al lado izquierdo del escenario. Acaso por su enigmático silencio, mirada baja, medio cuerpo encubierto por el instrumento.

Es un orden lógico, de pequeño a grande. También tiene que ver con las ondas que se escuchan mejor a lo lejos. Los bajos envuelven. A veces no sabes de dónde vienen, pero son los que te hacen mover en una discoteca y los primeros que escuchas a distancia, cuando vas llegando a un concierto.

Roberto usa jean y camisa blanca. Es un día de ensayo bajo las manos, porque nunca utiliza batuta, del director mexicano Enrique Diemecke. Unta en el arco un poco de perrubia, una resina que ayuda a que no se resbale tanto y así lograr que las cuerdas vibren. Abre la partitura: “Achte Symphonie von Gustav Mahler”. Traza sobre ella un símbolo para recordar que en cierta frase cantarán los niños del coro y que la orquesta no puede estar más arriba que ellos. En realidad, el contrabajo casi nunca puede estar por encima de ningún instrumento. Su función, tan importante como desapercibida, es ser la base de la orquesta. “Prescinda del bajo y reinará la más absoluta confusión babilónica de lenguas, una Sodoma donde nadie sabe ya por qué hace música”, escribió Patrick Suskind en El Contrabajo.

Con él tienes el poder. Le estás dando piso a todo. Una orquesta es tan buena o mala según sea su bajista. Después de los cimientos se construyen melodías, como las de los violines. Los contrabajos también podrían hacer melodías, pero la mayoría de compositores no pensaron en eso. Pero no nos importa el anonimato, los bajos sabemos que somos la base de toda la música. Hasta en una papayera. Ahí el bajo es el bombo.

***

Ahora, en una cafetería, Roberto Milanés come arepa y toma chocolate caliente. Habla de su infancia, de que nació en Bogotá hace 40, no, mejor 39 años. Recuerda haber llegado al contrabajo, como muchos, sin buscarlo.

Tenía 19 años. En realidad quería mejorar la técnica para tocar bajo eléctrico en orquestas tropicales. Y, en realidad, era el único instrumento que tenía cupos disponibles en el conservatorio. Fue la primera vez que vi un contrabajo.

Su plan era irse. Su plan es irse. Pero desde la primera clase fue un estudiante talentoso. A los 21 años, antes de graduarse, entró a la Sinfónica Nacional. Incluso su recital de grado resultó laureado y fue nominado al premio Otto de Greiff. Era bueno, no se podía ir.

Entonces dejó para la noche su verdadera pasión: la música tropical. Tocó bajo para Fruco y sus Tesos, Los Titanes, Grupo Clase. Y estuvo en la orquesta de su familia: Los Hermanos Milanés. Su padre, Rafael Milanés, era un famoso trompetista. Sus siete hermanos se repartían el saxofón, la trompeta, el trombón, el piano, la batería y el canto.

Escuchábamos a mi papá todo el día tocando trompeta y lo imitábamos con la boca. A mí me fascinaba que en mi casa se hicieran las canciones de la radio. Empecé a los 10 años con la percusión, a los 16 seguí con el bajo eléctrico. Terminé con el contrabajo y en una Sinfónica. Dejé las orquestas tropicales porque me cansé de trasnochar.

Una noche de fiesta conoció a Cielo. La amó. La ama. Ella lo conoció sin el contrabajo. Tiempo después lo vio en la Sinfónica, lejos, con su frac negro, abrazando al instrumento, con la mano izquierda cerca del pecho, con la derecha sujetando el arco que rozaba las cuerdas para que vibraran, se conmovieran, se agitaran. La oreja izquierda siempre cerca al astil, como si éste le susurrara muy bajo, le reclamara concentrarse sólo en él y, por momentos, olvidar al resto de la orquesta. Cielo no sintió celos, lo vio inalcanzable.

Afuera volvería a ser el mismo, el esposo de Cielo Rodríguez, el padre de Laura y de Sara Bonita. A veces no tiene tiempo cuando ellas sí lo tienen. Hay más trabajo en las tardes y los fines de semana. El contrabajo parece absorberlo.

***

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Roberto entra a su apartamento. Acomoda al contrabajo al lado de la mesa del comedor, en un rincón, viendo hacia la pared. Claro, si tuviera ojos. Aún allí, casi aislado, sigue ocupando toda la casa. Lo hace con su resonancia constante, como si el eco de un do estuviera encerrado en su cuerpo. Las ventanas tiemblan secretamente. Su amo lo acalla con un par de cojines detrás de las cuerdas.

La conversación gira en torno al contrabajo y a Roberto no le queda más remedio que sacarlo de su estuche, abrazarlo nuevamente.

Estudio unas tres horas diarias, aparte de los conciertos. No toco piezas, sólo hago ejercicios, como escalas… así. Y practico varias velocidades… así.

Solo cuatro cuerdas, mi, la, re, sol, pero logra toda la escala musical. Es el instrumento que alcanza la nota más grave. Ahora los vidrios se sacuden como durante un temblor de tierra, las lámparas bailan un poco.

Trato de ensayar en la sede de la Sinfónica para no molestar a los vecinos ni quitarle el espacio a las niñas.

Luego toca en pizzicato, que en italiano significa ‘pellizcado’, cuando se omite el arco y se pellizcan las cuerdas con las yemas de los dedos. Típico en el jazz.

Alguna vez en Heidelberg, Alemania, caminando por un callejón escuché una música atrayente. Busqué el bar, entré. Un rato después ahí estaba yo tocando contrabajo, más bien improvisando, para un grupo de jazz.

Tun, ton, tun, ton, ton… sus dedos se mueven rápido. Sus dedos largos y gruesos. Algo torcidos. El pulgar y el meñique izquierdos y el índice derecho tienen montículos en los costados internos, los que pisan las cuerdas o dirigen el arco. Cielo le dice que tiene manos de viejito. Manos ásperas, de piel gruesa.

No es cierto que uno se canse tanto tocando contrabajo. Es cuestión de costumbre. Claro, es pesado, unos 50 kilos, y mide 10 centímetros más que yo, es decir un metro con noventa y ocho centímetros. También depende de la madera. Este tiene pino en la tapa y se le ven las vetas, que son los años del árbol. Es mejor si la tapa tiene una sola pieza del tronco, no retazos. Y es preferible que sea vieja. Los contrabajos europeos son los mejores, también los más caros. Alguna vez vi uno que costaba 80 mil libras esterlinas porque había estado en la Guerra Mundial. Ahora los chinos están sacando contrabajos de unos 250 dólares. ¿El mío? Este es gringo. Es el cuarto que tengo. Vendí los otros, uno lo regalé.

Cansa más moverlo. Deslizarlo por el pavimento con ayuda de una llanta. Levantarlo una, dos y tres veces como a una bailarina voluptuosa.

Transportarlo es un ‘enzorre’, como decimos los músicos.

No todos los taxistas se animan a llevarlo. Ven a un hombre en la esquina con algo grande en un forro negro. “No, mejor no. No cabe. Ni para qué parar”, dirán. Pero sí se puede. Hay que acostar la silla del copiloto y acomodar el instrumento ahí, con la voluta hacia abajo. Queda un puesto libre, además del conductor, para un músico incómodo. En avión puede ser peor. Entre 100 y 400 dólares de sobrepeso. También le han dicho que no puede llevarlo, que es riesgoso para la seguridad del vuelo, que es muy grande y no cabe.  En verdad hay más peligros para el contrabajo. Roberto señala una grieta cerca del mástil; su propia cicatriz de guerra.

Fue en un viaje en el que no usé el cofre. En la bodega del avión se maltrató. Luego el lutier me dijo: “puedo cambiarle toda la tapa, aunque yo lo dejaría con la marca, para tener una historia que contar”.

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La tormenta se asoma con el rostro iluminado, los relámpagos. Ahora murmura en forma de truenos. Es fácil imaginarlo. Las notas largas y graves del contrabajo, su tensión. El gesto imperturbable de Roberto Milanés, su mirada hacia ningún lado mientras ladea el arco sin ayuda de partituras.

Si estuviera tocando para una banda sonora, este sería el sonido del peligro. Hay otras sensaciones que también transmite el contrabajo, como el frío. Escuche esto…

Silencio uno, dos segundos. Luego, un fragmento de El Invierno, de la obra de Las cuatro estaciones de Vivaldi.

Y esta me hace sentir alegría.

Ahora suena un vals. No menciona cuál.

Aunque un amigo me dice que por más que lo intente, el contrabajo siempre va a sonar melancólico. ¿Quiere escuchar algo de verdad melancólico?

Se trata de Gloria, una melodía para lugares sagrados, una música que él llama ‘divina’.

También nos llaman de canales de televisión o productoras cinematográficas para hacer el sonido de una puerta que chilla, de un acelerador, de un juego de póker.

Más allá de estos breves instantes para un contrabajo, lo más excitante para Milanés es un concierto en el que alguien haya pensado en el contrabajo. La quinta y la novena sinfonía de Beethoven. La cuarta de Tchaikovsky. La segunda de Brahms. La sinfonía en Sí menor de Schubert.

¿Y qué hay de los otros? De los que quisieron darle el protagónico al contrabajo, pero que sus apellidos no han sido tan mencionados como Beethoven. Un fragmento del monólogo de Suskind recuerda a algunos de los grandes de este instrumento: “En total existen en la literatura más de 50 conciertos para contrabajo y orquesta, todos de compositores menos conocidos. ¿O conoce usted a Johann Sperger? ¿A Domenico Dragonetti? ¿A Bottesini? ¿A Simandl o Kussewitzki? (…)”.

Por ejemplo el concierto para contrabajo de Dragonetti. Las veces que lo he tocado son pocas con respecto a todo lo que lo ensayé. Debería tocarlo por lo menos una vez al año. Con este instrumento hay dos mundos: el toque lento, con breves intervenciones, y el rápido y agudo en el que tenemos más protagonismo, el que nos enseñan en la academia pero el que menos interpretamos en una orquesta.

Tal parece ser el destino del contrabajo el de ser un acompañamiento, un embellecedor de tenores o sopranos, de violines, de trompetas.

Las tubas se refuerzan con contrabajos. Las hace lucir, como en La Cabalgata de las Valquirias de Wagner. El acompañamiento del piano es muy bueno por su afinación, por su estabilidad. De hecho, el color del piano mejora el del contrabajo. Aunque a veces, como pasa con los demás instrumentos, se roba el show. En la ópera toco desde el foso. A veces, como el protagonista de El Contrabajo, quisiera gritar mi nombre para que la gente sepa que estoy ahí.

Se interrumpe a sí mismo. Lo piensa mejor. Corrige.

Pero ¿sabe? cada instrumento tiene su sentido, y si nuestro sentido es hacer lucir a los demás, eso hay que respetarlo. Si quería lucirme no debí escoger el contrabajo. Para mí lo importante es tocar el corazón de Dios con mi música. Me gusta escucharme, cuando eso no pasa me pregunto por qué estudié esto.

Roberto es el que lleva el contrabajo. A veces el público no ve más que el instrumento, ignora el rostro del que lo hace cantar, las manos ásperas, los dedos veloces. Ni preguntarse en qué piensa mientras toca el mismo acorde en alguna ópera. Tal vez en tres mujeres del alma, en los truenos, en el frío, en alguna puerta que se abre, en la felicidad aunque los demás la llamen melancolía.

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Publicado en Letras Libres de México. Marzo 2012.

Fotos: Julián Mora Oberlaender

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Un comentario en ““Soy el que lleva el contrabajo”

  1. Pero claro toda una historia Musical y de obras insignes en la musica tropical , es esta Familia la de los Hermanos Milanés Tenorio, tanto los tios como los primos el mismo Rafa Padre y todos los hijos son Unos Musicasos pero bien todos, en diferentes géneros y variedad de instrumentos Un saludo Quike Bongó. para todos ellos un saludo…..2012 03

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