Belleza en vertical

El ‘pole dance’ es una disciplina que mezcla el deporte y el arte del movimiento alrededor de una barra vertical. Toda una experiencia de fuerza y belleza que consigue cada vez más adeptos.

María Claudia Pérez agarra el tubo de aluminio con una mano. Da unas cuantas vueltas alrededor. Camina lento. La cadera se menea. De repente brinca y queda suspendida en la parte alta del caño. Ya no la sostienen las manos, sino las piernas. Deja caer un poco el cuerpo, vuelve a trepar con agilidad, da giros, demuestra su flexibilidad. Lleva el cabello suelto, pues no le estorba y hace más vistosos los movimientos. Su cuerpo parece etéreo por la facilidad con la que se inclina. Queda demostrado que el pole dance es un invento más para volar.

Los que la ven por primera vez se imaginan que es bailarina profesional o una acróbata. La verdad es que María Claudia, de 32 años, es ingeniera y trabaja en Ecopetrol hace ocho años. Hace dos practica esta disciplina, también conocida como vertical dance, baile del caño o baile del tubo. Fue como encontrarse de frente con una pasión y un estilo de vida que además le ayudó a dejar de fumar. Hoy es más que eso: es su proyecto de vida. De hecho, no descarta abrir algún día su propio estudio.

Esta noche de entrenamiento lleva una pantaloneta corta y una blusa sin mangas. Parece un traje de baño negro. La razón no es estética, sino práctica, pues la piel al descubierto permite un buen ajuste al caño. Las otras mujeres de la clase se visten igual, aunque no todas sean delgadas. Sin importar qué tan ligeras estén de ropa, ninguna oculta la celulitis. Se sienten cómodas con su cuerpo. En verdad, no sólo lo sienten, sino que lucen así.

María Claudia es la única que lleva medias, las demás estás descalzas, pues ella aún le teme a quemarse con el tubo. Estaba acostumbrada a bailar con altos tacones de plástico, que además de un buen show, le protegían los empeines. Ahora está intentando posiciones más acrobáticas y difíciles que suelen ser practicadas con los pies desnudos para mejor agarre.

La sensación es como un poco de fuego que serpentea por todo el cuerpo, pues por todo el cuerpo debe pasar el tubo para que las bailarinas logren posiciones de fotografía, suban y bajen, suelten los brazos, y se dejen caer con lentitud y sensualidad. El ardor nunca se deja de sentir, pero la costumbre y las ganas le quitan su significado doloroso.

 

“Las mujeres aman el tubo”

Durante el entrenamiento, cada uno lleva su propio ritmo, se concentra en su propio avance. Una buena frase para explicarlo sería: “no trato de bailar mejor que nadie, trato de bailar mejor que yo misma”. La música de fondo varía entre Beyoncé, Michael Jackson e incluso Amadeus Mozart. Lo importante es que el ritmo sea pausado y así permita movimientos bien pensados, sensuales, fluidos y no muy rápidos. Mezcla que sólo se alcanza con persistencia.

Johnny Camargo, el profesor, va de una barra a otra, corrigiendo posiciones o enseñando una nueva. Las personas que vienen por primera vez salen de allí motivadas a volver, pues en una sola hora aprenden un par de movimientos, como el deslizamiento tipo bombero con piernas juntas y cruzadas. Hasta lo más sencillo tiene su técnica y si se hace bien, se ve bien. Para eso están los espejos, ubicados en todos los frentes. Con ellos se logra tener un punto fijo, perfeccionar posturas e imaginar un público a quien sonreírle, aunque la mayoría jamás piense en hacer una presentación.

El profesor siempre insiste en levantar bien la cola, sonreír, caminar con gracia, mover los brazos como alas y mantener los pies en punta cuando estén elevados, como una bailarina de ballet. Atrás queda el mito de que esta clase es para las bailarinas de bares y striptease. Es una disciplina que combina técnicas de baile, yoga y acrobacia para lograr un momento de belleza, diversión y acondicionamiento físico. Elementos como los tacones y las coloridas boas son más usados en las escuelas americanas que en las europeas o latinoamericanas, y sus objetivos son hacer más vistoso el baile y acompañar bien una coreografía.

El pole dance es como una inyección a la autoestima, dicen quienes lo practican, en general mujeres (aunque a veces se ven hombres que lo hacen muy bien) entre 25 y 35 años, ejecutivas y, en general, profesionales que pueden costearse las clases, que cuestan entre $300.000 y $500.000 mensuales, y que tienen poco tiempo para ejercitarse. Bastan tres horas semanales para ver los resultados físicos y hacer acrobacias dignas de un aplauso.

Además, el ambiente es de camaradería. Algunas se ríen de las muecas que hace la que está aprendiendo una posición difícil, animan a la que logró terminar un movimiento, le dan una mano a la que le faltan unos centímetros para enderezar su cuerpo. “Lo que más me gusta es que todos los días hay nuevos retos que, con trabajo y constancia, siempre alcanzas. Por eso se me ha vuelto como un vicio”, agrega María Claudia Pérez.

A estos beneficios Johnny le suma otros más: reducción de medidas, fuerza, flexibilidad, coordinación, el uso de ambas partes del cuerpo, tonificación, corrección de postura y el gasto de 200 a 600 calorías por sesión dependiendo del nivel. Por eso, dice el entrenador, “las mujeres aman el tubo”.

 

“Todas las mujeres deberían hacer pole dance alguna vez”

Alejandra Plazas, fotógrafa y profesional de vertical dance, está a mitad de camino entre el techo y el suelo de madera. El pecho hacia abajo. Sus piernas se abrazan fuertemente al poste y su cuerpo está inclinado paralelamente al suelo. Sus brazos están abiertos y las manos hacen una curva delicada. De repente se retuerce y las piernas quedan abiertas en ‘v’ y las manos aferradas a su punto de apoyo. Regresa al suelo lentamente, se desata con elegancia, se levanta con sensualidad.

No ha sido fácil lograr movimientos como estos. Las palmas de sus manos tienen callos gruesos, algunos moretones en las piernas, el abdomen está rojizo debido a la fuerza y el roce constante. Algunas bailarinas sufren caídas por descruzarse indebidamente, cansancio muscular o falta de práctica y cálculo. Por eso, al comienzo se ayudan con una colchoneta en la base del tubo.

Para Alejandra vale la pena el esfuerzo, claro que vale la pena. Participará nuevamente en Miss Pole Dance, un certamen mundial que tiene versiones en Colombia, Estados Unidos, Argentina, Australia y China, solo por mencionar algunos países de la lista. En estos certámenes se ven rutinas tan sorprendentes que algunos miembros del Circo del Sol se dieron a conocer primero en estos escenarios.

Las motivaciones son variadas, además de los beneficios físicos. Para María Claudia “se crean vínculos grandes porque estás disfrutando eso. Haces amigas nuevas. Es algo que no todo el mundo hace. Y cuando logras un avance le puedes mostrar a del lado que sí pudiste”. También, cuenta, está absorbiendo todo el aprendizaje que pueda para el momento de abrir su propio estudio.

A otras personas las mueve llegar cada vez más alto y con más gracia. Antes de dominar el tubo hay que saber que los músculos tienen un límite, pero que con el tiempo ese límite se amplía. Hay que limpiarse el sudor de las manos con la blusa o con una toalla. Hay que coordinar la respiración con la fuerza abdominal. Y, sencillamente, hay que “hacer pole dance alguna vez en la vida”, concluye María Claudia.

 

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Publicado en la Revista Diners, octubre 2011
http://www.revistadiners.com.co/interna.php?ids=29&id=122

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3 comentarios en “Belleza en vertical

  1. Juli, cómo estás? excelente artículo. Sabes, aquí en Ccs, está muy de moda el pole dance, es un poco costoso pero sus beneficios, son lo máximo… para aquellas que les da pena enseñar alguito de piel, es excelente terapia, me han dicho. Si me animo un día y claro, si lo permite el sueldo (jaja) te aviso cómo me va. Un beso y un abrazo. Buen blog!

    Con Cariño, Patricia.

  2. Hola Juliana, que lindo leerte de nuevo. Te sigo, me gustó mucho esta página 😉
    Creo que a mi me daría como vergüencita el pool dance ese jeje pero parece divertido aunque para hacerlo tendría que convencerme de que no es machista… ¡y tener la $ para ir a las clases!

    ¡salú!

    Lucía

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