Un día en la olla comunitaria de la nacho

La olla comunitaria es una institución casi tan vieja como la universidad misma.La olla comunitaria es una institución casi tan vieja como la universidad misma.© Laura Juliana Muñoz

Qué mejor que comida para compartir alrededor de una fogata en la que se está preparando algo: un almuerzo sano, económico y que te hace pensar.

Todos los estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia saben lo que significa darse una siesta en el Freud, las jornadas de estampadas de camisetas con el rostro del Che, las pinturas inmensas de Camilo Torres y el Che Guevara en la Plaza Central, las bicicletas, los grafitis que dejan pensando y la olla comunitaria de los viernes. Quedémonos un día en esta olla comunitaria para explorar sus sabores y reflexiones.

Es una olla con tantos años de historia como se le quiera poner. Para los organizadores de hoy, la olla no lleva más de los cinco años que ellos llevan estudiando su carrera. Para un exalumno que pasaba por allí, la olla tiene un poco más de 10 años. Es que, más bien, ha sido fundada y refundada pues no es constante ni tiene a los mismos encargados de siempre, ni los mismos ideales. Pero, los que hoy revuelven la sopa aseguran que siempre habrá olla mientras haya hambre, y hambre de libertad.

Todo es de todos
Lo que se prepara en la olla comunitaria es de todos. Se disfruta compartiendo © Laura Juliana Muñoz

Lo primero que hay que tener en cuenta es que hay que llegar temprano si quiere alcanzar a comer. La cita es en la Plaza del Che. Desde las 11:30 de la mañana los troncos de leña ya están ardiendo y la comida está a punto de ser servida. Desde ese momento y hasta dos horas después habrá una fila constante de estudiantes con ganas de almorzar abundante y económico.

Pero la olla comunitaria va más allá de saciar el apetito. Cada uno tiene diferentes motivaciones. Pacha, que para los hare krishnas significa ‘caracol’, es uno de los organizadores de la olla vegetariana, una de las más concurridas. Además de ser estudiante de sociología, es instructor de yoga y organizador de la olla vegetariana.

Para él lo más importante es demostrarle a la gente “que la comida sin carne no es pasto y que puede ser deliciosa”. Y mejor si se les enreda una causa social para destinar las ganancias del día. Por ejemplo, hace un par de semanas ayudaron a la familia del estudiante de antropología que desapareció en el Parque de los Nevados a mediados de este año.

Diana, estudiante de trabajo social, es la que recoge los dos mil pesos que cuesta el almuerzo. Dos mil pesos por un plato lleno hasta el tope con lentejas, arroz y ensalada y una aromática caliente. Aparte se venden por ochocientos pesos unas deliciosas croquetas vegetarianas, hechas a base de lenteja, ajonjolí, pimentón y especias.

¿Qué puedo decir del menú? El arroz resultó un poco pastoso, algo normal si se prepara en tan grandes cantidades (unas cien porciones quizá). Las lentejas resultaron mejor que las de mi mamá, pues no escatimaron en agregar especias y algo de verduras que combinan bien, como el apio y la cebolla. Las croquetas, pese a que las prefiero calientes, eran consistentes y de buen sabor. Pero, sobre todo, me gustó la idea de comer en un plato como de casa, conversar con los que se sentaron cerca, y comer hasta saciarme a cambio de un solo billete.

Y si le falta el dinero, no hay problema. Con que ayude a preparar el almuerzo, lavar los platos (que por cierto, son de plástico pero no desechables) o repartir la comida, tendrá su almuerzo gratis. Las ollas son, por así decirlo, como de batallón. Altas como un metro, de aluminio y conservan el calor muy bien.

El plato terminado
El plato terminado es tan variado como la comunidad que lo produjo. © Laura Juliana Muñoz

La otra olla más conocida es la de la facultad de medicina veterinaria y zootecnia: “Mientras como, pienso”. La idea de sus organizadores es unificar a través de un plato de comida y reflexionar acerca de conceptos como la seguridad y soberanía alimentaria. “Es una propuesta de cambio desde la humildad y el trabajo que trae una olla comunitaria. Hay que recordarles a todos la importancia que tiene la olla en el compromiso y el agrado que es camellar en ella”, explica Robinson Guerrero, estudiante de zootecnia, en el grupo de Facebook de esta actividad.

Sociología, derecho, odontología y economía también han tenido sus ollas comunitarias. Pero lo dicho: se fundan, desaparecen y algún día un estudiante de la nueva generación habrá de refundarla. “Eran puro pretexto para encontrarnos y porque nos gustaba todo lo que fuera comunitario”, recuerda Omar, egresado de la Universidad Nacional.

Algunas veces las facultades de agronomía y sociología organizan el Mercado Campesino, en el que algunas comunidades del campo ofrecen sus más frescos y curiosos alimentos. Esta vez encontramos chontaduro, arequipe de fríjol, chúcula o chocolate de los siete granos, lulo de páramo, arepas de maíz y unas galletas polvorosas llamadas colaciones.

Ahora miremos alrededor de la olla. Grupos de estudiantes de todas las facultades se sientan en círculo, en los escalones, en el suelo, en el prado… no faltan espacios. Algunos son buenos amigos, otros aprovechan para entablar una conversación al calor de una aromática con aguadepanela. Y más allá, ventas, muchas ventas. “Esta universidad parece una plaza de mercado”, dice alguien. Sánduches, postres, golosinas y otras viandas a precios que no superan los dos mil pesos. Tal vez de esto se trata la democratización de la comida.

La olla sí es un espacio de cooperación y disfrute al calor de una fogata, pero se han perdido con el tiempo las actividades culturales y reflexivas que, según cuentan los que han estado allí, existieron alguna vez. Eso sí, pocas prácticas unen más que la comida. Pruebe y verá.

 

*Publicado en Revista Tentempié, septiembre 2011

http://www.revistatentempie.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=281:un-d%C3%ADa-en-la-olla-comunitaria-de-la-nacho

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